Santiago Segovia, el hombre que escucha los miedos de Saltillo

Santiago Segovia, el hombre que escucha los miedos de Saltillo

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Desde hace 35 años, Santiago Segovia acompaña a Saltillo desde la radio. Comenzó a los 17 y hoy, también desde su podcast Relatos, escucha historias de brujas, fantasmas y apariciones. Pero ¿qué le da miedo al hombre que conoce los temores de toda una ciudad?

Saltillo
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Una noche, Santiago Segovia recibió la llamada de una familia que venía de Monterrey. Iban en una camioneta, cerca de Ojo Caliente. Eran una pareja y dos niñas. El hombre dijo que había atropellado algo “del tamaño como de un venado”. La camioneta brincó. Después se apagó. Cuando bajaron a mirar, no encontraron nada.

La llamada comenzó como una petición de ayuda para conseguir una grúa. Segovia hizo lo que por años ha seguido haciendo: preguntar. Entonces escuchó los gritos.

$!Santiago Segovia, el hombre que escucha los miedos de Saltillo

“Gritos, pero desesperados”, recuerda. Las niñas también gritaban. La voz de la mujer se perdió entre el ruido y la comunicación se cortó. Durante días esperó alguna explicación, otra llamada, alguien que dijera que aquella noche era una broma. No ocurrió. “Jamás me volvieron a contactar”, dice.

Han pasado años.

Segovia conserva aquella historia entre las llamadas que lo marcaron. No sabe qué sucedió después y tampoco tiene un final que acomodarle. En su oficio algunas historias pueden quedarse abiertas durante años. Quizá ahí radica parte de su fuerza y su corazón, como alguien que comenzó a contarlas cuando todavía no sabía si iban a terminar.

Segovia tiene casi cuatro décadas de trayectoria frente al micrófono y cuenta que comenzó en la radio a los 17. Durante 18 años repartió su vida entre las cabinas y la “gran General Motors”.

Trabajaba sus turnos en la planta y hacía radio hasta que, hace alrededor de 18 años, dejó la fábrica para dedicarse por completo al medio. Siempre quiso hablar. “A mí siempre me gustó la radio hablada”, dice. Todavía prefiere escuchar a dos personas conversando en un noticiero antes que sólo una estación de música.

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SABER QUÉ NO SE QUIERE HACER

Cuando tuvo oportunidad de plantear un programa nocturno, sabía qué no quería hacer: “yo no quiero música”.

El problema era que tampoco sabía muy bien de qué quería hablar. Comenzaron con sueños, luego historias; con el tiempo llegaron las personas que llevaban años esperando un lugar donde contarlas.

Segovia se describe como alguien sencillo y accesible. Hay una anécdota que le sirve mejor que cualquier currículum: recuerda los años en que otros locutores le preguntaban por qué no se comportaba con mayor distancia frente al público.

$!Una tabla ouija forma parte del repertorio de objetos asociados con el espiritismo y la comunicación con lo sobrenatural, creencias que atraviesan muchas de las historias compartidas por el auditorio.

Él respondía que después de salir de la cabina tomaba la ruta 2A para regresar a su casa. “¿Qué gano con ser sangrón al salir del aire?”, se pregunta todavía. La celebridad perdía parte de su misterio cuando esperaba la combi y los oyentes lo saludaban en la calle. Hoy cuenta que, si alguien lo reconoce en un supermercado, él está encantado de detenerse para una fotografía.

CONFIANZA DEL AUDITORIO

El programa lleva, según su recuento, 17 años al aire. Las llamadas entran directamente. No hay una persona que interrogue antes al oyente para saber quién es o qué piensa contar. Segovia levanta el teléfono sin saber quién estará del otro lado. En todo ese tiempo, asegura, nunca ha recibido un insulto al aire. Él atribuye esa relación a una palabra que aparece una y otra vez cuando habla de su trabajo, la confianza.

“Por la seriedad en que manejo todo eso, las personas confían en mí”, explica. Algunos han esperado treinta años para hablar. Recuerda a un hombre que llevaba 35 años guardando una historia sobre una tía a la que consideraba bruja. Mientras ella vivió, decidió callarla.

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Después de su muerte buscó a Segovia.

“Ya le voy a contar toda la historia”, le dijo.

