Los que eligieron Saltillo: historias que llegaron para quedarse... Cuando el destino cantó ¡play ball! para Mr. 300
Enrique Kerlegand, voz emblemática del béisbol mexicano, vio su vida ligada al micrófono, a la crónica y al diamante, dejando un legado que trasciende generaciones
Así como un bateador con el promedio .300 es considerado de élite en el béisbol, y solo los mejores alcanzan ese nivel, Enrique Kerlegand mantuvo una trayectoria impecable y consistente a lo largo de décadas.
¡STRIKE ONE!
A veces los que vivimos aquí no vemos ni sentimos a la ciudad como lo hace la gente de fuera. Estamos tan inmersos en la rutina diaria, en las calles que recorremos sin pensar, en los rincones que ya no nos sorprenden, que perdemos de vista la magia que otros descubren al llegar.
Gente de muchas latitudes ha llegado a esta ciudad y la ha hecho suya. Son personas que eligieron quedarse, que adoptaron a Saltillo como su hogar. Trajeron consigo sus historias, sus talentos y los dejaron en esta tierra. Su trabajo ha enriquecido nuestra ciudad de maneras que a veces pasan desapercibidas para quienes nacimos aquí. Ellos ven lo que nosotros ya no miramos, valoran lo que nosotros damos por sentado, y nos recuerdan por qué en Saltillo vale la pena vivir.
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”Los que eligieron Saltillo para quedarse” es un reconocimiento a su lealtad, a su aporte, y sobre todo, a ese amor genuino por una ciudad que, sin haber nacido en ella, supieron hacer Saltillo suyo.
DESDE EL CÍRCULO DE ESPERA
La oportunidad de conocer más a fondo a Enrique Kerlegand surgió de manera casual. Un día, mi hermano Antonio vio en uno de mis estantes el libro El Maravilloso Mundo del Béisbol, escrito por Enrique Kerlegand.
—Ese era un cronista muy famoso que narraba los juegos de los Diablos Rojos de México —me dijo con entusiasmo—. De joven tuve un pequeño libro que se llamaba Quién es Quién en el Béisbol Mexicano, que también escribió él. Ahí estaban todas las estadísticas, nombres de jugadores, fechas, récords, todo, bueno, hasta ese año, por ahí de 1966.
—Ah, sí, claro —asentí—. Don Enrique vive aquí enfrente. Todos los días lo saludo cuando está sentado en el porche de su casa.
De ahí me surgió la inquietud de platicar con él y saber más de su trayectoria. Así nació la idea de esta nueva serie de entrevistas que hoy presento.
CARA A CARA CON UNA LEYENDA DEL MICRÓFONO
Don Enrique llegó un poco más temprano a la entrevista de lo pactado. Su hija Vivian lo sostenía del brazo con esa mezcla de cuidado y orgullo que solo los hijos de padres longevos conocen.
—Aquí te lo dejo. Cuando acaben de platicar, te encargo que me lo cruces la calle —me dijo Vivian antes de despedirse.
Algo serio, se sentó en el sillón. Le ofrecí una taza de café que de inmediato aceptó.
—Pero sin azúcar, eh. No como azúcar —aclaró.
Después de servirle la taza, noté que portaba una cachucha. De inmediato vi la leyenda: “Salón de la Fama del Béisbol”. Vi en su mirada un orgullo que solo pueden sentir muy pocos. Estaba listo para platicar, sentado, bien plantado, como lo hace un bateador en el plato que acaba de golpear sus spikes con el bat, esperando la primera bola.
HERENCIA DE LINAJE Y CARÁCTER
Los Kerlegand no eran una familia cualquiera. Llevaban en las venas la historia misma de México, una historia de movimiento constante, de adaptación a las circunstancias, de raíces que se extendían por Tamaulipas, Campeche, Tabasco, Chiapas, La Habana, Cuba, más atrás aún, en islas de los Países Bajos.
El bisabuelo de Enrique Kerlegand, Joaquín Zeferino Kerlegand Guzmán, fue un héroe durante la Guerra de Intervención Francesa. Militar liberal originario de Tampico, Tamaulipas estudió en el Colegio de París y combatió la Intervención Francesa y al Imperio en la ciudad de Puebla.
