Ajustar la brecha de disuasión de la OTAN

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La disuasión requiere algo más que la capacidad de absorber un ataque. El adversario debe creer que atacarnos lo dejará en peor situación

Por Agnia Grigas, Project Syndicate.

VILNA- El 23 de septiembre, apenas una semana después de que aviones de la OTAN derribaran un dron que había entrado en el espacio aéreo lituano procedente de Bielorrusia, un helicóptero militar ruso que despegaba de Kaliningrado violó brevemente el espacio aéreo polaco. Ninguna de estas intrusiones fue un episodio aislado. Una lista cada vez más extensa de incidentes de seguridad demuestra que la guerra de agresión del Kremlin contra Ucrania ejerce una presión cada vez más amenazante sobre las fronteras de la OTAN.

Por muy tranquilizador que resultara ver cómo la OTAN movilizaba cazas para interceptar y destruir al dron, el patrón general de estas intrusiones plantea un interrogante difícil: ¿qué harán Europa y la OTAN ante estas provocaciones? La OTAN cada vez está en mejores condiciones para defenderse de ellas, pero se ha mostrado mucho menos dispuesta a imponer sanciones a Rusia por su agresión.

Este fracaso de la disuasión constituye el núcleo del problema de seguridad de Europa. Por un lado, los estados de primera línea de la OTAN, como Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Rumania, están respondiendo a las amenazas militares e híbridas rusas, además de invertir fuertemente en defensa aérea y antimisiles, sistemas antidrones, resiliencia cibernética, infraestructura crítica y preparación civil. La OTAN ha reforzado su flanco oriental y los gobiernos europeos están reconstruyendo sus capacidades militares tras décadas de inversión insuficiente. Sin embargo, tal y como muestro en un nuevo informe del Atlantic Council, existe una brecha persistente: la respuesta de los miembros de la OTAN sigue siendo abrumadoramente defensiva y reactiva.

Esta deficiencia es importante porque la presión de Rusia sobre el flanco oriental de la OTAN ya no se limita a las amenazas militares convencionales. Sus acciones agresivas adoptan cada vez más la forma de guerra híbrida, con drones que cruzan fronteras, señales de GPS interrumpidas, sabotajes a la infraestructura y ciberataques dirigidos contra gobiernos y empresas. Muchas operaciones son deliberadamente ambiguas, con la intención de permitir que el Kremlin sondee a la alianza sin cruzar claramente un umbral que desencadenaría una respuesta colectiva. Y, por supuesto, los servicios de inteligencia rusos operan por toda Europa -aunque, afortunadamente, la puerta abierta que les había ofrecido el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán ahora está cerrada.

Tras haber aprendido a convivir con la presión constante de Rusia, los países de primera línea de la OTAN se están preparando no solo para una posible invasión, sino también para un período prolongado en el que la paz y el conflicto se solapen. Sin embargo, la propia OTAN sigue planteándose las cosas en términos aislados: ¿es esta última provocación lo suficientemente grave como para activar el Artículo 5? ¿Fue deliberada aquella incursión del dron? ¿Se puede atribuir ese sabotaje a Rusia de forma concluyente? ¿Este incidente justifica una escalada?

Esa cautela es comprensible. Pero la cautela en sí misma puede ser riesgosa. En tanto estos casos se acumulan, crean un incentivo peligroso para que el Kremlin siga poniendo a prueba la tolerancia de la OTAN.

La disuasión requiere algo más que la capacidad de absorber un ataque. El adversario debe creer que atacarnos lo dejará en peor situación. La OTAN ha invertido mucho en lo que los estrategas denominan “disuasión por negación”: dificultar que Rusia penetre en territorio aliado o alcance sus objetivos. Lo que necesita ahora es la disuasión mediante castigo. La próxima vez que varios drones ingresen al espacio aéreo polaco o báltico, o que una operación vinculada a Rusia tenga como blanco a un fabricante de armas, o que un sabotaje dañe infraestructura crítica, las consecuencias no deberían limitarse a la habitual declaración de condena.

El castigo no tiene por qué implicar una escalada militar. La OTAN y la Unión Europea pueden recurrir a numerosas herramientas, entre ellas sanciones selectivas contra personas e industrias, expulsiones diplomáticas, restricciones de viaje y de acceso comercial, controles más estrictos del tránsito ruso y bielorruso, medidas cibernéticas coordinadas (cuando estén legalmente autorizadas) y comunicaciones estratégicas que pongan al descubierto las operaciones rusas y las redes detrás de ellas.

El punto esencial es la previsibilidad. Es preciso hacerle entender al Kremlin de antemano que determinadas acciones acarrearán determinados costos. Eso no eliminaría el riesgo de escalada, pero sería preferible a la estrategia actual. Si Rusia se enfrenta repetidamente a medidas defensivas pero con escasas consecuencias significativas, podría llegar a la conclusión de que la OTAN traza muchas líneas rojas, pero impone pocas sanciones por cruzarlas. Ese es un mensaje peligroso, especialmente desde la perspectiva de los países situados en el flanco oriental de la OTAN.

Lituania, Letonia, Estonia, Polonia y Rumania ya soportan una parte desproporcionada de la carga. Están reforzando sus fuerzas armadas, protegiendo infraestructura, preparando a sus poblaciones y haciendo frente a diario a la presión rusa y bielorrusa. No se puede esperar que, además, compensen indefinidamente la ambigüedad existente en el seno de la OTAN.

Aunque Europa debe asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa, como ya reconocen la mayoría de los gobiernos, el compromiso estadounidense sigue siendo indispensable. A medida que Estados Unidos reevalúa su postura militar en Europa, la incertidumbre sobre su presencia en el futuro y sus compromisos de defensa colectiva en el continente corre el riesgo de convertirse en una variable más en los cálculos del Kremlin.

Afortunadamente, la OTAN no necesita una estrategia de represalia automática, ni tiene por qué convertir cada incidente ambiguo en un posible enfrentamiento militar. Lo que necesita es una respuesta creíble, coordinada y predecible ante las agresiones que no alcancen el umbral de una guerra abierta. La OTAN debería desarrollar una doctrina clara para responder a las provocaciones híbridas y cinéticas de Rusia, y establecer mecanismos que le permitan actuar sin tener que empezar el debate de cero tras cada incidente.

Los acontecimientos recientes demuestran que la OTAN puede defender su espacio aéreo. Eso es de enorme importancia para las personas que viven a lo largo de su flanco oriental. Pero una disuasión real aliviaría, ante todo, la necesidad de derribar drones. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Agnia Grigas, investigadora sénior no residente del Atlantic Council, es autora, entre otras obras, de Beyond Crimea: The New Russian Empire (Yale University Press, 2016) y The New Geopolitics of Natural Gas (Harvard University Press, 2017).

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