CAZADOR DE HISTORIAS

Escuchar, para Santiago, se parece un poco a excavar. Una persona comienza diciendo que algo ocurrió cuando era niño y unas frases después ya está hablando de la secundaria. Él la regresa. Cuántos vivían en la casa. Qué edad tenía. Desde cuándo comenzaron a suceder las cosas. Quién estaba ahí. Qué ocurrió primero.

“Empiezas a escarbarle”, dice. A veces compara su método con “un interrogatorio policial”. No pretende que cada llamada llegue ordenada como un cuento. Muchas veces el relato está desperdigado dentro de quien llama y su trabajo consiste en encontrar por dónde empezar a sacarlo.

$!Cruces, medallas, collares, recipientes y distintos amuletos conviven en un gabinete donde se reúnen símbolos de diversas tradiciones religiosas y esotéricas.

También asegura que después de tantas horas al teléfono aprendió a reconocer ciertas inconsistencias y a escuchar cuando alguien parece realmente angustiado. Así, las historias rara vez permanecen donde comenzaron.

Una persona llama porque un cuadro se movió. Segovia pregunta qué cuadro era y termina descubriendo una imagen de Baphomet y que quien está al teléfono se identifica como satanista.

Un muchacho llama con otra historia y se presenta como Astaroth. Santiago detiene todo: ¿ese es realmente tu nombre? Sí. ¿Por qué? Su padre, responde el joven, era brujo. La anécdota que motivó la llamada queda arrumbada mientras la conversación se mete en la infancia del muchacho y en aquello que asegura haber visto crecer junto a su padre.

“Una sola llamada cambia todo el programa”, dice. En la radio de Segovia, el guion tiene una curiosa tendencia a dejarse ocupar por quien marca.

OTRO MAPA DE LA CIUDAD

Saltillo termina entrando por el teléfono como un mapa contado de memoria, no como lo conoce la mayoría de los saltillenses. Alguien menciona que en el Archivo Municipal asustan y Santiago responde que ha estado ahí dos veces a las tres de la mañana.

$!Un colgante oscuro, cuentas y pequeñas piezas metálicas componen uno de los objetos fotografiados. Su presencia remite al universo de amuletos y símbolos que acompaña las narraciones sobre lo inexplicable.

Otro pregunta por Casa Purcell y cuenta que también la recorrió de madrugada. Las historias pasan de una casa a una carretera, del panteón a un edificio conocido por cualquiera que atraviese el Centro durante el día. Hay un Saltillo oficial, con puertas, expedientes y fachadas; en las llamadas aparece otro hecho de recuerdos familiares y sitios donde alguien asegura haber visto algo.

Segovia no ocupa una posición neutral ante aquello que escucha. “Sí creo en este tipo de energías”, responde cuando se le pregunta directamente. Tiene una clasificación propia para hablar de apariciones y fenómenos y suele acompañar sus respuestas con experiencias recibidas a lo largo de los años. Su certeza pertenece a él.

Para quien lo escucha queda la posibilidad de creerle, dudar o simplemente seguir oyendo hasta el final. Su relación con esas historias, cuenta, empezó antes del programa y casi antes de la radio. Cuando cursaba sexto de primaria, el patio de su casa colindaba con una clínica abandonada en Acuña y Corona.

Veía el edificio. Recuerda un cuarto oscuro, mesas verdes y una sensación difícil de nombrar: “Sentías tú que alguien te hablaba”. Tiempo después supo que aquel cuarto había sido la morgue.

MÁQUINAS Y FANTASMAS

Más tarde llegaron los años de General Motors. Habla de guardias en áreas oscuras de la planta, maquinaria funcionando entre sombras y trabajadores que aseguraban haber visto unas enormes puertas automáticas abrirse y cerrarse solas. Todavía no sabía que terminaría dedicando una parte considerable de su vida a perseguir historias de esa naturaleza.

$!Una pequeña figura religiosa permanece resguardada bajo una cubierta transparente. Los objetos de devoción también forman parte del imaginario cultural que rodea las historias de apariciones y sucesos extraordinarios.

Tampoco ha podido evitar tener experiencias propias. Una ocurrió en la presa de Palo Blanco. Caminaba hacia la cortina mientras acomodaba el equipo para transmitir. Cerca de la carretera vio a un joven de unos 19 años, moreno, vestido con una chamarra roja. Segovia lo saludó.

