El agua que hizo que Saltillo existiera, y los arroyos que la ciudad enterró

El agua que hizo que Saltillo existiera, y los arroyos que la ciudad enterró

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‘Bajo el asfalto de Saltillo corre, todavía, parte de los antiguos arroyos. Casi nadie los ve, pero en temporada de lluvias recuerda que siguen ahí’

Saltillo
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Saltillo pelea de manera regular contra sus arroyos, sobre todo en temporada de lluvias. Cuando los primeros colonizadores llegaron aquí, en la séptima década del siglo XVI, encontraron un oasis: documentos y crónicas del siglo XVIII describen más de seiscientos ojos de agua, ciénagas y una vegetación que rompía con el entorno seco que dominaba la parte norte de la región. Esa abundancia fue el factor decisivo para que la Villa de Santiago del Saltillo naciera exactamente aquí, donde hoy se encuentra. Los cauces originales terminaron enterrados bajo las calles; otros, entubados.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/la-guerra-cristera-en-saltillo-la-historia-de-felipe-brondo-alvarez-MJ22090837
$!Plano de la ciudad realizado en 1835, donde se muestran los principales cauces de agua de Saltillo.

El Ojo de Agua, manantial que le dio nombre al asentamiento —Saltillo, pequeño salto de agua—, brota todavía en el barrio y templo que llevan su nombre. Cerca de este cuerpo de agua afloraban muchos otros: el Ojo Grande, compartido originalmente por los fundadores Santos Rojo y Juan Navarro; el Ojo de los Alisos, en la Cañada de la Ciénega Grande; los Ojos de los Berros, donde hoy está la colonia Landín; el Ojo de Miraflores, en lo que ahora es la zona universitaria de Camporredondo; el Ojito de las Chirinas, cerca de la actual calle General Cepeda; el Ojito del Obispo, en el barrio de Las Cuevas, sobre la calle Obregón y Mixcoac; y el Ojo de Manteca, por el rumbo de Isidro López y el bulevar Nazario Ortiz Garza. Muchos manantiales terminaron llevando el apellido de la familia que controlaba su uso.

En 1578, un año después de la fundación, Juan Navarro recibió tierras al norte de la villa, abastecidas por las corrientes conocidas como aguas Navarreñas. Ese cauce, que nace en la Sierra de Zapalinamé, permitió que esas tierras se convirtieran en huertas y sembradíos. En 1591 se fundó San Esteban de la Nueva Tlaxcala, del lado poniente de la villa española; su vida agrícola dependió del mismo sistema: el Arroyo del Pueblo y, más al poniente, el Arroyo de Flores, que corría por el camino a la salida de Parras.

El uso del agua se dividía por horarios: de día correspondía a los españoles, de noche a los tlaxcaltecas. Este reparto se realizaba en las corrientes que bajaban de la loma de Santa Anita, donde, a la altura de la actual calle Colón, se abrían y cerraban las sacas. De ahí que esta vía llevara el nombre de Partidero: porque ahí se partían las aguas.

MÁS VALIOSO QUE LA TIERRA

En los archivos municipales de los siglos XVII y XVIII, los pleitos más largos y costosos no eran por parcelas, sino por el agua. Los vecinos podían pasar años defendiendo su turno de riego o disputando el derecho sobre un ojito que alguien había desviado aguas arriba: se contrataban defensores y representantes, los escribanos levantaban testimonios, y se apelaba ante las autoridades virreinales cuando era necesario. Comprar tierra era relativamente sencillo; obtener un derecho de agua sobre un manantial era otra cosa. Ese acceso se resolvía con un sistema llamado de “sacas”: tomas autorizadas para riego, repartidas según acuerdos que no siempre se respetaban, o que algunos aprovechaban para abusar de la medida. El historiador Carlos Manuel Valdés ha señalado, en sus trabajos de investigación, que en esos litigios el recurso más disputado no era la tierra, sino el agua.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/el-ocaso-de-los-guachichiles-resistencia-profecia-y-extincion-HD19929187
$!Plano elaborado en 1865 por el ejército francés durante la ocupación de la ciudad, en el que se aprecian numerosos cuerpos y corrientes de agua.

El Arroyo de Guanajuato corría de sur a norte por el sector español, en lo que hoy es la calle Matamoros. En sus márgenes se instalaron tenerías, curtidurías y matanzas de ganado, actividades que necesitaban agua corriente pero que también la contaminaban. En 1924, los vecinos de la calle Sauz llevaron una queja a la autoridad municipal: la Compañía Manufacturera de Lácteos vertía suero de leche directamente al cauce, y el olor se había vuelto insoportable. Es uno de los primeros registros documentados de contaminación industrial en los arroyos de la ciudad. Hoy ese cauce corre entubado en algunos tramos, visible en el centro, cerca de la calle Juárez entre Matamoros y Arteaga.

