Café Montaigne 401: ¿Precocidad o madurez?

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Opinión
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¿Se requiere para la gran hazaña? ¿Cuál de las dos opciones, en cuál apostar? Lo peor: ¿cómo saberlo?

En el ocaso de mi vida trato de acometer tareas las cuales debí hacer y tramitar en horas tempranas de mi existencia. ¿Cómo saber cuándo uno está listo para ciertos planes de vida? Es difícil; muy difícil. Muchas ocasiones hacemos la planificación, por ejemplo, de las mejores vacaciones de nuestra vida; sólo para enfrentarnos a imponderables que, para bien o para mal, nos llevan entonces por otros derroteros de existencia.

Eso justo me ha sucedido con la aparición de la güera Jazmín en mi vida. Es una bendición y milagro permanezca a mi lado, lo cual agradezco harto. Me está inspirando buenas páginas de literatura, pero la verdad no creo, en lo más mínimo, se quede conmigo el resto de sus días. Es decir, el resto y poco lo cual me queda de vida.

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Lo he escrito antes: siempre será una disyuntiva, una buena disyuntiva, lo siguiente: precocidad vs. madurez. Es decir, la juventud exultante de Jazmín versus no la madurez, sino mi vejez plena y plana. En materia literaria, es lo siguiente: las letras a explorar, la temática es la siguiente a desenrollar: ¿la gran obra de creación artística es hija de la precocidad en los humanos (su genio excepcional en estado puro, trabajos nacidos casi del aire) o es resultado de la historia, madurez, semillas abonadas y cosecha recogida no ya en la madurez, sino en el ocaso, en el invierno de la vida de los grandes creadores?

No poca cosa a ensayar, deletrear a vuelapluma aunque sea, y exponer lo anterior, señor lector, no es tarea menor. Como dijo la filósofa de la canción plebeya, la bella Shakira, en una de sus tonadas pegajosas, las cuales siempre están de moda (otra vez en el Mundialito): “siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo...” .

Haciendo caso a su aforismo lapidario, empiezo por mí mismo: tengo 61 años, soy viejo, por lo cual, y con base en la teoría antes dispuesta, debería estar entregando a la imprenta lo mejor de mis letras. La obra ya madura, si no es que la última, salida de mi pluma.

Lo que Edward W. Said ha bautizado con suficiencia como “el estilo tardío”. Y en este especial caso, “tardíos” y brillantes en su creación y en el ocaso de sus vidas fueron Giuseppe Verdi (música), Sófocles (teatro) o el mismo príncipe inglés William Shakespeare (poesía/dramaturgia). Pero caray, Shakespeare es un “estilo tardío” cuando todo mundo sabe que murió a los 52 años. En ese entonces, el rango de vida era ese, o menos.

Avanzamos. El narrador portugués José Saramago empezó a publicar novelas y cuentos a los 60 años. Se dedicaba al periodismo como forma de vida. El gringo nacionalizado inglés, Raymond Chandler (1888-1959), como el autor de “Ensayo sobre la Ceguera”, tarde llegó a la literatura. Publicó su primera novela a los 51 años, “El Sueño Eterno”, aunque se dedicó a escribir de tiempo completo a partir de los 45 años.

ESQUINA-BAJAN

Saramago es Premio Nobel de Literatura. Chandler fue uno de los principales maestros de la novela negra norteamericana y creador de algunas de las tramas y sagas policiacas más recordadas en la historia literaria contemporánea, donde participa ese inspector, ese detective que responde al nombre de Philip Marlowe.

Pero lo anterior es de tremendo contraste con la juventud desbocada de hombres y mujeres de la historia. Lea lo siguiente: el gran Lorenzo de Médici estaba llevando a cabo una misión diplomática a los 14 años, mientras Thomas Jefferson escribió la Declaración de Independencia de Estados Unidos de Norteamérica a los 26 años de edad.

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Uno de mis admirados humanos, a quien santifico, el gran Alejandro Magno, a los 33 años y justo cuando moría, había conquistado la mayor parte del mundo bárbaro y/o civilizado en ese entonces. ¿Se requiere la precocidad o la madurez para la gran hazaña? ¿Cuál de las dos opciones, en cuál apostar? Lo peor: ¿cómo saberlo?

Y claro, ni qué decir de Wolfgang Amadeus Mozart, quien es uno de los mejores ejemplos de genio y precocidad infantil por siempre. Aunque bueno, hay estudios ya muy serios al respecto que lo desmitifican, pero por lo pronto lo ponemos en esta categoría.

Precocidad en contra de madurez. ¿Usted por cuál se decanta, lector? Si usted tiene hijos, lo ha de haber visto en ellos en su esfera de afinidades, oficios, profesiones y competencia. Sin duda, si los dedos de la mano son diferentes, igual los hijos. ¿Tuvo o tiene usted alguno con genio desde infante? ¿O bien, este genio y creatividad ha aflorado en su vástago ahora en la madurez, después de haber andado camino, leído, viajado, sentido y existido?

La escritora canadiense de prolífica obra (tiene novelas, cuentos, ensayo, poesía, guiones), Margaret Atwood, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, empezó a escribir a los 16 años. Precoz. Ya luego sólo hubo una línea de camino en ella: el ascenso. Ojo, inició su carrera literaria a los 16 años. Al día de hoy es amada en todo el mundo, dicta cátedras, seminarios, ha ganado todo tipo de becas, premios y condecoraciones. Es decir, forma parte del “star system” internacional de academia y letras.

LETRAS MINÚSCULAS

Por el otro lado, le pongo el ejemplo de uno de los mejores y más altos poetas que ha parido la humanidad, Konstantínos Kaváfis (1863-1933). Él se consideraba un “poeta de la vejez”. Murió a los 70 años... Jazmín, 24; su servidor, 60. Continuará...

Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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