La erosión silenciosa de las comunidades. Parte II.
Partamos para esta segunda entrega de la visualización de un panorama de comunidad, que a mediados del siglo pasado era normal. Imaginemos un barrio por la mañana, donde las y los vecinos caminando por las calles, rumbo a escuelas, centros laborales o cualquier otro lugar para dar inicio a sus actividades cotidianas.
El encuentro, casual pero inevitable, con otras y otros vecinos en la calle da pie a diversas interacciones; se saludan en la banqueta, entablan breves diálogos sobre la Familia, el clima o cualquier otro tema que podría pasar por trivial. Se reconoce y saluda a quien abre las puertas de su negocio de escala barrial, ya sea una panadería, una papelería, una ferretería, una fonda, o simplemente el “estanquillo” o la “tiendita de la esquina”.
Cada encuentro refuerza en el subconsciente de cada habitante la idea de que se está en casa, entre personas conocidas, en un ambiente de confianza; la sensación de encontrarse en una dimensión más amplia de lo que conocemos como hogar.
No importan la edad, el género, el oficio, la profesión o cualquier otro aspecto diferenciador; todas y todos confluyen en el mismo espacio, haciendo de su particular conjunto de diversidades una muy singular forma de identidad, que abona a su respectivo sentido de pertenencia.
Visualicemos ahora un panorama distinto, más parecido a lo que comúnmente experimentamos en la actualidad, y que resulta de lo comentado en la entrega anterior. Personas que, desde que salen de su casa, abordan vehículos que les aíslan del entorno. Las interacciones con vecinas y vecinos son bastante menos frecuentes y, muchas veces, no van acompañadas de pequeñas conversaciones, ni siquiera de un saludo. Las personas que se encuentran no se conocen, no saben que habitan el mismo entorno, a sólo unas casas de distancia.
Los negocios pertenecen a personas que no habitan el espacio en que estos se ubican. Muchas veces son unidades de franquicias que exhiben una imagen artificial, ajena al entorno. Quienes laboran en esos establecimientos también vienen de lugares fuera del barrio.
En consecuencia, el entorno se percibe como un lugar ajeno; de un espacio meramente funcional, carente de la identidad propia a la que se tiene derecho, pero que no encuentra condiciones para materializarse. Es un espacio con una forma de vida anclada en la inercia, desprovisto de la confianza que provoca la pertenencia al lugar en que se habita. El paisaje que aporta el escenario urbano puede ser agradable a la vista, pero artificial por carecer de mucho de aquello que lo humaniza.
Está claro que sabemos hacer comunidad; el problema está en la dificultad de cambiar la forma en que hacemos las cosas a la que nos hemos habituado para poder obtener resultados distintos. Esto se acentúa cuando se requiere renunciar a un poco de la comodidad a la que nos hemos acostumbrado.
Por ello, es vital reconocer el valor de cada una de las personas que habitan el barrio, pues son ellas quienes hacen posibles las dinámicas que pueden recuperar el sentido de comunidad y volver a hilvanar las redes de interacción vecinal. Si las soluciones se piensan desde la consideración de quienes integran la comunidad, el éxito será más probable.
Esto implica escuchar a esas personas, partiendo de un lenguaje común y dejando por un momento de lado la terminología técnica y las soluciones estandarizadas. Abrir ojos y oídos a la forma de percibir la realidad de quienes habitan el barrio; partir de la base de que la pertenencia a la comunidad, el arraigo al lugar que se habita, el cuidado y la recuperación de las dinámicas que revitalizan el espacio urbano son los ingredientes indispensables para soluciones de largo aliento.
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