¿Para quién?
Me inquieta observar cómo muchas personas hablan de su trabajo como si se tratara de una condena que deben soportar y no de una oportunidad para servir. Como un infierno, y no como la posibilidad de trascender.
Esperan el viernes desde el lunes y sueñan con la jubilación mucho antes de haber encontrado razones para disfrutar aquello a lo que se dedican.
Resulta paradójico: anhelan escapar precisamente del lugar donde transcurre buena parte de su vida.
VACÍO
Abundan personas que realizan su trabajo con desgana, apatía e incluso indiferencia, que viven instaladas en la queja permanente.
Viktor Frankl afirmaba que cuando el ser humano pierde el sentido de su existencia aparece lo que denominó el vacío existencial: una profunda desorientación interior que lleva a preguntarse para qué hacer las cosas, para qué esforzarse y, en los casos más extremos, para qué vivir.
Quizá una parte de ese vacío se manifiesta cada mañana en millones de personas que acuden a sus trabajos sin haber descubierto el significado profundo de aquello que hacen.
Cumplen funciones, pero no construyen propósito. Se trabaja esperando salir del trabajo; se sueña con la jubilación sin haber encontrado jamás razones profundas para levantarse cada mañana.
Y así, entre la resignación, la queja y el desencanto, millones de horas de existencia terminan diluyéndose en actividades realizadas sin convicción, sin pasión y, sobre todo, sin sentido.
¿Y USTED?
Harold Kushner, el rabino norteamericano, relata una historia que ayuda a comprender esta realidad. Cuenta que un rabino atravesaba una semana particularmente complicada.
Las múltiples responsabilidades de su ministerio le habían impedido visitar a varios miembros enfermos de su congregación que se encontraban hospitalizados. Para remediar aquella omisión decidió sacrificar una tarde de domingo que había reservado para su familia y acudir finalmente al hospital.
La experiencia resultó decepcionante. Dos de las personas que pensaba visitar habían sido dadas de alta apenas el día anterior. Otras dos dormían profundamente y no quiso despertarlas.
Otro paciente tenía la habitación llena de familiares y amigos y percibió la presencia del rabino casi como una interrupción. Finalmente, el último enfermo dedicó largos minutos a enumerar sus dolores, sus desgracias y las razones por las cuales había dejado de creer tanto en Dios como en la utilidad de la oración.
Al salir del hospital, el rabino no podía dejar de pensar en todas las maneras en que habría podido aprovechar mejor aquella tarde con su familia.
Mientras caminaba por el estacionamiento, abatido por las exigencias de su trabajo, pasó frente a un edificio de oficinas donde un guardia de seguridad vigilaba la entrada.
El vigilante lo saludó cordialmente. El rabino respondió y, movido por la curiosidad, le preguntó por qué permanecía allí un domingo cuando el edificio estaba cerrado y vacío.
El guardia respondió con naturalidad que había sido contratado para asegurarse de que nadie entrara, robara o causara daños. Después hizo una pausa y devolvió la pregunta — ¿Y usted? ¿Por qué está aquí vestido de saco y corbata un domingo por la tarde? ¿Para quién trabaja?
Aquellas palabras cayeron sobre el rabino como una descarga eléctrica. Estuvo a punto de responder con el nombre de su importante congregación, pero algo lo hizo guardar silencio. Sacó una tarjeta de presentación, se la entregó al guardia y le dijo: —Aquí tiene mi nombre y mi teléfono. Le pagaré cinco dólares por semana si me llama todos los lunes por la mañana para hacerme una sola pregunta: ¿para quién trabaja?
PIENSO...
Confieso que esta historia siempre me pone los pelos de punta. Porque nos obliga a reflexionar sobre las incontables horas que desperdiciamos lamentándonos de nuestras obligaciones en lugar de descubrir el sentido profundo de aquello que hacemos.
Existen labores que, por su propia naturaleza, pueden generar agotamiento emocional: pienso en las madres de familia que día tras día realizan tareas que rara vez son reconocidas. Pienso en las enfermeras que atienden pacientes durante turnos interminables. Pienso en los médicos que reciben sufrimiento humano desde el amanecer hasta la noche. Pienso en los maestros que, año tras año, reciben nuevas generaciones de alumnos.
Con el paso del tiempo cualquiera de ellos podría comenzar a pensar que su trabajo carece de importancia. Sin embargo, la realidad es completamente distinta.
