Saltillo: La Indiada Grande, entre la historia y la leyenda

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Saltillo
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En enero de 1841, Saltillo estuvo bajo el ataque comanche más devastador que recuerda su historia

Este relato lo recogí de la Revista Coahuilense de Historia, número 45, marzo-abril de 1994, del Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas. El autor, Federico Leonardo González Náñez, maestro de Literatura del Ateneo Fuente y miembro del Colegio, publicó el trabajo pocos meses antes de su muerte, ocurrida en diciembre de ese mismo año.

DE VILLA A CIUDAD

Para 1827, Saltillo era una ciudad importante por su comercio, pero seguía vulnerable a los constantes ataques de indios del norte. El 15 de noviembre de ese año, un decreto cambió el nombre de Villa del Saltillo al de “Leona Vicario”, en honor a la insurgente que había puesto su fortuna al servicio de la independencia. El norte de México seguía siendo territorio de las llamadas Indiadas, incursiones clasificadas como Chicas o Grandes según el grado de violencia, alentadas y armadas en buena parte por terratenientes de Texas interesados en debilitar el control mexicano sobre la región. La defensa de la ciudad no quedó en manos de soldados, sino en unos pocos ciudadanos que tomaron las armas por necesidad.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/el-quehacer-de-la-historia-colegio-coahuilense-de-investigaciones-historicas-FF22416223

TRES AMIGOS Y UNO NO TANTO

Entre esos hombres destacan tres nombres: José María Goríbar Sánchez, José María Aguirre y Crescencio Andrade. Se conocían desde niños; habían estudiado juntos bajo el rigor del sacerdote Francisco Ricardo Ramos. Goríbar y Aguirre se formaron como abogados. Goríbar era tan joven que tuvo que pedirle al Congreso del Estado una “habilitación de edad”, por decreto del 29 de mayo de 1829, para poder ejercer como abogado antes de cumplir la edad legal. Además de presidir el Tribunal Supremo de Justicia, terminó siendo coronel bajo las órdenes del general Santa Anna, y llegó a aportar de su peculio cincuenta pesos mensuales para sostener la guerra contra los texanos años antes.

Aguirre alcanzó el grado de teniente coronel. Durante el ataque del 10 de enero de 1841, cuando la situación se puso difícil, huyó en precipitada fuga y abandonó a sus amigos, el licenciado José María Goríbar y el mayor Crescencio Andrade, quienes terminaron perdiendo la vida a manos de los invasores. Así se ganó el mote de “El Correlón”.

Andrade era comerciante de profesión. Más tarde se ganó el título de capitán, aunque para 1841 ya se le conocía como mayor. Quienes lo conocían lo describían como afable en el trato diario, pero de carácter fuerte, “muy atravesado y de ánimo pronto y encendido” —en palabras de González Náñez—, como corresponde a alguien criado en la dureza de estas tierras.

EL ENSAYO DE 1839

Antes de la tragedia hubo un adelanto de lo que vendría. En 1839, Saltillo fue escenario de dos asedios durante la guerra entre federalistas y centralistas en Coahuila: primero resistió el ataque de Severo Ruiz (enero–febrero) y luego, tras un sitio más prolongado, capituló ante el general Pedro Lemus en mayo. Durante el asalto de mayo, el general Ugartechea le confió a Goríbar el mando del fortín sur, el punto más débil de toda la plaza. Al verlo sostener la posición bajo fuego cerrado, Ugartechea soltó una frase que quedó en la memoria: “Me gusta este licenciadito, porque esos colorcitos que tiene en la cara no se le pierden en el mayor peligro.” Cuando se acabó el parque, los defensores no se rindieron: se replegaron hacia el templo de San Juan y de ahí a la Parroquia de Santiago, donde Goríbar siguió peleando solo con espada y bayoneta.

LOS COMANCHES

Hay otra fuente que conviene sumar a este relato: En el Saltillo antiguo, de J. de Jesús Dávila Aguirre, publicado en 1974. Ahí se identifica a los responsables de la invasión: eran comanches, empujados hacia el sur por la presión que la colonización yanqui ejercía sobre ellos en Texas y Nuevo México. Cruzaron el Río Grande hacia el sur de Coahuila y Nuevo León en son de guerra abierta. A su paso robaron ganado, quemaron cosechas y saquearon poblaciones. A los hombres los mataban y escalpaban; a mujeres y niños, según el caso, los asesinaban o los raptaban.

