Backrooms en Saltillo, espacios donde lo cotidiano se vuelve inquietante
Una mirada a los espacios liminales de Saltillo: tiendas de telas, supermercados viejos y plazas donde la memoria, el abandono y la rutina producen la sensación de estar atrapados en algo familiar, pero inquietante. A propósito del estreno de Backrooms: Sin Salida, una pregunta queda abierta: ¿qué pasa cuando lo cotidiano empieza a mirarnos de vuelta?
No hay lugar más inquietante que una tienda de telas. La mano de tu madre te suelta. Su calor queda un segundo entre tus dedos. Después desaparece. No la encuentras.
Tus ojos la buscan por los pasillos de Parisina. Entre los rollos de tela. Más allá del cristal de la tienda, por si acaso, por accidente, por si la ves cerca de los semáforos de Victoria y Xicoténcatl.
La luz aguada de la tarde te pega en la cara. Son como las seis, piensas. Pero tienes ocho años y lo dices más para calmarte que por certeza. A esa edad, el tiempo todavía es una cosa sin forma.
Vinieron porque en la primaria te encargaron ir disfrazado de alguna fruta para el baile de primavera. Tu madre pensó en lo más fácil de hacer: una fresa, quizá una piña.
No entiendes qué hace tanta tela, tan alta, en un mismo lugar. La ves moverse. Como si se moviera en secreto. Te tallas los ojos para verificar. Ahora está quieta. Fingiendo. Y están también esas luces blancas, como de hospital.
Señoras van y vienen. Piden metros de tela. Piden listones. Piden tul. Nombres que no puedes memorizar. Nombres que pronuncias bajito, para que no escuchen si los dices mal.
Ves a los trabajadores usar unas reglas de madera enormes. Los ves pasar las tijeras, que hacen un ruido cosquilludo al separar la tela. ¿O será otra cosa? Porque hay en el aire un zumbido agudo que se pega a todo: a las telas, a las señoras, a la luz, a los trabajadores.
Pero no ves ni escuchas a tu mamá.
Lo último que te dijo fue que te quedaras ahí. Que no te movieras. Que no se tardaba. No hizo falta que te dijera que estaba desesperada de que no la atendieran. Lo supiste porque su voz se volvía más aguda, rápida y apretada cuando perdía la paciencia. Y por eso te soltó la mano. Por eso crees que no hay lugar más inquietante que una tienda de telas.
Los rollos de tela están suspendidos como columnas. Si los tocas, se tambalean. Parece que tú también te mueves con ellos. Hay colores, texturas y formas que no alcanzas a ordenar.
Poco a poco, el zumbido de la luz fluorescente te ensimisma de una forma que no es normal. Ya no hay señoras, ya no hay baile de primavera, ya no hay madre. Solo tú y los intensos colores del fieltro.
¿Una fresa? ¿Una piña? Lo más fácil de hacer. Una voz lejanamente familiar.
Pero en ese momento eres una víctima del espacio.
Volteas a un lado y el pasillo, ya de por sí extenso, se hace mucho más largo. Volteas al otro y los rollos de tela se vuelven como castillos.
Si te mueves, no volverás a ver a tu madre.
Estás dentro de la tienda. También dentro de la sensación de la tienda. Dentro de ti. Y fuera de ti.
De pronto, ella te toma del hombro y vuelves. Todo vuelve. Regresan las voces, las tijeras, los metros de tela, las señoras, los rayos del sol, los autos afuera.
La niñez se rompe un poco.
Con los años, uno entiende que no se perdió en la tienda, sino en el umbral.
Eso es, en el fondo, un espacio liminal: una zona de tránsito donde algo dejó de ser lo que era, pero todavía no se convierte en otra cosa. La palabra viene del latín limen, que significa umbral, y se ha usado para hablar de esos momentos intermedios en los que la realidad parece quedar suspendida.
En una tienda de telas, esa idea se vuelve literal. La tela todavía no es disfraz, vestido, cortina ni mantel.
Es materia esperando cuerpo. Está ahí, enrollada, quieta, acumulada, como si guardara todas las formas posibles antes de elegir una.usaré
Quizá por eso inquieta. Porque durante unos segundos no solo estás entre pasillos. Estás entre versiones incompletas del mundo.
E jueves 28 de mayo se estrenó en cines de México Backrooms: Sin Salida, la película dirigida por Kane Parsons y producida por A24, basada en una de las imágenes más inquietantes que internet convirtió en mito.
El fenómeno nació de una imagen difundida en internet: un interior amarillo, vacío, alfombrado, iluminado por luces fluorescentes. Un lugar parecido a una oficina, a un sótano comercial, a una sala de espera infinita. Un espacio que todos reconocemos sin haber estado ahí.