ENCUENTROS
Los trabajos que implican contacto humano poseen una dimensión extraordinaria. Quienes los ejercen participan, muchas veces sin advertirlo, en la construcción de vidas ajenas.
Una palabra de aliento puede evitar una renuncia. Una explicación puede transformar un destino. Una escucha puede devolver esperanza. Un gesto de comprensión puede convertirse en la diferencia entre seguir adelante o abandonar la lucha.
Nadie sabe realmente hasta dónde pueden llegar las consecuencias de un encuentro humano. Cuántas veces hemos conocido historias de personas que estaban al borde del precipicio.
Estudiantes convencidos de que no podrían terminar una carrera. Personas abatidas por la enfermedad, la soledad o el fracaso. Y, sin embargo, lograron levantarse porque apareció alguien en el momento oportuno. Un maestro. Un mentor. Un médico. Una enfermera. Un amigo. Una persona cualquiera que pronunció las palabras correctas en el instante adecuado.
A veces bastó una sola conversación. Un encuentro aparentemente insignificante. Una frase. Una mirada. Y entonces la persona volvió a ponerse en marcha.
CUÁNTOS...
Pero esta realidad también funciona en sentido contrario. Vale la pena preguntarnos cuántas personas habrán sido lastimadas por la indiferencia de quienes tenían la responsabilidad de ayudarlas.
Lo más curioso es que quienes generan los mayores cambios rara vez llegan a enterarse de ello. Son pocas las personas que regresan años después para agradecer.
Y eso no debería desanimarnos. Al contrario. Porque cuando se sabe para quién se trabaja, el reconocimiento deja de ser el motor principal.
Cuando una persona comprende el sentido de su labor, los aplausos se vuelven secundarios. Lo verdaderamente importante es saber que el trabajo realizado contribuyó al bienestar de alguien, aunque nunca lleguemos a conocer el desenlace de la historia.
TE EQUIVOCAS...
Kushner relata otra anécdota igualmente reveladora. Un prominente rabino se encontró un día con un miembro de su congregación y le preguntó por qué había dejado de asistir a la sinagoga.
El hombre respondió que ahora acudía a otra comunidad al otro lado de la ciudad. Sorprendido, el rabino comentó que conocía al líder de aquella congregación y que, aunque era una buena persona, no era tan instruido como él. Entonces preguntó qué encontraba allí que no pudiera encontrar en su propia sinagoga.
El hombre respondió que todo eso era cierto, pero que aquel rabino poseía una cualidad especial: podía leer la mente de las personas y le estaba enseñando a hacerlo.
El rabino sonrió con incredulidad y le pidió una demostración. El congregante le pidió que pensara en algo. Después de unos segundos afirmó que estaba pensando en el versículo de los Salmos que dice: “Tengo siempre a Yavé delante de mí”. —Te equivocas —respondió el rabino—. No estaba pensando en eso. Entonces el congregante concluyó: —Lo sé. Precisamente por eso ya no quiero volver a su sinagoga.
La lección es contundente. Con demasiada frecuencia pronunciamos discursos sobre servicio, liderazgo, responsabilidad o vocación, pero en el fondo nuestras preocupaciones giran alrededor de otros asuntos. Las apariencias y las mentiras abundan. Y tarde o temprano las personas terminan descubriendo esa incoherencia.
PROPÓSITO
Quizá por eso la pregunta del guardia continúa resonando con tanta fuerza. No preguntó cuánto ganaba el rabino. No preguntó cuántos reconocimientos había obtenido. Preguntó algo infinitamente más importante: ¿para quién trabaja?
En el fondo, esa pregunta nos interpela a todos, pues la grandeza de nuestro trabajo no depende tanto de nuestras capacidades técnicas como de la claridad con la que comprendemos su propósito y sentido de trascendencia.
ENTONCES
No se equivoca Viktor Frankl cuando afirma que el sentido de la vida depende menos de lo que hacemos que de quiénes somos al hacerlo. Quizá por ello sería saludable que cada lunes alguien nos preguntara: ¿para quién trabajarás esta semana?
Estoy convencido de que, si respondiéramos con honestidad descubriríamos que nuestro trabajo es una oportunidad cotidiana para servir, construir y dejar huella.
Entonces agradeceríamos a la vida el privilegio de ser útiles. Porque una persona que encuentra sentido en su trabajo jamás vuelve a percibirlo como una carga, sino como una de las formas más nobles de servir a los demás, trascender y agradecer a Dios el breve e irrepetible tiempo de existencia que le fue confiado.
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