La Guerra Cristera en Saltillo: la historia de Felipe Brondo Álvarez
A cien años del inicio de la Guerra Cristera, la historia de Felipe Brondo Álvarez permite reconstruir cómo se vivió el conflicto religioso en Saltillo, donde la resistencia se libró principalmente mediante el activismo clandestino y la defensa de la fe
El centenario salió a relucir en una plática con un amigo: ambos nos preguntábamos por qué, si Saltillo era una ciudad de fuerte costumbre católica, no tuvo tanto arraigo el movimiento cristero como en otras ciudades. Mi amigo mencionó a un personaje involucrado en ese movimiento, Felipe Brondo, uno de sus líderes. Un pariente me dio su teléfono. Llamé para concretar una cita y tuve la oportunidad de platicar con don Jacinto Brondo Luna, hijo menor de Felipe Brondo Álvarez.
Don Jacinto me recibió en su casa con una sonrisa amable y me hizo pasar a la sala. Le pregunté si podía grabar la conversación. La respuesta fue tajante: no hacía falta, porque tenía preparado un resumen con todo lo que necesitaba saber sobre su padre. Me entregó varias hojas con datos biográficos, prácticamente una hoja de vida, y mientras las leía confirmé: Felipe Brondo no era una figura olvidada. El propio Jean Meyer, historiador francés autor de La Cristiada, obra de referencia sobre el tema publicada en 1973, había viajado hasta Saltillo para entrevistarlo. Esos papeles son la base de esta historia: la de un movimiento que en Saltillo no se libró a balazos sino con activismo puro, y la de un joven que pasó de repartidor de volantes clandestinos a preso político, y de preso político a padre de familia y guía para muchos, gracias a su lucha por la fe.
INICIO DEL CONFLICTO
Una ley promulgada por el presidente Plutarco Elías Calles no se limitaba a restringir el culto: buscaba también crear una Iglesia Nacional Mexicana separada de Roma, exigiendo el registro obligatorio de cada sacerdote y el control municipal de los recintos eclesiásticos.
En Saltillo, la disposición que precipitó la ruptura fue la Ley Reformatoria del Código Penal, y el clero de la ciudad respondió suspendiendo los servicios religiosos públicos el 31 de julio de 1926, coincidiendo con la suspensión nacional del culto ordenada por el Episcopado. Los sacerdotes entregaron las llaves de los templos bajo un inventario riguroso. El 4 de agosto se crearon las Comisiones Encargadas de Templos, integradas por vecinos de cada barrio responsables de custodiarlos. Los templos permanecieron abiertos para la oración personal, pero durante los dos años siguientes no se celebró en ellos ningún sacramento.
Monseñor Jesús María Echavarría y Aguirre, obispo de Saltillo, fue la figura central de la resistencia eclesiástica y pasó tiempo en la cárcel. La tradición oral conserva un detalle: para moverse con libertad sin ser reconocido, llegó a vestir traje y sombrero de charro.
El Templo del Santo Cristo del Ojo de Agua se convirtió en el punto de referencia de la resistencia clandestina. Los vecinos sacaron las imágenes religiosas de la vista pública y las guardaron en casas particulares, donde sostenían los cultos a puerta cerrada. En ese ambiente de resistencia civil, más que de combate abierto, entra la historia de Felipe Brondo.
LOS PRIMEROS AÑOS
Felipe Brondo Álvarez nació en Saltillo en 1908, en una casa de la segunda calle del Sabino, hoy calle Pípila, marcada con el número 11. Su padre, Timoteo Brondo, era un comerciante originario de San Luis Potosí; su madre, Catalina Álvarez.
Fue el mayor de la familia. Quedó huérfano a los ocho años, situación que lo obligó a dejar la escuela apenas terminado el tercer grado en el Colegio Hidalgo. No dejó de leer, y con el tiempo adquirió una cultura sólida por su cuenta. Ese carácter autodidacta fue el que lo acompañó en su juventud, cuando el país empezó a tensarse por el conflicto entre la Iglesia y el gobierno de Plutarco Elías Calles.
