Bajar la mirada

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Opinión
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El futuro se vuelve desolador cuando los niños aprenden primero el lenguaje del miedo y sólo después el de la esperanza

En mayo de 2015, durante un encuentro con niños, Rafael, un pequeño latinoamericano, le formuló al papa Francisco una pregunta que no cabe en la teología ni descansa en las estadísticas: “¿Por qué un niño, sin hacer nada malo, puede llegar al mundo con problemas?”.

Tiempo después, el Papa diría que la pregunta sobre los niños que sufren es la más difícil de todas, porque quizá no tiene una respuesta suficiente: sólo podemos mirar al cielo y esperar aquellas respuestas que no se encuentran.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-secreto-no-esperar-a-que-la-vida-sea-perfecta-EE21074213

Y tenía razón. Basta detenernos un instante para advertir que el dolor infantil es una herida abierta en la conciencia de la humanidad.

¿Cómo explicar que, de acuerdo con la OIT y UNICEF, millones de niñas, niños y adolescentes continúen atrapados en el trabajo infantil, y que muchos realicen labores peligrosas que amenazan su salud, su integridad y su desarrollo?

¿Cómo justificar que tantos menores vivan en zonas afectadas por conflictos armados, o requieran asistencia humanitaria urgente?

INJUSTICIA

Cada 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. No es una fecha decorativa, sino una alarma moral. En México, millones de niñas, niños y adolescentes realizan alguna forma de trabajo infantil; muchos participan en ocupaciones no permitidas, especialmente en el sector agrícola.

Detrás de cada cifra hay un rostro, una infancia interrumpida, una escuela abandonada, una espalda prematuramente doblada por cargas que no le corresponden.

Pero el trabajo infantil no es la única forma en que el mundo traiciona a sus niños. También están las guerras. Y en las guerras, como en todas las grandes miserias humanas, la infancia suele pagar las deudas de los adultos.

SOLDADITO

Hace años, una de esas historias fue narrada en Un largo camino, traducción de A Long Way Gone: Memoirs of a Boy Soldier (2007). En sus páginas, Ishmael Beah relata el infierno que padeció en Sierra Leona y que todavía hoy sufren miles de menores al ser reclutados o forzados a convertirse en niños soldados.

En muchos casos, las niñas son utilizadas como cocineras, cargadoras, mensajeras o víctimas de servidumbre sexual. La guerra no solamente mata cuerpos; también secuestra infancias, mutila almas y convierte a los niños en instrumentos de una violencia que jamás debieron conocer.

El libro de Beah está escrito con una crudeza que intimida. Por momentos parecería obra de un autor de terror extremo. Pero no lo es. Su testimonio no pertenece a la ficción, sino a una autobiografía que funciona como cartografía de la oscuridad.

Ishmael era apenas un niño de doce años cuando la guerra civil de Sierra Leona lo sorprendió, lo expulsó de su hogar, le arrebató a su familia y lo empujó hacia una pesadilla de la que ningún niño debería escuchar hablar.

Aquella guerra, librada entre el ejército gubernamental y los rebeldes del Frente Unido Revolucionario, estuvo alimentada por el contrabando, la esclavitud infantil y el comercio de los llamados diamantes de sangre.

De 1991 a 2002, Sierra Leona vivió una de las tragedias más brutales de África occidental. Miles de niños fueron reclutados por distintos bandos. La infancia fue degradada a herramienta de combate; la inocencia, convertida en munición; la vida, reducida a obediencia ciega.

HORROR

Ishmael cuenta cómo él y otros compañeros huyeron durante meses de los rebeldes, caminando sin rumbo, hambrientos, perseguidos por el miedo, hasta llegar a un campamento del ejército gubernamental.

Pensaron que allí encontrarían refugio. Pero la seguridad prometida se convirtió en otra forma de horror. En lugar de protegerlos, el ejército los alistó, los entrenó y los transformó en carne de cañón. La alternativa era atroz: combatir o ser perseguidos y asesinados.

El entrenamiento que recibían era una escuela de deshumanización. Ishmael narra escenas imposibles de leer sin estremecerse: prisioneros frente a niños armados, órdenes de degollar, competencias macabras para premiar al que matara con mayor rapidez.

Allí se enseñaba a clausurar el alma. En una entrevista, Beah explicó que al principio matar horroriza, pero con el tiempo el horror se vuelve costumbre y el alma se cierra como mecanismo de defensa.

OLVIDADOS

Después de casi tres años habituado a la violencia, cuando sus únicos referentes de familia eran superiores sanguinarios y compañeros de armas, Ishmael fue rescatado por UNICEF y rehabilitado en un centro para niños “soldados”.