El muchacho sonrió. Santiago volvió la mirada hacia el camino y casi inmediatamente giró otra vez porque quería advertirle que se alejara de la carretera: los automóviles pasaban demasiado rápido. “Ya no había nadie”.

La persona que iba con él le aseguró que estaban solos. Más tarde, mientras Segovia hablaba al aire de lo ocurrido, escucharon el golpe de algo contra uno de los señalamientos instalados junto a la presa. Él y su acompañante probaron arrojando piedras hasta reproducir el sonido. Segovia recuerda el anuncio exacto “prohibido nadar”, para él “una advertencia”.

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En octubre sube el volumen. No porque el público de Segovia aparezca el primero del mes y desaparezca después de Halloween. Él habla de una audiencia que permanece durante todo el año. Lo que cambia es la cantidad. Llegan más invitaciones, más escuchas, más personas dispuestas a contar algo.

Lo han invitado incluso a jardines de niños, algo que le provoca un problema bastante terrenal: “No tengo historias para un jardín de niños”. Una vez aceptó contar Caperucita Roja en el kínder de su hija. Se colocó detrás de una bambalina con una máscara de Lobo Feroz y comenzó a leer una versión que había pedido imprimir sin revisarla antes.

$!Dos muñecas exhibidas bajo cubiertas transparentes evocan uno de los motivos recurrentes del imaginario del terror: los juguetes infantiles convertidos en personajes de relatos inquietantes.

Llegó a una parte particularmente sangrienta, miró a los niños y decidió improvisar. La historia hablaba de las entrañas de la abuela.

“Esto no es aquí”, pensó. Tuvo que inventar el resto.

COMUNIDAD PARANORMAL

Ese humor aparece incluso cuando habla de los episodios más extraños. Quizá también explica por qué alrededor de su programa terminó creciendo algo que excede el entretenimiento paranormal.

La gente llama para pedir ayuda.

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Segovia recuerda a una mujer que tenía problemas para llegar a Ramos y a taxistas que escuchaban el programa ofreciéndose para pasar por ella. En temporada de frío algún radioescucha puede avisar que vio a una persona en condición de calle afuera de una tienda. Minutos después llegan mensajes de policías que también escuchan “ya fueron por ella, ya está camino al albergue”.

“Se ha hecho una comunidad de ayuda”, dice. Por eso, cuando le pregunto qué le da miedo a un hombre que ha pasado tantos años escuchando historias de muertos, brujas, apariciones y casas en las que sus habitantes aseguran no estar solos, Santiago Segovia no menciona ninguna presencia. Piensa en desaparecer.

Hace algún tiempo estuvo delicado del hígado. También sufrió una fractura. Aquellos episodios lo obligaron a mirar hacia un miedo bastante menos espectacular que cualquiera de los que llegan por teléfono.

“Uno de mis más grandes temores es morir y no ser recordado”, dice.

$!Una pieza exhibida junto a una ficha sobre la leyenda de la Blancanieves de Reino Mágico, en Veracruz, muestra cómo los relatos de supuestos acontecimientos sobrenaturales permanecen asociados a lugares y objetos.

Después aparece otro. Que su auditorio deje de creer en él. “Perder esa confianza del auditorio”, precisa. Para Segovia, ese público es “el elemento más importante”.

EL OFICIO DE CREER

La palabra creer pesa de manera particular después de escucharlo. Durante años Santiago ha recibido relatos sobre muertos, brujas, sombras, voces y puertas que aparentemente se mueven solas. Algunas personas llaman para preguntarle qué piensa.

Otras buscan ayuda. Algunas únicamente necesitan terminar una historia que comenzaron a cargar treinta años atrás. Él contesta. Pregunta quién estaba ahí. Qué hora era. Cuándo comenzó todo. Y sólo escucha.

Tal vez ése sea el oficio que Santiago Segovia terminó construyendo sin proponérselo cuando pidió un programa nocturno sin música.

En algún punto de Saltillo, cuando alguien tiene una historia que le cuesta contar en voz alta, existe un número al que puede llamar.

Del otro lado hay un hombre que lleva años haciendo algo sencillo y, a esas horas, quizá indispensable: escuchar lo que el miedo tiene que decir.

Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.

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