El bache que ha sobrevivido (al menos) desde 2009 hasta hoy
El sol apenas se escondía detrás de nosotros cuando sucedió. Iba de copiloto por el Centro Histórico de Saltillo. Con la confianza de quien recorre un trayecto transitado con los años. Fachadas antiguas, casas fungiendo como taquerías, taquerías fungiendo como casas, luz blanca que nubla la vista, el tránsito habitual de quienes buscan descansar el día. Frente a nosotros una “combi” avanzaba cegando el panorama de un vehículo pequeño que nada podía hacer ante él. El gigante dominaba la calle de Aldama, sin intención de moverse un poco para poderlo rebasar, algo más corriente que común. Lo de siempre.
El golpe llegó sin aviso. Alcancé a ver el parpadeante verde del semáforo en la calle de Hidalgo cuando el auto cayó en el bache, dando una sacudida seca, violenta. Mi cabeza terminó contra el vidrio del copiloto. No hubo margen para reaccionar, o al menos estabilizar el brincoteo. Fue un impacto directo, de esos que te raspan las ideas y recuerdos olvidados e insignificantes.
Ahí fue cuando apareció. Ese desliz de la conductora me activó la memoria: años atrás, en ese bache —o hundida alcantarilla— habría tropezado. Se me dobló el pie justo antes de tomar una combi en el Centro Cultural Vito Alessio Robles; en ese entonces fingí que no pasó nada y sólo alcancé a levantar el pecho para recuperar un poco de dignidad. Esa coincidencia no fue pequeña; esa calle parecía repetir el gesto de desestabilizarme, como si el pavimento conservara la memoria y quisiera recordarme que ahí sigue.
TE PUEDE INTERESAR: Saltillo, entre ciudades a donde arribaron empresas nuevas que no tenían presencia en el país
Con mi dolor de cabeza todavía presente, me surgió inmediatamente la curiosidad, más cercana al coraje que al interés: el cómo era posible que siguiera ahí. Al llegar a casa y sobándome el leve bulto en mi cabeza, abrí Google Maps y busqué el punto exacto del impacto, como quien “stalkea” la vida de un ex de la secundaria. Ahí estaba, no la ex, pero sí el registro del hundimiento. Era el año 2009 cuando el carrito de Google registró el lugar. No era una situación reciente, era ya un elemento persistente del paisaje urbano, capturado desde los primeros recorridos de Street View.
Ese dato hacía inevitable la pregunta: ¿Cuántas administraciones han pasado desde entonces sin corregirlo? Al menos seis gobiernos municipales han ocupado el cargo mientras el bache los ve pasar. En 2009 era una grieta cerca de la alcantarilla, luego le crecieron plantas en 2014; un hundimiento se registró en 2016; en 2017 agrietó más la calle. Luego, en 2019 tuvo compañía: un letrero de metal cubría un registro de Telmex sin tapa, que para 2022 le invirtieron colocándole un tonel naranja para que algún peatón no terminara siendo velado en la funeraria que vio nacer el bache. En el último registro, que fue hace dos años, se logran ver los parches en la calle y en las banquetas, y más toneles naranjas que no son para precaución del peatón, sino una calle bloqueada por otras circunstancias.
Hasta ese punto, el hundimiento en la esquina de la calle de Aldama e Hidalgo deja de ser un problema aislado y se convierte en un calendario callejero. Un objeto urbano que ha sobrevivido campañas, obras parciales y planes de “rescate” del Centro Histórico, o —el cómo nadie le dice— “Distrito Centro”.
Con esto, y con el dolor de cabeza, pensé en la facilidad con la que ciertos elementos se normalizan. El hueco-fractura se vuelve referencia, advertencia, obstáculo conocido. Algo que no se arregla porque siempre ha estado ahí. En una ciudad que presume historia y permanencia, el bache funciona como su versión incómoda: no monumental, no simbólica, pero sí constante.
En redes sociales bromeé con la idea de colocarle una placa con fecha de origen. No suena tan absurdo cuando se revisa el archivo. Tampoco la broma de tramitarle credencial para votar cuando cumpla la mayoría de edad, que ya no le falta tanto. El humor aparece como una forma de procesar lo que, en el fondo, es una falla simple que nadie corrigió a tiempo.
Al final, mi golpe dejó de doler y el centro siguió igual. Las calles, el tránsito, las combis y el bache también. Como si en esta ciudad lo verdaderamente estable no fueran los edificios, las plazas o los monumentos, sino una alcantarilla hundida en el pavimento que lleva más de una década resistiendo sin moverse.
Un problema “menor” que, con el paso del tiempo, terminó revelando algo más: no todo lo que permanece es porque importa; a veces permanece porque nunca fue prioridad.