Coahuila: Narcomenudeo, ¿las penas más severas lo desalentarán?
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Incrementar las sanciones como única fórmula para desalentar la comisión de delitos ha probado, en múltiples culturas, no ser una fórmula capaz de cumplir el cometido
Cuando se pregunta cómo se combate de manera eficaz una conducta no deseada, casi siempre la primera respuesta que se obtiene es “imponiendo una sanción, un castigo”. Y si se cuestiona qué hacer en caso de que la imposición del castigo no haya sido eficaz en el propósito de disuadir a los que incurren en la conducta, la respuesta suele ser: “incrementar el castigo”.
Que ofrezcamos tales respuestas resulta más o menos inevitable. En efecto, lo que ocurre es que hemos sido educados, desde que nacimos, en la idea de que la conducta humana se moldea a partir de un esquema de premios y castigos: si hacemos “lo correcto”, recibimos un premio; si, por el contrario, optamos por “lo indebido”, seremos castigados.
En general, es un esquema que funciona bien, sobre todo cuando somos niños y el espectro de elementos que tenemos para juzgar la realidad es limitado. Pero la cosa cambia cuando nos volvemos adultos y descubrimos que la realidad no está teñida de sólidos blancos y negros, sino que se ubica detrás de una compleja paleta de grises.
Y allí donde no queda claro lo que “está bien” y lo que “está mal”, existe mucho espacio para que las conductas clasificadas como ilegales puedan ocurrir, e incluso que se conviertan en la forma regular de actuación para muchas personas.
Porque aun cuando –para fortuna colectiva– la inmensa mayoría de las personas optamos por “portarnos bien”, es decir, por no transgredir la línea de la legalidad, lo cierto es que no necesariamente lo hacemos porque busquemos un premio o porque estemos tratando de evitar el castigo.
Lo que opera en estos casos suele ser un incentivo que resulta muy superior al temor de ser castigados, y es la convicción interna de que las conductas prohibidas no deben llevarse a cabo.
El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo a la iniciativa votada ayer, en el Congreso de Coahuila, para incrementar la sanción penal a quienes reincidan en la comisión del delito de narcomenudeo.
La idea detrás de la iniciativa es simple: si la pena con la cual se castiga actualmente el delito es de 4 a 8 años de prisión, el incrementarla hasta en dos tercios, en caso de reincidencia, se traducirá en que quien ya sufrió el castigo por haber incurrido en dicho delito se lo piense mejor.
Por desgracia, no es esta la única lógica a partir de la cual puede juzgarse el hecho y la evidencia que existe al respecto es realmente apabullante. El número de personas que, por las circunstancias que sean, han hecho de la comercialización de drogas un modo de vida, es tan alto que desde ahora puede apostarse que incrementar las penas no será un disuasor eficaz.
No se trata, desde luego, de señalar que la medida es inútil, sino de llamar la atención respecto de un detalle central del fenómeno: además de castigar con severidad los delitos, es preciso atender las circunstancias sociales que empujan a múltiples individuos a cometerlos.