Un hombre de armas que sirvió a su país con honor y ocupó destacadas encomiendas en la milicia mexicana: fue jefe de la prisión de Santiago Tlatelolco en 1882, jefe de armas de Yucatán en 1886, de Sinaloa en 1887 y de Campeche en 1888, donde llegó a ser gobernador hasta 1891. También ocupó el cargo de gobernador de Tabasco de 1891 a 1892 y comandante militar del mismo estado hasta 1903, antes de dirigir la Cárcel de Belén de 1904 a 1906.
PRIMERAS ENTRADAS
El 8 de marzo de 1938, entre las montañas de la Sierra Mariscal de Chiapas, nació un niño que cambiaría la forma en que muchos mexicanos escucharían el béisbol. Su nombre, Enrique Kerlegand Tovar, hijo de Joaquín Kerlegand Calderón, originario de Villahermosa, Tabasco, y de Rosa Virginia Tovar Ruiz, oriunda de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Motozintla, su tierra natal, era y sigue siendo un lugar donde las nubes grises abrazan las montañas como si quisieran quedarse para siempre. Un municipio de paisajes impresionantes donde el clima fresco y húmedo invita a la reflexión, donde los miradores ofrecen vistas que cortan la respiración y donde los ríos y cascadas se abren paso entre la densa vegetación.
La constante de la familia Kerlegand siempre había sido el movimiento, adaptándose a las circunstancias, cambiando de lugar de residencia según los vientos de la vida los llevaran. Algo que marcó la infancia de Enrique fue la figura de su padre, aquel tabasqueño de Villahermosa que había llegado a Chiapas y echado raíces. Un día, en el jardín de Comitán, un accidente con un perro le costó un brazo. Muchos se habrían rendido, habrían dejado que esa pérdida definiera sus límites. Pero no él. Con un solo brazo se cambiaba la ropa, se bañaba, disfrutaba de la poesía, vivía sin complejos ni quejas. Para el pequeño Enrique, criado en aquel pueblo de neblina y montañas donde la vida ya era de por sí desafiante, ver a su padre vencer cada obstáculo diario fue la mejor escuela de vida que pudo tener.
TOQUE DE BOLA
Había mucho que preguntar, así que lancé la primera pregunta. Sus respuestas siempre fueron cortas pero seguras. Por su edad es natural que algunos detalles a veces se le escaparan, luego corregía cuando se le aclaraba la mente, pero lo que no ha perdido es la emoción de recordar, que se le nota en los ojos. Cada anécdota que contaba encendía una chispa en su mirada, cada mención del béisbol lo transportaba a lo que notoriamente es su pasión.
SE FUE, SE FUE
En 1958, con 20 años, Enrique tomó una decisión que cambiaría su destino: mudarse definitivamente a la Ciudad de México. Dejaba atrás las vistas panorámicas de Motozintla, el aire fresco de la Sierra Mariscal, los sabores de su infancia. No fue un impulso, fue una decisión meditada, planificada, como todo lo que hacía. Llegó con el espíritu luchador de los motozintlecos y la capacidad de adaptación que los Kerlegand habían demostrado generación tras generación.
La capital lo recibió con sus miles de historias, pero Enrique traía la suya propia: una fascinación por el béisbol que había comenzado desde joven. No era solo un juego para él, era algo más profundo. Era una vocación que lo llamaba a contar, a narrar, a hacer que otros sintieran la emoción del diamante.
LA VOZ ENTRA EN JUEGO
La necesidad de narrar lo llevó al periodismo, aunque su carrera profesional formal comenzaría en 1966 cuando ingresó a la revista Hit. Fue reportero y subdirector hasta 1982, documentando cada historia del béisbol mexicano de ese entonces. También colaboró en publicaciones como Superhit, Deporte Ilustrado y Sportiva.
En 1968 fue cuando su voz encontró su verdadero hogar: la radio en las emisoras XEX y XEQ. Debutó como comentarista desde el Parque del Seguro Social junto a otras leyendas como Pedro “El Mago” Setién y Enrique Llanes. Tres años después, en 1971, dio el salto definitivo al convertirse en narrador. Su voz se volvería tan inconfundible como el sonido del bate al golpear la pelota que saldrá volando del estadio.
CUARTO BAT
En los años 70, Enrique se convirtió en el primer reportero en transmitir desde el terreno de juego en televisión. Mientras otros narraban desde las alturas de las cabinas, Enrique bajó al diamante, a donde estaba la acción, las estrategias de los managers.