Su vida no volvió a ser la misma, pero encontró una forma de reconstruirse. Con el tiempo estudió Ciencias Políticas y se convirtió en embajador de buena voluntad de UNICEF.

https://vanguardia.com.mx/opinion/traicion-KC20772008

Decidió contar su historia para demostrar que los niños convertidos a la fuerza en soldados pueden rehabilitarse, recuperar una vida digna y transformar el recuerdo en advertencia.

Nunca se olvida del todo. Pero puede aprenderse a vivir con los recuerdos, a convertirlos en señal, responsabilidad y defensa de la paz.

Sierra Leona dejó muertos, desplazados, mutilados y refugiados. Pasarán generaciones antes de que muchas familias pronuncien la palabra reconciliación sin que les tiemble la memoria.

MÉXICO

Esta historia es trágica, pero no excepcional. Los niños representan uno de los rostros más vulnerables de la guerra. En innumerables conflictos se manifiesta lo peor del ser humano: esa capacidad inexplicable de convertir al inocente en víctima, al débil en instrumento y al niño en soldado.

México no se encuentra exento de estas fatalidades. En nuestro país se libra una guerra peculiar, no siempre nombrada como tal, entre el Estado e innumerables grupos criminales.

Los “gobernantes” evitan llamarla guerra. Pero para las familias que han perdido hijos, para los desplazados, desaparecidos o amenazados, el debate semántico resulta casi ofensivo. Cuando la muerte se vuelve paisaje cotidiano, poco importa cómo sea nombrada esta trágica realidad.

La violencia que padecemos ha provocado miles de muertos, desaparecidos y desplazados. Lo más grave sería acostumbrarnos a esa situación: normalizar el espanto y aceptar que el país continúe caminando entre fosas, silencios y madres que buscan incansablemente a sus hijos; por ello, en México paulatinamente se nos arrebatan nuestra soberanía, la libertad personal y el derecho a vivir sin miedo.

SECUESTROS

Padecemos, además, otra realidad oscura, pero menos comentada: el reclutamiento de menores por parte de organizaciones criminales. Niños y adolescentes son utilizados como halcones, mensajeros, señuelos, vigilantes, distribuidores o ejecutores de órdenes que comprometen su inocencia, su integridad mental y su vida.

Son menores nacidos en pobreza, abandono, miedo o falta de oportunidades, convertidos por la delincuencia en piezas desechables de una maquinaria desalmada.

Diversas organizaciones de defensa de la infancia han advertido sobre la presencia de miles de menores vinculados con la delincuencia organizada.

Esta realidad debería estremecernos. Porque una sociedad que permite que sus niños sean absorbidos por la violencia no solamente fracasa en seguridad pública: fracasa moralmente.

EN PIE

La victimización de la niñez vulnerable en México es evidente. El escenario resulta lamentable, y la sociedad parece no distinguir una luz al final del túnel.

El futuro se vuelve desolador cuando los niños aprenden primero el lenguaje del miedo y sólo después el de la esperanza; cuando el Estado llega tarde, la familia se fractura, la comunidad calla y las personas se ven obligadas a huir de los lugares donde alguna vez sembraron su vida.

La pregunta de Rafael al papa Francisco sigue de pie. No pertenece sólo a un niño que un día levantó la mano. Es una pregunta dirigida a gobiernos, iglesias, escuelas, empresas, familias y conciencias individuales. Nos obliga a mirar aquello que preferimos no ver.

Erich Fromm escribió que ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás. Tal vez hemos dejado de cuidar a los más vulnerables porque nos hemos desatendido por dentro. Nos “desimportamos” a nosotros mismos, y desde esa frialdad interior terminamos siendo indiferentes al dolor ajeno.

Una sociedad incapaz de custodiar a sus niños revela una posibilidad atroz: la pérdida de empatía, de compasión y de compromiso emocional; es decir, la renuncia a aquello que la distingue como humana.

https://vanguardia.com.mx/opinion/para-quien-DK20916410

¿Por qué tantos niños inocentes sufren por guerras, negocios y ambiciones de adultos? Ante esa pregunta, ¿sólo queda mirar al cielo y esperar respuestas?

Mirar al cielo no significa cruzarse de brazos: implica bajar la mirada hacia la tierra, hacia nuestro medio ambiente inmediato para reconocer el sufrimiento concreto, proteger al vulnerable y construir una comunidad donde ningún niño tenga que cerrar su alma para sobrevivir. Sin duda, nos queda un largo camino por delante.

cgutierrez_a@outlook.com

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