EL BAUTISMO CIVIL
En 1926 Brondo ya militaba en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la ACJM, semillero de buena parte de los jóvenes saltillenses que después se adentraron en la sierra de Arteaga o sostuvieron la resistencia civil en la ciudad. El 3 de abril, Sábado de Gloria, él y Jesús María Dávila, jefe de la Liga Católica en Saltillo, se toparon en la esquina de Allende y Lerdo de Tejada con un muñeco de Judas vestido de sacerdote, una provocación abierta contra los católicos de la ciudad. Lo derribaron a golpes hasta dejar solo la cabeza colgando. La policía los detuvo de inmediato y los llevó presos.
En la cárcel, en la celda número 57, Brondo escribió un soneto en la pared, un gesto que después conservó como recuerdo de su primer sacrificio por la causa. Salió a los pocos días, el 23 de abril. No habían pasado ni tres semanas cuando recibió el nombramiento de Jefe de la Liga de Defensa Religiosa en Saltillo.
HACIA LA SIERRA
El trabajo que siguió fue de organización más que de combate: recorrer rancherías y pueblos para tejer una red que fortaleciera la Liga. En uno de esos recorridos se reunió con el Mayor Juan Manuel Silva en Concepción del Oro, Zacatecas, donde acordaron levantarse en armas el 1 de enero de 1927. El 27 de diciembre salió de Saltillo. La despedida de su madre fue breve, con la conciencia de que podía ser la última. A las cinco de la tarde partió con un compañero, llevando dos rifles, una carabina y un centenar de cartuchos.
Al amanecer del 1 de enero de 1927, las campanas de Concepción del Oro llamaron al ataque. Brondo peleaba desde el marco de una puerta cuando vio pasar a un soldado disfrazado y dudó en dispararle. El soldado no dudó: una bala le atravesó el omóplato derecho y lo dejó sangrando e inmovilizado. Entregó su arma a un compañero y se arrastró detrás de una barda para esperar lo que viniera. El intenso frío de enero coaguló la sangre antes de que se desangrara, y eso, según su propio relato posterior, fue lo que le salvó la vida.
El 12 de enero, once días después, en la sierra de Arteaga, otro grupo de jóvenes saltillenses corrió con menos fortuna. Antonio Acuña Rodríguez, de 21 años, delegado local de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, se enfrentó con su grupo a tropas federales en lo que hoy es el ejido El Huachichil. Fue capturado junto con Teodoro Segovia Díaz, y al día siguiente ambos fueron fusilados en la hacienda El Cedrito. Antes de morir, Acuña firmó una carta a su familia como «Mártir»; a quienes lo iban a ejecutar les dijo: «Ustedes son soldados de un mal gobierno... yo soy soldado de Cristo Rey». Sus restos permanecieron en la sierra hasta 1929, cuando fueron trasladados a Saltillo y recibidos por una multitud.
Fuera de este episodio, la actividad armada cristera en la región fue intermitente pero constante, con algunas escaramuzas menores bajo el mando del coronel Luis Cadena. Saltillo funcionó también como refugio logístico para imprentas clandestinas que producían las proclamas de la ACJM.
CAPTURA Y SENTENCIA CONMUTADA
Brondo siguió en la clandestinidad, ahora bajo el nombre de José Cibrián, hasta instalarse en Torreón. El 7 de agosto de 1928 fue a recoger correspondencia y ahí lo capturaron dos agentes. Lo recibieron a golpes y le encontraron, escondido en un calcetín, su nombramiento oficial de la Liga.
Pasó del 11 al 14 de agosto bajo interrogatorio. Ante su silencio, sin juicio alguno, el general Ibarra ordenó su fusilamiento junto con un compañero, Feliciano. Cuando pidió papel y lápiz para escribir una última carta a su madre, el coronel a cargo se lo negó, con el argumento de que la orden llegaría más tarde. Brondo vio cómo llevaban a Feliciano al paredón mientras a él lo devolvían a la celda. La ejecución nunca llegó: su condena se conmutó por destierro a las Islas Marías.
LAS ISLAS MARÍAS Y LAS MUJERES QUE QUEDARON AL FRENTE
El 26 de agosto de 1928 desembarcó en las Islas Marías, clasificado entre los reos más peligrosos del penal. Ahí, entre jornadas de trabajo forzado, sufrió infecciones severas en las manos que, sin médicos titulados en la isla, estuvieron cerca de costarle una de sus extremidades.