Dávila Aguirre cuenta, a partir del testimonio de su propia abuela, testigo directo de esos días, cómo esta tuvo que huir con su hija hacia la Mesa de las Tablas, municipio de Arteaga. Ahí los refugiados fortificaron las casas, armados con pólvora, armas blancas y unos cañones pequeños llamados esmeriles. Los hombres combatían desde las azoteas mientras las mujeres recargaban trabucos y escopetas para que el fuego no cesara.

EL ATAQUE

La Indiada Grande de 1841 fue el golpe más duro que recibió Saltillo en esa época. El 10 de enero, la ciudad sufrió un ataque que superó cualquier defensa anterior. En el combate murió el licenciado y coronel José María Goríbar Sánchez, vencido por la superioridad numérica del enemigo. Con él cayeron, “terriblemente despedazados”, Andrés Flores, Francisco Aguirre, Juan Rodríguez, Antonio María Pérez, Crisanto Morales y Agapito Sánchez. A esas pérdidas se sumó la desaparición del mayor Crescencio Andrade.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/las-familias-del-poder-en-la-villa-de-santiago-del-saltillo-y-pueblo-de-san-esteban-de-la-nueva-tlaxcala-FE20427200

LO QUE CONTÓ UN SOBREVIVIENTE

Con los caminos cortados y los atacantes prácticamente a las puertas, Saltillo quedó sin comunicación ni abastecimiento, mientras se sabía que venía en camino, desde la capital, una remesa de plata y armas de la que nadie tenía noticias. Días después se presentó ante las autoridades un hombre llamado T. García, vecino de Matehuala, que había logrado salvarse escondiéndose en una cueva tras abandonar su caballo. García contó que se había topado, cerca de la ciudad, con el mayor Andrade y su gente: Andrade estaba herido, pero todavía con ánimo, y lo dejó subir en ancas de su caballo. Sobre la remesa de plata fue enfático: no sabía nada; solo suponía que la traían porque el grupo no había sido despojado todavía. La última imagen que tuvo de Andrade fue la de un hombre agonizante buscando refugio en el cauce de un arroyo, antes de que el ataque final dispersara a los sobrevivientes. Del destino de la plata no volvió a saberse nada.

LA APARICIÓN EN EL PALACIO MUNICIPAL

Cuando las investigaciones no condujeron a ningún lado, entró en la historia algo sin explicación. El centinela Juan Muñoz reportó, durante tres madrugadas seguidas, una figura alta y corpulenta frente a la puerta del Palacio Municipal, envuelta en una capa y con sombrero militar: el espectro de Andrade, con el rostro ensangrentado, como buscando a alguien para entregarle un mensaje.

El mismo fenómeno se repitió en la Parroquia de Santiago. Eran las cuatro de la mañana, según el reloj de la torre de la Capilla del Santo Cristo, cuando el cura José Ignacio Sánchez Navarro sintió un viento helado que le volteó las hojas del devocionario. Un lamento lo llevó al confesionario, donde una voz de hombre, lenta y cansada, le dio dos encargos: la ubicación exacta de la remesa de plata, escondida en una cueva de la Sierra de Zapalinamé, y un mensaje para el centinela Muñoz, diciéndole que no tenía nada que reclamarle sobre su muerte. Después, la figura se desvaneció.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo-una-ciudad-forjada-a-golpes-HG20260575

EL RESCATE QUE SALVÓ LA CIUDAD

Con esa información, el gobernador José Ignacio Arizpe salió de inmediato hacia el Cañón de San Lorenzo con seis carretas vacías. Cuando la expedición volvió, cargada y cubierta con lonas, la ciudad respiró. En el patio del Palacio de Gobierno, ante el escribano Francisco, se hizo un inventario de lo rescatado: barras de plata, mosquetes, rifles y bayonetas, barriles de pólvora, pedernales y brea, cajas de parque, plomos y cartucheras, espadas y sables, herramientas de albañil y paños de uniformes y banderas. Con esos recursos se organizaron tres partidas de soldados que despejaron la zona y obligaron a los atacantes a retirarse.

$!Retrato de un indio comanche a finales del siglo XIX, coloreada con IA.