Kane Parsons no inventó ese miedo, pero lo expandió. Lo convirtió en una serie viral de horror analógico y después en una película. Lo que antes parecía un miedo privado, una cosa tan real como indescriptible —como perderse en un pasillo equivocado—, ahora llega a la pantalla grande como una forma de terror generacional.
Los Backrooms no inventaron esa sensación. Le dieron pasillos amarillos, nombre y mitología. Pero antes de que circularan en foros, videos y salas de cine, muchos ya habíamos estado ahí.
En una Parisina, en un Soriana antes del cierre, en un estacionamiento vacío, en una plaza que sigue abierta aunque ya no convoque a nadie.
El miedo, a veces, sale de un lugar demasiado familiar cuando algo en él se siente fuera de hora, demasiado quieto o sospechosamente perfecto.
La película no aparece de la nada. Llega en un momento en que internet ya aprendió a mirar ciertos lugares como si fueran errores de la realidad: un pasillo demasiado largo, una tienda vacía, un supermercado antes del cierre, una plaza que todavía conserva sus señales de vida aunque la vida ya se haya retirado.
Esa incomodidad no pertenece solo a la memoria. También puede estudiarse.
En 2022, los investigadores Alexander Diel y Michael Lewis publicaron en Journal of Environmental Psychology un estudio sobre el uncanny valley aplicado a lugares físicos (revisa el PDF completo aquí).
El concepto suele usarse para explicar por qué ciertos robots, muñecos o personajes digitales nos incomodan cuando se parecen mucho a un ser humano, pero no lo suficiente. Son familiares y extraños al mismo tiempo.
Diel y Lewis llevan esa idea a los espacios: ciertos entornos construidos provocan inquietud no porque sean completamente desconocidos, sino porque se parecen demasiado a lo que esperamos de ellos y, aun así, algo no encaja.
Un pasillo espera pasos. Una tienda espera compradores. Un estacionamiento espera autos. Un camino espera destino. Cuando esas señales permanecen, pero la vida desaparece o baja de intensidad, el lugar empieza a sentirse raro.
La arquitectura también ha pensado esa incomodidad. En Bitácora Arquitectura, de la UNAM, Samantha Athenas Villalobos Guzmán habla de los espacios liminales como lugares donde la composición arquitectónica puede desfamiliarizar lo cotidiano y producir respuestas emocionales negativas.
Dicho de otra manera, una escalera, una plaza o un pasillo pueden volverse inquietantes cuando la luz, la repetición, la escala y la ausencia modifican nuestra relación con el lugar. Saltillo tiene muchos espacios así, aunque no siempre los nombre; la vieja Hemsa de Zona Centro podría ser uno de ellos.
Un ejemplo claro es uno de esos Soriana que todavía conservan una atmósfera comercial de otra época.
Basta con ir un domingo antes del cierre a Soriana San Isidro para sentir la liminalidad del lugar. Pisos vintage, bancas viejas, tiendas cerradas, falsas luminarias bajo un techo de lámina industrial.
Todo indica que si te atreves a pasar más allá del umbral algo podría pasarte, aunque no sepas exactamente qué.
Frente a esa plaza, el paso peatonal a desnivel del distribuidor vial de V. Carranza por la noche lleva esa sensación más lejos. Bajas escaleras de tres niveles, sobre ti pasan vehículos, huele a llanta quemada y el camino parece extenderse más de lo necesario, como si nunca terminara.
También están los antiguos estacionamientos de Saltillo. El de Soriana Coss, con sus islotes donde cualquier entidad podría esconderse.
El de Plaza Real, con sus intensas luces que zumban y te obligan a salir pronto por aquellas viejas escaleras por las que cualquier saltillense ha pasado.
Los saltillenses más jóvenes quizá ya no alcancen a guardar en su memoria Ciudad de París, en Francisco Coss. Una pequeña plaza que se aferra a no desaparecer, pero que en una época fue el umbral dominical de muchas familias. Hoy sus ruinas son protegidas por una cortina metálica.
Más lejos aparece una promesa turística rota: el Cristo de las Galeras. Un sitio que en algún momento recibió fieles, visitantes y curiosos, pero que con los años se quedó en un punto muerto.
Si lo visitas de noche, el camino te toma por sorpresa y te recuerda que no todo miedo urbano pertenece a la imaginación. Aunque estos espacios no existen solo por la noche.
La Deportiva, en algún punto de su parque, también puede llevarte a una infancia donde los basureros tenían forma de animales, personajes de Disney y los juegos parecían más grandes.
La liminalidad aparece cuando se juntan luz, soledad y costumbre. Un carrito abandonado, un martes de frutas y verduras, una tienda derruida o unas telas en línea bastan para entrar en los Backrooms, para no salir de ahí, aunque se quiera.
A veces, de esos lugares no recordamos un hecho, sino una figura.
—Mamá, ¿por qué hay una señora escondida entre las telas?