De ese encierro quedó una anécdota que su familia repitió durante años. Un día le ordenaron pintar las oficinas de los oficiales y varias celdas del reclusorio, y usó el mismo color en todas. El alcaide, un general, lo mandó llamar exigiendo explicaciones. Brondo dijo que solo había cumplido una orden; el general lo negó y pidió pruebas. Brondo sacó el papel con la ordenanza, que en efecto indicaba pintar todo del mismo color. El general, obligado a reconocer el error, le ofreció una disculpa, que Brondo rechazó con una frase que se convirtió en retrato de su carácter: «Las órdenes de los generales se cumplen, no se disculpan». Sin salida, el general terminó diciéndole: «Le ordeno que me disculpe».
Como líder civil de la resistencia saltillense, la ausencia de Brondo dejó un vacío que algunas mujeres de Saltillo terminaron por ocupar. Brígida García, Jacinta de Anda y Guadalupe Fuentes encabezaron una estructura clandestina: organizaron boicots, tejieron redes de mensajería y resguardaron a sacerdotes que oficiaban misas en casas particulares. Esa organización quedó demostrada el 23 de marzo de 1927, cuando un grupo de mujeres impidió que la CROM instalara oficinas en el Templo de San Esteban.
Los cristeros presos en las Islas Marías organizaron, a pesar del encierro, una sección de la ACJM dentro del penal y el rezo del rosario después de la cena, una disciplina que llegó a ganarse el respeto de las autoridades carcelarias. El cautiverio de Brondo duró diez meses y once días.
EL FIN DE LA GUERRA Y EL REGRESO
La Cristiada terminó el 21 de junio de 1929, mediada por el embajador estadounidense Dwight Morrow, en los llamados «Arreglos» que restablecieron el culto público a cambio de que la Iglesia aceptara la autoridad del Estado sobre el registro de sacerdotes y templos. En Saltillo significaron la reapertura de los templos, y en los años siguientes la vida religiosa se reorganizó en torno a la Acción Católica.
Fue en ese mismo cierre del conflicto cuando llegó la libertad de Brondo: la orden salió a finales de junio de 1929, aunque no dejó la isla sino hasta el 4 de julio. Pisó Saltillo de nuevo el 19 de julio. Poco más de un año después, el 9 de noviembre de 1930, contrajo matrimonio con Ana María Luna González, también militante de la causa, y con ella tuvo nueve hijos, entre ellos Jacinto, el menor. Brondo Álvarez mantuvo durante años una librería de libros religiosos en la calle Juárez, entre Hidalgo y Allende.
El reumatismo lo fue inmovilizando poco a poco hasta dejarlo postrado en cama los últimos veinticinco años de su vida. Desde ahí siguió aconsejando a quienes lo visitaban, con la misma firmeza que había mostrado en la celda 57. Murió el 17 de mayo de 1977. Su esposa lo siguió apenas seis días después.
EL LEGADO DE BRONDO
De vuelta en la sala de don Jacinto, con su esposa y una nieta presentes, la conversación se movió hacia lo personal. Le pregunté cómo recordaba a su padre, qué le había dejado. Se detuvo un momento, visiblemente conmovido, habló de un hombre bueno y generoso, que le heredó valores como la humildad, la honestidad, la rectitud y, sobre todo, el amor a Cristo Rey.
Me mostró un álbum con cientos de fotografías del archivo que su padre y su hija mayor armaron durante años. Antes de despedirme, me regaló con orgullo dos calcomanías que dicen “Viva Cristo Rey, Centenario de la Guerra Cristera 1926-2026”, mandadas a hacer por él mismo para la conmemoración. Camino a la puerta, su esposa me mostró una vitrina donde guardan, cuidados con esmero, crucifijos, imágenes y otros objetos ligados a la fe de la familia.
Cien años después, en esa casa de la colonia Del Valle, el nombre de Felipe Brondo Álvarez conserva la misma fuerza que tuvo la fe que escribió en la pared de la celda 57 durante su encierro.