Café Montaigne 409: Las cafeterías
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Los poetas, esos seres extraños y atormentados de la creación (como su servidor), han sido los habitantes perpetuos y parroquianos habituales de restaurantes y cafeterías
¿Quién no lo sabe? Los restaurantes, las cafeterías, los cafés en general, han sido clubs políticos, centros de conspiración, de espionaje; refugio en la tarde lluviosa para la pareja de enamorados, defensa de vagos y tunantes; puesto de socorro para literatos, periodistas, amas de casa, abogados en bancarrota. El café es el sitio ideal para despellejar al prójimo, amarrar negocios, intrigar, concertarse, escribir epístolas amorosas o enderezar críticas con buena puntería.
Cuentan los historiadores: los primeros cafés se inauguraron en los burgos de Arabia, alrededor de los años 1400. En 1555 ya funcionaban en Constantinopla y, poco más tarde, en Egipto y en toda el área del Magreb. “En el café turco de Soleimán –escribe Pierre Loti– se ensancha el círculo en torno del fuego cuando llego por las noches con Samuel y con Ackmet. Doy la mano a todo el mundo y me siento para oír contar largas historias, cuyo relato dura seis y ocho horas, y donde figuran duendes y genios”.
Los poetas, esos seres extraños y atormentados de la creación (como su servidor), han sido los habitantes perpetuos y parroquianos habituales de restaurantes y cafeterías. Desde la ventana, con transparentes cortinas, desde un café en Constantinopla, Gérard de Nerval ha visto atravesar la calle a seductoras mujeres, las cuales “gastan el oro en caprichos y los labios en besos”.
Otro escritor angustiado, Eça de Queiroz, ha escrito: “Descansamos en una plazuela. Dos palmeras y un sicomoro descuellan sobre una pared de mezquita listada de blanco y escarlata. Ahí descubrimos cafés oscuros, desiertos, misteriosos. A la puerta, sobre especie de altas jaulas de mimbre, se sientan árabes taciturnos”.
Habituado al fracaso y a las derrotas, frecuento el restaurante, el café, para evadir el infierno. Entro a cualquier local y me apoltrono inmediatamente en sus mesas y sillas de extraña generosidad. A los pocos minutos, me adueño de las cosas y musito en silencio: las sillas de mi café son confortables y permiten medir la gravedad del silencio. Y sí, en un restaurante urbano, en una cafetería de Monterrey conocí a la güera Jazmín, la cual me hace ver mi suerte. ¿Se va a aburrir de mí y me va a cambiar por un “modelo de edad” más joven? Sin duda. Sin duda. Pero dicho día espero aún esté muy lejano en su calendario y en su alfabeto.
“El Talmud” reza: “El vino es el mejor de los remedios; allí donde no hay vino es donde debemos recurrir a otros medios farmacéuticos”. Pablo, ese apóstol de Tarso, con lecturas y vida envidiable, en la célebre epístola a Timoteo, escribió: “No persistas en beber agua sola, sino usa de un poco de vino, por causa de tu estómago y tus frecuentes padecimientos”. La receta es para Timoteo y su panza de juguete, siempre en ebullición y su colitis perpetua.
Raimundo Lulio llamó al vino “agua de la vida”. Platón –según reza en su epitafio– murió precisamente en el único día en el cual no probó el vino: “el vino es como un don de los dioses para alargar la vida”.
ESQUINA-BAJAN
Pájaro en el destierro, la mujer de formas perfectas (mi güera Jazmín) rehúye de la palabrería huera y las bebidas tibias. Con delicadeza, pero también con firmeza, mi camarera regia apura la copa de vino tinto en su boca. Luego, como el vuelo acrobático del Pájaro de Oc, toma su servilleta de lino y elimina las gotas invisibles, las cuales quedaron pendiendo de sus perturbadores labios. Adelanta la mano y el tenedor y toma una generosa porción de oloroso queso francés; lo lleva a su lengua, lo paladea, lo disfruta: con sus labios y lengua juguetea con el queso, me lo da a desear... Las nubes son espías en la tormenta.
En el restaurante del gran Hotel Ancira en Monterrey, la música del grupo se anuda a sus bien torneadas piernas; amante infiel y obcecado, las notas musicales y el ritmo ya embrujan, suben por su talle y acarician el nacimiento de sus hombros. La güera irradia la serenidad de la mujer, la cual está perfectamente trastornada; levanta la mano y ordena una copa más. El tiempo deja de existir y yo me abandono a la contemplación de la rosa blanca.
No interrumpo las cavilaciones de Jazmín. La dejo meditar, la dejo estar consigo misma. En mi cabeza resuenan los acordes de jazz y unos versos casi olvidados de “El Cantar de los Cantares”: “Yo dije: subiré a la palma, asiré los ramos; / y tus pechos serán ahora / como racimos de vid”. Los pechos tibios, blancos y lechosos de Jazmín caben en el hueco de mis manos como palomas ateridas de frío.
Toda la tarde he brindado y picado una tabla de quesos con Jazmín. Ella ha estado tranquila y feliz: se sabe amada y atendida por su servidor. Pero ha estado callada. ¿Guarda un secreto? Adivino, sí, pero es algo bueno y seductor porque sólo sonríe, brindamos y me sigue sonriendo y coqueteando. Y así, lentamente, como se hace la luz dentro del ojo, sin prisa y sin pausa, me dice lo siguiente: “Jesusito, cada vez me gusta más la literatura de tu amigo el francesito depravado. Tal vez sea mi autor favorito. Oye, ya vi la película de su novela, la ‘peli’ de otro viejo libertino como tú, Jesús, el tal Buñuel, que me recomendaste. Tan ‘relocos’ los tres, ja, ja: tu amigo el francesito, el director español y tú, baboso, al recomendarme a tanto depravado...”.
LETRAS MINÚSCULAS
A saber lo que está leyendo y viendo la güera: al poeta y narrador Pierre Louÿs, al cineasta Luis Buñuel y a este escritor como un pervertidor de mujeres. ¡Puf! Continuará...