EL MAPA DE 1835 Y LA LÓGICA DEL AGUA

El plano elaborado en 1835 por el Ministerio de Fomento, durante la presidencia de Antonio López de Santa Anna, muestra a Saltillo encajada entre dos cauces: al poniente el Arroyo del Pueblo, al oriente el Arroyo de Ceballos, que en ese entonces marcaba el límite natural de la ciudad. El caserío no cruzaba esas fronteras. El mapa también registra huertas y labores agrícolas por toda la zona, resultado directo de esa red de agua: sin arroyos no había molinos de trigo; sin molinos, no había harina para el pan y las tortillas; sin huertas, no había las frutas que le dieron fama a Saltillo.

Por el norte estaba el Arroyo del Charquillo, con un puente construido en el siglo XIX cerca del Rancho de Peña. Existían también el Arroyo del Tío Farías, mencionado en transacciones de derechos de agua de esa centuria; el Arroyo de la Muerte, denunciado por un vecino en 1834; el Arroyo Canca y el de la Sabanilla, registrados en actas notariales y solicitudes de concesión de principios del siglo XX; el de la Cañada de los Álamos, por San Nicolás de los Berros; el de la Guayulera, usado para extraer grava; y, al norte, el de los Bosques, vinculado a la hacienda del mismo nombre, en el límite norte del municipio.

LO QUE LA CIUDAD FUE ENTERRANDO

El crecimiento urbano cambió esa relación. Las huertas se volvieron colonias, los taludes se volvieron calles, y los cauces empezaron a rellenarse con escombro para ganar terreno. El cauce principal, llamado del Reventón, que también servía de límite entre la villa de Santiago y el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, dejó de correr a cielo abierto y desapareció bajo la actual calle Allende. El Arroyo del Pueblo quedó absorbido por la expansión hacia el poniente. Otros, como el Canca, el de la Sabanilla o el de Landín, desaparecieron de la superficie sin dejar rastro. De los más de seiscientos ojos de agua que describieron los primeros colonizadores, la mayoría dejó de brotar durante el siglo XX, sepultados bajo el pavimento. Algunos se mantienen todavía, sobre todo en el suroeste de la ciudad: hasta hace poco tiempo, en la calle de San Lorenzo, antes de llegar a Moctezuma, había un ojo de agua que salía de una de las casas del sector; taxistas y automovilistas aprovechaban el flujo para lavar sus autos, hasta que alguien decidió parar ese desperdicio.

$!Los arroyos que alguna vez dieron vida a Saltillo hoy permanecen entubados o cubiertos por el pavimento. Sin embargo, cada temporada de lluvias recuerdan el curso que durante siglos siguieron de manera natural.
https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/las-castas-en-la-villa-del-saltillo-durante-los-siglos-xvii-y-xviii-BI19773165

El Arroyo de la Tórtola, también llamado Las Tortolitas en algunos documentos, sigue activo entre Matamoros y Arteaga; su caudal crece con fuerza en temporada de lluvias, lo que se convierte en una pesadilla por los estragos que causa. El Arroyo de Ceballos también sigue corriendo, aunque comprimido entre bardas y calles que fueron avanzando sobre sus márgenes durante décadas.

LO VIVÍ

En 1967 mi padre construye una casa, nos cambiamos a la colonia República, en la calle de Coahuila, que hoy lleva el nombre de Distrito Federal, poco antes de donde años después se prolongó la calle de Hidalgo. Recuerdo, de niño, que ahí terminaba la colonia República y que al final de la última cuadra había un arroyo tupido de vegetación, sobre todo de carrizo; hacia el poniente eran sembradíos.

En 1970 se expandió la colonia República y el arroyo fue tapado. Seguramente usted ha visto las inmensas corrientes de agua que se producen cuando llueve, signo inequívoco de que el agua tiene memoria: esta vez corren por encima de la calle prolongación Hidalgo. Si usted sigue ese trazo, en la esquina de Salvador González Lobo las aguas se acumulan donde hoy está la escuela de idiomas; más adelante, en la calle de Reynosa, se ve claramente dónde se formaba el vado por donde pasaba el agua.

