Crisis del sarampión: las lecciones que nos deja

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Opinión
/ 17 febrero 2026

El brote de sarampión que estamos viviendo en México tiene su origen, sobre todo, en el abandono de políticas sanitarias que funcionaban bien y daban resultados

Uno de los progresos más importantes que la humanidad ha realizado, a lo largo de su historia, es el desarrollo de la medicina preventiva. Gracias a ella, hemos logrado incrementar de forma notable la esperanza de vida en todas las sociedades del mundo, incluso las más pobres.

México no ha sido ajeno a este fenómeno y ello se debe a que sucesivos gobiernos, a lo largo de varias décadas, adoptaron de forma disciplinada las recomendaciones que en la materia emitieron los organismos multilaterales creados para homologar las acciones de prevención en todo el planeta.

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Una de las acciones que mayor impacto ha tenido en nuestras vidas es la de la vacunación en contra de enfermedades transmisibles. Gracias a ella, la mortalidad infantil provocada por padecimientos virales, como el sarampión, disminuyó de forma drástica.

Tan sólo en el último cuarto de siglo, de acuerdo con cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la vacunación contra el sarampión ha evitado la muerte de casi 60 millones de niños en el mundo. La estimación anterior deja clara la peligrosidad de la enfermedad y reafirma la importancia de la vacunación.

Sin embargo, como lo demuestra el reciente brote de dicha enfermedad que estamos experimentando en México, no se trata solamente de informar que se cuenta con suficientes dosis de vacuna disponibles, o de afirmar que “se está vacunando” en miles de centros de atención.

Y es que a estas alturas los objetivos que debe perseguir un esquema de vacunación que aspire a ser efectivo se encuentran muy claros: al menos debe alcanzarse el 95 por ciento de cobertura, con el esquema completo, para que la inmunización reduzca de forma significativa el número de contagios y la posibilidad de brotes epidémicos, como el que estamos presenciando.

Eso fue lo que no se hizo en los últimos años, particularmente en el sexenio anterior cuando, por razones inexplicables, no solamente se dejó de adquirir y aplicar suficientes vacunas en el país, sino que se desmanteló el sistema de vacunación que se había construido largamente.

Múltiples voces lo han señalado de forma puntual y reiterada: México había construido un muy eficaz sistema de vacunación, merced al cual se lograban de forma consistente los objetivos de prevención en relación con las enfermedades transmisibles. Ese modelo fue destruido a partir de la pandemia de COVID-19 y los efectos de esas decisiones se están manifestando hoy.

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La lección es clara: prevenir enfermedades transmisibles y reducir los efectos negativos que estas tienen sobre la población no es una cuestión de ideología ni de posiciones políticas, sino de ciencia y aplicación de los mecanismos desarrollados por aquella.

Tendríamos que aprender la lección y hacerlo con rapidez, lo cual implica reconstruir el sistema de vacunación que una vez tuvimos, restituir sus estándares de actuación y, con ello, colocar nuevamente a la salud preventiva en el lugar que le corresponde.

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