El meiwaku y la conciencia japonesa de la otredad (Parte I)
En Japón la sociedad se orienta al colectivo bastante más que al individuo, mientras que en culturas occidentales el énfasis recae sobre la individualidad, la autoexpresión y los derechos individuales
Para cualquier civilización, el idioma es uno de sus más importantes instrumentos, tanto porque es la herramienta integradora por excelencia para una sociedad como porque es un registro vivo de la memoria cultural e histórica que le da sustento a su identidad.
De los idiomas que más llevan impregnados los valores de la cultura que les dio origen, está el japonés. Tal vez el aislamiento, que por cientos de años tuvo ese país insular, fue determinante en el moldeado de un idioma que retrata con gran fidelidad su cultura.
Un gran ejemplo de ello está en uno de los conceptos más reveladores de la sociedad japonesa; me refiero al “meiwaku”, que engloba cómo conciben las y los nipones conceptos como convivencia, responsabilidad individual y respeto mutuo.
La palabra suele traducirse como “molestia”, “incomodidad” o “perjuicio causado a otros”, pero el concepto va mucho más allá de esas traducciones. Se trata de una conciencia permanente de que las acciones propias terminan por repercutir en quienes nos rodean.
Trasciende incluso a hacer evidente la existencia de una obligación moral de minimizar cualquier carga, incomodidad o inconveniente que podamos imponer a las demás personas, a partir de abstenerse de hacer algo que pueda molestarles o perturbarles.
La expresión más común vinculada a este concepto es “meiwaku o kakenai”, que significa “no causar molestias a otros”. Desde la infancia, las y los niños japoneses interiorizan esta máxima como uno de los pilares fundamentales de su educación moral.
Contrario a lo que se podría pensar, no se trata de una norma impuesta a la fuerza y mediante condicionamientos, sino de un valor que se cultiva hasta internalizarlo en la forma de convivir, como parte de la brújula moral que orienta el comportamiento cotidiano.
Todo esto cobra lógica en la filosofía social japonesa. En ese país, la sociedad se orienta al colectivo bastante más que al individuo, mientras que en culturas occidentales el énfasis recae sobre la individualidad, la autoexpresión y los derechos individuales.
Es decir, en Japón el bienestar de cualquiera de los grupos sociales, llámese familia, empresa, escuela, vecindario y hasta la nación, ocupa un lugar central. Es claro en ese país que, si existe bienestar colectivo, en consecuencia existirá bienestar individual.
A la fuerte conciencia colectiva sobre el valor de la armonía social, se suma el respeto a las jerarquías y a las autoridades, desde una profunda noción de interdependencia donde cada rol es importante, es dignificante y el reconocimiento social de ello es fundamental.
Conceptos como el “wa”, que significa armonía, son inseparables del “meiwaku”. Mantener el “wa” implica evitar que se generen conflictos, abstenerse de perturbar el equilibrio del grupo y comportarse de manera que la convivencia fluya sin fricciones.
Causar “meiwaku” rompe esa armonía, y por eso se considera no sólo una falta de cortesía, sino una evidente forma de transgresión de un orden social que, vale decirlo, es profundamente valorado por lo que representa para todas y todos, tanto como para uno.
Otros conceptos relevantes en este contexto son el “honne” y el “tatemae”. El “honne” se refiere a los sentimientos y deseos verdaderos de una persona, mientras que el “tatemae” es la cara pública, el comportamiento que se adopta para no perturbar la armonía social.
Para evitar el “meiwaku”, se tendrá que evitar ceder al “honne”, privilegiando el “tatemae”; es decir, para no molestar a terceras personas se deberán inhibir los impulsos personales, adoptando una actitud ajustada a la noción cívica de comportamiento social.
Quienes no conocen la cultura japonesa podrían percibir esto como una forma de hipocresía, pero para las y los japoneses se trata de una manifestación de respeto, que prioriza la comodidad ajena por encima de la manifestación de los propios impulsos.
Por ejemplo, en el transporte público, son reglas torales no hablar por teléfono y mantenerse en silencio, porque conversar en voz alta es considerado “meiwaku” para los demás pasajeros. Todas y todos renuncian a la libertad de hablar por la comodidad ajena.
El valor de esto es enorme. Basta recordar lo vivido después del terremoto y tsunami de 2011, cuando el mundo fue testigo a través de los noticieros de cómo las y los japoneses mantenían el orden, sin recurrir al saqueo, a pesar de lo apremiante de la situación.
Esta conducta, aun en situaciones extremas, refleja cómo el principio de no causar “meiwaku” está fuertemente anclado en la psique colectiva.