Alejandra Rivera: la lucha por legitimar el futbol americano femenil
Su trayectoria —que hoy la llevó a ser seleccionada por el equipo estadounidense San Diego Rebellion— refleja las barreras estructurales, los prejuicios y la falta de referentes que aún enfrentan las mujeres en un deporte históricamente dominado por hombres
Alejandra Rivera lleva más de una década jugando futbol americano. Su trayectoria atraviesa el crecimiento de este deporte para mujeres en Saltillo: desde los años en los que la única opción visible era la modalidad lingerie hasta la consolidación de ligas equipadas y, más recientemente, su incursión en el futbol profesional en Estados Unidos.
Pero antes de equipos, ligas y uniformes, hubo algo más básico: la ausencia de referentes.
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“Siempre supe que existía... pero no te visualizas porque no hay alguien ahí. Tú no te puedes imaginar a ti misma adentro si no hay alguna mujer en la que te puedas proyectar. Entonces lo veía muy lejano.”
Diversos organismos internacionales han advertido que la falta de modelos femeninos en el deporte es una de las principales barreras para la participación de niñas y adolescentes. Cuando no hay mujeres visibles en la cancha, la posibilidad de ocupar ese espacio se vuelve difícil de imaginar.
Rivera empezó a jugar cuando esa referencia prácticamente no existía.
Uno de los recuerdos que conserva con más claridad resume esa etapa.
“Me acuerdo mucho... un pase que atrapé con la puntita de los dedos, iba corriendo a máxima, el mejor pase de mi vida... pero la defensiva cuando me taclea me bajó un poquito el calzón y eso es lo que recuerda toda la gente. Entonces es como que, ‘¿dónde quedó mi juego? ¿Dónde quedó mi capacidad como atleta?’”
Era menor de edad.
La jugada perfecta quedó eclipsada por el morbo. No por la técnica, ni por la velocidad, ni por la recepción. Por el cuerpo.
Aun así, volvió al campo.
En casa tampoco fue sencillo. Creció en un entorno conservador donde la idea de una mujer jugando futbol americano generaba resistencia.
“Cuando yo le dije (a su padre) que quería formar parte del equipo... me dijo que lo hacía por llamar la atención... que quería ser la niña que anda ahí.”
El primer año se fisuró la nariz. La reacción no tardó en llegar.
“Y mi papá de que te lo dije... y yo dije ‘pero es que es normal’. Eso pasa en todos los deportes.”
Con el tiempo, Rivera formó parte del crecimiento del futbol americano femenil en Saltillo, aunque también jugó una temporada en un equipo varonil. En este periodo comenzaron a surgir equipos y estructuras más formales para las jugadoras, sin embargo, el desarrollo del deporte no eliminó todas las barreras.
Para mejorar su nivel tuvo que buscar preparación adicional.
“Sí tienes que hacerlo especial... sí tuve que ir afuera del horario de entrenamiento a entrenar individualmente... y eso no debería de ser. Porque no está para todas.”
La frase resume una realidad que atraviesa el deporte femenil: el acceso a entrenadores especializados, información técnica y oportunidades no siempre es igual.
Rivera también señala la falta de mujeres en puestos de liderazgo dentro de este ámbito.
“Hay solo coaches hombres en Saltillo... ya hay mujeres que tenemos más de diez años jugando, ¿por qué no somos coaches?”
A medida que su carrera avanzó, decidió buscar oportunidades fuera del país y aunque logró dar el salto en un try out, el proceso no fue inmediato.
Durante cuatro años intentó integrarse al equipo profesional al que aspiraba en Estados Unidos. Cuatro temporadas entrenando, probándose y preparándose.
Este año, finalmente, fue elegida por el equipo San Diego Rebellion. El logro llega después de años de constancia, pero también de enfrentar cuestionamientos.
“Cuando yo hago esta transición... el 80 al 90% de los hombres que yo conocía se atrevieron a decir que yo no era profesional... yo no me lo tomo personal, lo tomo social. Porque a todas nos pasa lo mismo. ¿Por qué lo mío no se puede profesionalizar?”
A la falta de reconocimiento se suman otros desafíos que muchas deportistas enfrentan en México. Desde la inseguridad en los trayectos hacia los entrenamientos hasta la falta de espacios completamente seguros dentro del propio entorno deportivo.
“El trayecto... nunca fue limpio. Siempre está la historia de que me siguieron... yo me ponía pants grandes para subirme al camión. Ni de chiste irte en licra.”
Ni siquiera el campo está exento de tensiones.
“Ni siquiera los campos son espacios seguros... hay coaches que se toman la libertad de hacerte comentarios sexuales... ¿cómo osas pedirme que me sienta segura, libre, bienvenida?”
A pesar de todo, Rivera decidió quedarse en el deporte y hoy observa un cambio generacional que considera significativo.
“Mi hermana desde chiquita se podía visualizar... decía: yo puedo. Yo no tenía eso.”
Ahí está el centro de su historia.
Alejandra comenzó a jugar cuando casi no había mujeres a quienes mirar en el campo. Hoy su trayectoria forma parte de los referentes que antes no existían.
En un deporte que todavía consolida su estructura para mujeres en Saltillo, su permanencia no solo representa una carrera deportiva. También amplía el horizonte para quienes vienen detrás.
Porque cuando una mujer logra verse en un espacio que antes parecía ajeno, el camino deja de ser una excepción y empieza a convertirse en posibilidad.