¿Cuál es el costo?
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El sábado pasado estuve en el Barclays Center de Brooklyn. Indiana Fever de visita contra el New York Liberty, estadio lleno, basquetbol profesional de mujeres. Afuera había gente repartiendo volantes tamaño carta que pedían defender a las infancias trans, y gente vendiendo playeras que decían que las personas trans pertenecen ahí. Adentro, durante toda la noche, cada vez que una jugadora tocaba el balón, el estadio entero la abucheaba. Se llama Sophie Cunningham.
Un mes antes, el 21 de julio, ESPN publicó un perfil largo sobre ella. No era una entrevista sobre política, sino un retrato de su personaje público, donde la reportera le fue poniendo enfrente las etiquetas que le han colgado: ¿modelo a seguir?, ¿jugadora sucia?, ¿”MAGA Barbie”? Contestó que ese último apodo es proyección, por cómo se ve y de dónde viene, y que ella sí se siente calificada para opinar sobre el deporte femenil. Dijo, textual, que quiere proteger a las niñas en un vestidor, o a las niñas en el deporte, que no deberían tener que competir contra hombres biológicos.
Fui con mis hijas. Una tiene siete años, la otra seis, y las dos juegan basquetbol desde los cuatro. Volamos a Nueva York un fin de semana entero nada más para que vieran ese partido. Era su ilusión, no la mía.
Y lo primero: fue una victoria. Miles de personas pagando un boleto por ver a mujeres jugar basquetbol profesional. Eso no existía hace veinte años. Nos costó generaciones de mujeres empujando puertas que no se abrían. Yo entré a ese estadio celebrando.
A mis hijas las llevé con los jerseys puestos. La de seis es fan de Sophie Cunningham. La de siete es fan de Caitlin Clark. El señor sentado detrás de nosotras se pasó dos horas gritándole groserías a las dos.
Cunningham dijo algo discutible: una afirmación sobre una regla. Y a eso se le responde con datos, con estudios, con lo que ya resolvieron federaciones y tribunales. Se le puede responder que está equivocada, o que las niñas que dice querer proteger incluyen a niñas que ella no está contando. Todo eso son respuestas. Ninguna se escuchó esa noche.
El estadio lo llenó el basquetbol. Ese fue el triunfo. Lo que se le encimó fue una clasificación —heroína o villana, nada más—, y esa clasificación no llena: vacía. Le quita al deporte lo que el deporte acababa de ganar. Y lo curioso: en esa misma entrevista se quejaba justo de eso, de que la encasillaran por cómo se ve. Dijo que se considera del centro y que la gente adora suponer. En la misma conversación en la que reclamó la etiqueta, se ganó la etiqueta definitiva. Nunca hay tercera casilla.
Quiero ser precisa, porque aquí se juega todo. La gente de los volantes y las playeras no me molestó ni tantito. Al contrario: eso es exactamente lo que debe pasar. Gente organizada, con su nombre y su cuerpo, diciendo en público lo que piensa. Es una posición contestando a otra. Es el debate funcionando.
El señor de atrás no estaba en ese debate. No dijo un solo argumento en dos horas. No hace falta estar de acuerdo con Cunningham para notar la diferencia entre alguien que sostiene una idea y alguien que solo quiere que otra se calle. Entre esas dos cosas no hay una diferencia de grado. Hay una diferencia de naturaleza.
Entonces, ¿cuál es el costo?
Ganamos el estadio lleno. Ganamos las cámaras, los patrocinios, los sueldos, que este año subieron 366% en promedio en esa liga. Todo eso hay que celebrarlo sin pedir permiso. Pero esa noche, en el mismo paquete, venía otra cosa. Mis hijas fueron a ver a las mujeres a las que quieren parecerse y aprendieron, sin que nadie se los enseñara a propósito, cómo se le habla a una mujer que dijo algo con lo que no estás de acuerdo. Ese fue el costo. No lo pagó Cunningham, que salió de todo esto con más seguidores, más contratos y más fama. Lo pagaron dos niñas con el jersey puesto que solo querían ver un partido.
Escribo esto desde México, y desde México se ve peor. Las democracias jóvenes no se caen de un golpe: se van vaciando. Primero dejamos de discutir. Después dejamos de escucharnos. Después el que grita más fuerte parece el que tiene razón, y ahí ya perdimos, aunque las urnas sigan funcionando puntualmente.
Y debatir no es un talento natural. Se enseña. Es una habilidad, como leer o como tirar un tiro libre: se practica, se corrige, se aprende con alguien enfrente. Nadie nace sabiendo sostener una idea sin insultar a quien piensa distinto. Si no lo enseñamos —en la casa, en la escuela, en la mesa del domingo—, lo que las niñas y los niños van a aprender es lo que vieron el sábado. Porque algo van a aprender. Esa parte no es opcional.
Por eso insisto en que la familia sigue siendo el centro de todo. La que sea: de dos, de uno, ensamblada, complicada, imperfecta. Todas cuentan. Y ese estadio estaba lleno de familias que habían ido a hacer exactamente lo que las familias hacen: convivir, gritar juntas, compartir algo. Eso incluye al señor de atrás, que no llegó de otro planeta. También salió de una familia. También es hijo de alguien. Él y yo fuimos a la misma escuela. La lección le llegó distinta.
Las niñas y los niños merecen esos espacios: una cancha, un estadio, una tarde entera donde lo único que importe sea el juego y a quién quieren parecerse cuando crezcan. Merecen soñar en voz alta sin que un adulto les enseñe, de gratis y sin querer, que así se le habla a alguien.
Porque el día que nos quedemos sin argumentos y solo nos queden los insultos, lo que se acaba no es el debate. Es el permiso de soñar.