Caras vemos
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...todo lo demás no lo sabemos. Por eso debemos tratar bien a nuestro prójimo
No conocí a don Porfirio Soria, pero haz de cuenta que lo estoy mirando. Era algo viejo ya. Cabello ralo y entrecano, cara morena, chaparro, talludo... Andaba siempre vestido con pobreza: un pantalón de mezclilla de aquellos de pechera, camisa de popelina azul, sombrero de palma, guaraches de tres agujeros...
Don Porfirio, me da pena decirlo, parecía un pordiosero. Y sin embargo era hombre rico. Tenía una tienda en Morelos, cerca de Matehuala, y una línea de camiones de carga. Muy buenos pesos ganaba, y muchos más guardaba.
Don Porfirio usaba una expresión que no se le caía de la boca. Esa expresión era “por evento”. La empleaba con diferentes significaciones. Una de ellas equivalía a “por ejemplo”.
–Supongando, señor, que yo le compro, por evento, esa frazada...
Otra acepción suplía a “por casualidad”.
–Si por evento llega don Fulano...
Otro sentido era “por favor”.
–¿Podría por evento cambiarme este billete?
Lo que ahora voy a relatar me lo contó don Alberto Celorio Blanco, matehualense distinguido que ya goza de la presencia del Señor, hermano que fue de Gonzalo Celorio, el escritor. Un día don Porfirio Soria vino a Saltillo. Aquí compraba mercancías que en Matehuala no podía hallar. Pasó por evento –casualmente, quiero decir– por una agencia de automóviles que estaba en la calle de Victoria. Los distribuidores tenían en exhibición cuatro vehículos: dos coches sedán, una camioneta pick up y un automóvil lujoso, de los grandes.
Entró en la agencia don Porfirio con su traza de pobre. Un vendedor lo vio con mirada recelosa.
–¿Puede decirme por evento, amigo, cuánto cuesta ese guayín? –preguntó don Porfirio señalando la pick up.
–Setenta mil pesos –contestó el empleado de mal modo.
–¿Y el coche grande?
–Lo mismo. Y los otros también. Todos cuestan lo mismo.
¿Qué caso tenía molestarse con ese astroso tipo? Eso pensó el vendedor. Don Porfirio pensó otra cosa muy distinta. Conocía el precio de las camionetas, pues cada año solía comprar varias para el servicio de su tienda. Supo que de seguro el coche grande y los otros costaban más.
–Me pone los cuatro, por evento.
Y así diciendo, sacó su paliacate. En él traía seis fajos de 50 mil pesos cada uno, en billetes de mil. Le pidió al vendedor:
–Cuente el dinero, joven, y deme lo que sobre, si es que por evento sobra algo.
Si el vendedor no se hizo de la chorra –así se decía antes– fue porque no había a mano un trapeador. Asustado, le dijo a don Porfirio que nada más la camioneta costaba eso; los otros vehículos eran más caros; no se los podía vender a ese precio. Entonces don Porfirio ya no dijo “por evento”: dijo, y en voz muy alta, altísonas palabras que le habría envidiado un diputado morenista. Llegó el gerente a ver qué sucedía, y don Porfirio lo amenazó con que si no le cumplían la oferta que le había hecho su empleado iba a poner la queja en el cielo, en la tierra y en todo lugar. Además los iba a demandar ante la Secretaría de Comercio. Tenía buenos amigos en la Capital. También iría a Estados Unidos –allá tenía casa– y diría a los dueños de la marca cómo trataban en Saltillo a los clientes. El gerente hizo sus cuentas. Calculó que saldría raspado; apenas cubriría el costo de los vehículos; pero se haría de buen dinero en efectivo, y aparecería como muy buen vendedor. Cerró la operación.
Caras vemos, todo lo demás no lo sabemos. Por eso debemos tratar bien a nuestro prójimo. No porque pueda traer muchos pesos en la bolsa, sino porque, como dice don Andrés Henestrosa, “cada persona lleva consigo un resplandor”. Aunque sea el engañoso resplandor del dinero.