Recuerdo también que sobre la calle de Nava uno de los arroyos fue entubado: el canal de piedra que se construyó está bajo la banqueta poniente de la calle. Antes de que fuera abierto lo recorríamos en bicicleta. En ese canal la fuerza del agua ha roto las banquetas, causando a veces problemas a los vecinos para entrar a sus casas.

CUANDO EL AGUA RECLAMA SU CAUCE

En septiembre de 1988, el huracán Gilberto dejó cerca de 400 milímetros de lluvia sobre Saltillo en 28 horas. La Sierra de Arteaga se convirtió en un corredor de escurrimiento, y los cauces urbanos, ya reducidos por décadas de relleno, no tuvieron capacidad para absorber el volumen. Murieron ocho personas en Saltillo y Arteaga, entre ellas un paramédico de la Cruz Roja arrastrado por la corriente mientras auxiliaba a una mujer embarazada. Cerca de mil personas perdieron su casa o vieron afectado su patrimonio, y al menos 180 familias tuvieron que ser reubicadas. Las carreteras hacia Monclova, Ciudad de México, Zacatecas y Monterrey quedaron dañadas, y la red de agua potable tardó semanas en restablecerse por completo.

En 2003, Saltillo acumuló 791 milímetros de lluvia, el registro más alto en varias décadas. En 2010, con los efectos del huracán Alex, cayeron 712.9 milímetros. En 2014 y 2018 los totales superaron los 730 y 755 milímetros, respectivamente. En julio de 2025 se acumularon 330.4 milímetros en un solo mes, la cifra mensual más alta desde 1980.

Con cada temporada de lluvias fuertes, los arroyos que la ciudad enterró o comprimió vuelven a hacerse notar. Uno de los que bajan de sur a norte se ha desbordado en fechas recientes, socavando la vialidad en el cruce con Pedro Figueroa y Braulio Fernández; en algunos tramos desapareció hasta el 80% de la superficie de la calle, y quedó comprometida la estabilidad de viviendas cercanas y de una academia de danza. Se instalaron gaviones y concreto para estabilizar el talud, y parte de ese tramo sigue cerrado a la circulación.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/entre-la-tierra-y-el-olvido-la-muerte-y-los-lugares-del-ultimo-adios-del-saltillo-KL21198992

El Arroyo de la Tórtola, que cruza varias colonias desde el sur de la ciudad hasta desembocar hacia el norte, se desbordó también hace poco más de un mes, tras una tormenta intensa al sur de Saltillo. El agua entró a viviendas y comercios sobre la calle de Rayón, entre Pedro Agüero y la calzada Presidente Cárdenas, luego de que la basura y los escombros arrastrados por la corriente taponaron el cauce. Vecinos de varias privadas tuvieron que trabajar para impedir que el agua entrara a sus casas, y comerciantes reportaron pérdidas. Es un patrón que se repite cada temporada: el año anterior, la infraestructura del canal había resultado dañada de forma similar, y varios accesos a viviendas y negocios quedaron bloqueados durante días.

EL SISTEMA HOY

La urbanización sin control sobre ese sistema llevó a construir asentamientos en zonas de alto riesgo, lo que obligó a CONAGUA a demoler estructuras en 2021 en los arroyos El Cuatro Bajo y El Doce. Se han identificado al menos 2,000 viviendas irregulares construidas sobre los cauces, muchas con materiales precarios, y se calcula que más de 7,200 personas viven en los márgenes de los arroyos, dentro de la franja de 10 metros que la normativa prohíbe ocupar.

La basura es otro factor constante. Solo en el primer cuatrimestre de un año reciente se retiraron 103 toneladas de desechos de 73 puntos distintos de los arroyos de la ciudad. El Puente Moreno, construido en 1904 sobre el Arroyo del Pueblo, sigue en pie, pero hoy es testigo de cómo sillones, neumáticos y escombros bloquean el paso del agua en cada temporada de lluvias.

La Gila Modesta, una sardina endémica de Saltillo que habitaba las corrientes más limpias de la sierra, ya no aparece en los arroyos urbanos. Su desaparición coincide con el deterioro general del sistema: aguas antes claras que hoy llegan estancadas y contaminadas a la ciudad.

Existen proyectos en marcha, como la canalización del Arroyo del Cuatro Bajo, con una inversión proyectada de 500 millones de pesos repartida entre el gobierno estatal y el federal. Mientras tanto, cada temporada de lluvias repite el mismo ciclo: los cauces que la ciudad fue rellenando y entubando durante más de un siglo vuelven, por unas horas, a ocupar el espacio que tuvieron desde hace cientos de años.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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