LOS PRISIONEROS Y EL NIÑO

Según Dávila Aguirre, una vez contenida la invasión, los comanches capturados fueron llevados a las plazas de toros de Saltillo y de Monterrey, donde se convirtieron en espectáculo público: la gente pagaba por verlos clavar flechas en monedas de plata puestas a más de treinta metros de distancia. Aquel ataque fue, según se recuerda, la última vez que Saltillo enfrentó una amenaza de esa magnitud por parte de tribus indígenas. Pero de esos meses quedaron también historias más tristes, como la de un niño raptado durante la invasión que regresó años después ya adulto, convertido por completo a las costumbres comanches y sin poder recordar su lengua materna.

LO QUE QUEDÓ DESPUÉS

No todos salieron igual de bien parados en la memoria del pueblo. José María Aguirre llegó a ser gobernador en 1849 y mostró firmeza frente a los invasores norteamericanos, pero nunca pudo quitarse de encima el apodo de “El Correlón”: la gente le reprochó siempre haber huido en lugar de quedarse junto a Goríbar y Andrade aquel 10 de enero. El padre Sánchez Navarro, por su parte, no volvió a hablar del asunto: nunca confirmó ni negó lo ocurrido en el confesionario, y se llevó ese secreto hasta el final de sus días.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/la-batalla-de-la-angostura-1847-la-tragedia-y-las-preguntas-sin-respuesta-MB20569702

LA PLACA QUE GUARDÓ BENITO GORÍBAR

El recuerdo de aquel 10 de enero volvería a rescatarse años después. Hacia 1877, Benito Goríbar —hermano de José María, nacido hacia 1820 y fallecido en 1892, casado con Liberata Arizpe, conocido personaje de la política local y propietario de un mesón en la calle de Santiago número 7, esquina con Castelar, hoy cruce con General Cepeda— mandó hacer una placa en memoria de José María Goríbar. Ahí, en esa misma casa, se conservó: nunca fue colocada, se quedó guardada dentro de la vivienda, como una pieza para la memoria de la familia Goríbar.

LEYENDA O HISTORIA

En Saltillo se han escrito e inventado cientos, quizás miles de leyendas. Es una ciudad con una atracción particular por ese tipo de relatos, y con el tiempo las versiones se mezclan hasta que ya nadie sabe bien dónde empezó el cuento y dónde terminaron los verdaderos hechos.

Este relato es un buen ejemplo de esa mezcla; conviene separar las dos versiones que la componen. Lo que puede documentarse con papeles, decretos y actas es historia: el cambio de nombre a Leona Vicario en 1827, las Indiadas como amenaza real en la frontera norte, la identidad comanche de los invasores y las causas que los empujaron hacia el sur, la defensa de Saltillo en 1839, la matanza del 10 de enero de 1841 con sus muertos identificados por nombre y el rastro documental de Goríbar, Aguirre y Andrade que llega hasta la placa conservada por Benito Goríbar. Todo eso puede rastrearse en fuentes que no dependen únicamente de la memoria oral, ya sea en la crónica de González Náñez o en el testimonio de Dávila Aguirre, quien también fue miembro del CCDH.

Lo que pertenece a la leyenda es otra cosa: el centinela que ve un fantasma tres madrugadas seguidas, la voz que habla desde el confesionario, la ubicación de un tesoro revelada por un espectro. Nadie puede probar ese fragmento con un documento de archivo y tampoco hace falta intentarlo. La leyenda no compite con la historia ni pretende sustituirla; cumple otra función, la de darle un toque de cierre emocional y halos de misterio a un episodio que en la realidad se quedó sin explicación, como pasó con la plata que nunca se supo bien a bien de dónde salió ni quién la rescató. Eso es leyenda pura.

RECUPERACIÓN DE LA PLACA

La ciudad necesita recordar hechos históricos como este. Platicando con un grupo de amigos nos propusimos la tarea de rehacer esa placa y otras muchas que hacen falta. Durante muchos años la placa de la Indiada Grande, con los nombres de las víctimas grabados en bronce, permaneció guardada en la casa de Benito Goríbar.

DÓNDE PONERLA

Si el ataque ocurrió en las inmediaciones de Saltillo y la placa se conservó en la casa de Castelar y General Cepeda, ¿dónde cree usted, estimado lector, que debería colocarse en conmemoración de este suceso?

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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