Cada narración era un trabajo meticuloso de documentación, de anotaciones día a día, de observación constante. Corregía, aprendía, perfeccionaba. Incluso llegó a sugerir cambios en las reglas del béisbol que fueron adoptados. Su ojo crítico y su amor por el juego lo convirtieron en algo más que un narrador: era ya, el guardián de la historia del béisbol mexicano.
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RÉCORDS QUE NO SE BORRAN
Su trayectoria no pasó desapercibida. En 1976 fue secretario de la Asociación Mexicana de Cronistas Deportivos, y de 1985 a 1990 presidió el Círculo de Cronistas de Béisbol. El reconocimiento más grande llegó en 2003 cuando ingresó al Salón de la Fama del Béisbol Mexicano, el lugar donde solo unos pocos, entran solo los inmortales del diamante.
El Senado mexicano rindió un homenaje en 2017 por su trabajo. Ha escrito más de diez libros donde ha compartido anécdotas sobre la evolución del deporte que vio nacer, crecer, brillar y con tristeza reconoce como el béisbol ha ido perdiendo público.
Enrique lamenta con nostalgia el declive del glamour y popularidad del béisbol mexicano. Contrasta las épocas doradas que vivió desde fuera de la caseta de jugadores, cuando las transmisiones en vivo eran un espectáculo tiempos en que los estadios se llenaban, el futbol soccer ha desplazado el deporte que tanto ama.
Ha documentado la historia de la Liga Mexicana. Es considerado el decano de la crónica beisbolera en México, un título que lleva con orgullo y humildad, como todo lo que ha hecho en su vida.
UNIFORME NUEVO, MISMA PASIÓN
En 2003, Juan Manuel Ley, el dueño de los Saraperos en aquel entonces, hizo a Enrique una oferta que cambiaría su vida una vez más. Durante años, Enrique había viajado incansablemente: en verano cubría las series de béisbol, en otoño viajaba a Sinaloa. La vida era un constante ir y venir, maletas siempre listas, hoteles y estadios que eran su segundo hogar.
Pero Saltillo le ofreció algo diferente: la oportunidad de quedarse. Desde su llegada, los Kerlegand De la Fuente se adaptaron muy bien. Les encantó Saltillo desde el principio. Aquí, Enrique se convirtió en cronista de los Saraperos de Saltillo, el equipo que lo vería llorar de alegría cuando conquistaron el bicampeonato en 2009-2010.
CIERRE DE LA NOVENA
Al final, don Enrique Kerlegand se levantó con los ojos vidriosos. En más de una hora de charla, había hecho un viaje por su vida: desde Motozintla hasta Saltillo, desde el muchacho que soñaba hasta el decano. Noté su alegría, esa satisfacción de quien sabe que vivió intensamente, que cumplió su vocación, que dejó huella, tal vez ni proponérselo.
Cruzamos la calle juntos. Ahí estaban Magnolia, su esposa, y su hija Astrid, esperándolo. Magnolia me comentó con una sonrisa: “Desde nuestra llegada nos adaptamos muy bien. Nos encantó Saltillo desde el principio, hemos tenido los mejores vecinos del mundo, como doña Andreita Villa Mata”.
UN LEGADO QUE PERMANECE
Con determinación, pasión y trabajo, un hijo de la Sierra Mariscal, bisnieto de un héroe de la patria, se convirtió en la voz que le daba vida al béisbol mexicano. Su historia es la de tantos mexicanos que dejaron su tierra buscando un sueño, pero con una particularidad: Enrique encontró el suyo, lo vivió intensamente y lo compartió con millones de personas cada vez que abría el micrófono y decía: “Bienvenidos al juego”.
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Hoy, sentado en el porche de su casa en Saltillo, a sus 88 años saluda a los vecinos que pasan, porta con orgullo su cachucha del Salón de la Fama bien puesta, acompañado de Magnolia y rodeado del amor de sus hijos, sigue siendo esa voz que evoca tiempos mejores.
Los Kerlegand De la Fuente, finalmente, encontraron su hogar definitivo en Saltillo. Llegaron para quedarse, y con ellos trajeron décadas de historia del béisbol mexicano, la herencia de libertadores, el espíritu y calidez de los habitantes de la sierra chiapaneca.
Es una historia de un hombre que nunca dejó de soñar, que nunca perdió la pasión, y que nos recuerda que el béisbol, para quienes lo aman de verdad, siempre será el rey de los deportes.