Ciudades dormitorio: Un riesgo para el tejido social
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El cansancio acumulado, la convivencia deficiente y la dependencia del automóvil impactan en la salud física y mental
Dada la dinámica laboral y productiva de nodos laborales y la movilidad pendular que ésta genera, se ha ido dando forma a lo que se conoce como “ciudad dormitorio”. Como su nombre lo indica, es una ciudad en la que sus habitantes sólo llegan a ella para descansar.
Se trata de espacios dotados de vivienda cuyos habitantes de derecho trabajan, estudian, consumen y desarrollan su vida social fuera de ellos, generalmente en un núcleo urbano adyacente o relativamente cercano que concentra sitios de empleo, estudio, entre otros.
Podemos darnos una idea de su origen en las dinámicas urbanísticas de mediados del siglo pasado, que promovieron y reglamentaron una drástica separación de los usos del suelo, aislando los espacios de vivienda de los propios de trabajo, de ocio y de producción.
Esto llevó a la producción de vivienda en terrenos baratos, fuera del centro productivo –que concentraba las fuentes de empleo y de estudio–, encareciendo, en consecuencia, el suelo urbano mejor conectado, volviéndolo inaccesible para habitantes de ingreso medio a bajo.
Lo anterior también obedeció a la alta demanda de vivienda provocada por un crecimiento demográfico acelerado, derivado del éxito económico y atractivo del centro de población. El impacto fue aún más dramático con la movilidad motorizada y el enfoque en el automóvil.
Al promover una acelerada construcción de vías rápidas, se justificó la ubicación lejana de la vivienda social, promoviendo también la especulación inmobiliaria, que fue desplazando poco a poco a familias de ingreso medio y bajo a zonas cada vez más alejadas del centro.
El costo del transporte hacía necesario que cada familia contase al menos con un vehículo para moverse –más buscando eficiencia que comodidad– hacia los puntos de interés, teniendo como alternativa un transporte público con grandes carencias de cobertura.
Dada la dificultad de ir y venir a la casa para la comida, para hacer las tareas escolares, incluso para la activación física, se optó por permanecer todo el tiempo posible en los lugares de estudio y de trabajo, minando con ello gravemente las dinámicas sociales.
La necesidad de descanso, de convivencia con familia y amistades, de tiempo de ocio, entre otros, ha debido encontrar soluciones artificiales lejos de casa. Es común encontrar espacios para tales propósitos dentro y en la proximidad de centros de trabajo y escuelas.
Estos placebos, respecto de las necesidades urbanas, parecieran ser satisfactores eficaces para su propósito; sin embargo, la realidad dista mucho de ello. El cansancio acumulado, la convivencia deficiente y la dependencia del automóvil impactan en la salud física y mental.
Resultan particularmente afectadas las personas que tienen una movilidad limitada, como es el caso de las infancias, las personas mayores, las personas con discapacidad y mujeres, que, en contextos machistas, deben cargar además con el trabajo de cuidados por sí solas.
También el entorno sufre los estragos de este fenómeno. Los espacios públicos van presentando abandono y el consecuente deterioro; los lugares de convivencia social se ven reducidos en número y la vida comunitaria se diluye, minando el sentido de pertenencia.
Las situaciones de aislamiento, soledad y abandono pegan con gran fuerza en el capital social. No pasará mucho tiempo para que sea notorio que aspectos como la percepción de seguridad, la vida de barrio y dinámicas propias del espacio público se ven disminuidos.
Irónicamente, esto termina impactando en la zona mejor conectada, que concentra los valores de suelo más altos y de mejor accesibilidad a los servicios y a los satisfactores urbanos, que fue la que se buscó cuidar y proteger por la aparente fortaleza que reflejaba.
La productividad de las personas empleadas va a la baja, el desempeño de las personas estudiantes se torna deficiente, se desvanece el sentido de pertenencia y la calidad del espacio público se deteriora por fenómenos asociados a la desvinculación con el entorno.
Es aquí que acciones como la transición a ciudades policéntricas, la reintegración del tejido social, la reivindicación del barrio y del sentido de comunidad, así como la consolidación urbana, se vuelven vitales para el replanteamiento de los asentamientos humanos.
Es posible revertir esta tendencia de degradación urbana sólo mediante el esfuerzo coordinado entre la sociedad y el gobierno, sobre todo en su dimensión local.
Una ciudad que revierte la pérdida de su vocación humana renueva su esperanza hacia un futuro posible.