¿Cuánto crecimiento de la productividad impulsado por la IA queremos?
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La alteración económica que acompaña al rápido crecimiento de la productividad puede ser devastadora
Por Michael R. Strain, Project Syndicate.
WASHINGTON, DC – Desde que ChatGPT, de OpenAI, irrumpió en escena a finales de 2022, economistas y comentaristas han estado debatiendo los posibles efectos de la IA generativa sobre la productividad. Pero desde una perspectiva cultural y política, resulta útil plantear una pregunta normativa: ¿cuánto crecimiento de la productividad debería desear la sociedad?
La alteración económica que acompaña al rápido crecimiento de la productividad puede ser devastadora. La Revolución Industrial británica, por ejemplo, provocó un estancamiento o una disminución de los salarios promedio al menos durante las dos últimas décadas del siglo XVIII, y algunos economistas sostienen que la industrialización tardó varias décadas más en elevar el nivel de vida de los trabajadores comunes. Mientras tanto, los salarios reales se desplomaron en algunas profesiones, y muchos trabajadores despedidos tuvieron serias dificultades durante años para conseguir empleo. Las consecuencias sociales fueron enormes. La gente acudía en masa a ciudades superpobladas sin agua potable ni un saneamiento adecuado. Las enfermedades se propagaban a sus anchas. El empleo en las fábricas era peligroso. Los trabajadores estaban agitados.
No es de extrañar que Oliver Twist y El Manifiesto Comunista se publicaran con una década de diferencia, en ese período de agitación. Charles Dickens fue un gran crítico de la pobreza, los asilos para pobres y las malas condiciones sanitarias del Londres victoriano. Karl Marx deambulaba por las calles del Londres de Dickens, a menudo estudiando en la sala de lectura del Museo Británico, observando de primera mano cómo la tecnología estaba sacudiendo a la sociedad hasta sus cimientos.
Cuando Marx y Friedrich Engels escribieron en 1848 que “la revolución constante de los instrumentos de producción” provocaba cambios en “todas las relaciones sociales”, no estaban teorizando; estaban describiendo lo que veían desde su ventana. “Todo lo sólido”, escribieron, “se desvanece en el aire”.
Al mismo tiempo, dado que la producción por trabajador es el factor clave que determina el nivel de vida a largo plazo, resulta tentador argumentar que deberíamos aspirar a que la productividad creciera lo más rápidamente posible. Una mejora del nivel de vida se traduce en medicamentos nuevos y mejores, lugares de trabajo más seguros, una mayor esperanza de vida y más tiempo libre.
Cambios aparentemente pequeños en las tasas de crecimiento pueden tener un enorme impacto económico. El crecimiento de la productividad fue de alrededor del 3% en el punto álgido de la revolución digital de los años 1990, comparado con aproximadamente el 1,5% tras la crisis financiera global de 2008. La primera tasa duplicaría el nivel de vida de los estadounidenses en 24 años, mientras que la segunda lo duplicaría en 47 años.
Encontrar el equilibrio adecuado entre el daño causado por la perturbación económica y social y los beneficios del rápido aumento de la productividad y el nivel de vida requiere tener en cuenta tres cuestiones clave.
En primer lugar, los ciudadanos y los responsables de las políticas deben decidir cuál es su criterio de optimización. ¿El objetivo es hacer que la producción económica agregada crezca lo más rápido posible? ¿O se trata de aumentar los ingresos a un ritmo rápido al tiempo que se evita un aumento de la pobreza o del desempleo a largo plazo? ¿O tal vez quieran seguir un enfoque totalmente diferente, como intentar predecir todos los resultados posibles y utilizar la política económica para mejorar el peor de ellos?
Una segunda consideración es el nivel de vida de las generaciones futuras. Es probable que muchas personas del “Cinturón del Óxido” estadounidense hubieran preferido un ritmo de crecimiento de la productividad más lento en las últimas décadas, lo que habría atenuado el impacto de la pérdida de puestos de trabajo en el sector manufacturero.
Al mismo tiempo, todos los que vivimos hoy en día deberíamos alegrarnos de que nuestras vidas sean mucho mejores de lo que habrían sido si nuestros antepasados hubieran pisado el freno durante, por ejemplo, la Segunda Revolución Industrial que comenzó a finales del siglo XIX, y que introdujo la electrificación, el telégrafo, los altos hornos y la producción en masa.
La última consideración es el ritmo del avance tecnológico: cuanto más rápido avanza, mayor es la inestabilidad social y más difícil resulta para los trabajadores despedidos encontrar nuevos empleos. Si bien la Gran Bretaña del siglo XVIII no estaba preparada para la rápida adopción de la producción fabril mecanizada, yo diría -aunque sea una afirmación polémica, sin duda- que Estados Unidos gestionó relativamente bien el ritmo del cambio durante la era de la información de finales del siglo XX. ¿Se parecerá la revolución de la IA más a la primera o a la segunda?
Una de las razones por las que Estados Unidos gestionó el cambio tecnológico a finales del siglo pasado mejor que Gran Bretaña a finales del siglo XVIII es que se introdujeron mejoras en la política económica, entre ellas el desarrollo de la red de seguridad social y la ampliación del acceso a la educación. Gracias a estas políticas, Estados Unidos, el Reino Unido y otras economías avanzadas están mucho mejor preparados para gestionar incluso cambios tecnológicos extremadamente rápidos.
Teniendo esto en cuenta, espero que la revolución de la IA marque el comienzo de aumentos sustanciales en el crecimiento tendencial de la productividad. Los beneficios de un crecimiento de la productividad de hasta un 5% o un 6% -mucho más rápido que el ritmo del 3% del auge de Internet- superarían claramente los costos, dada la capacidad de nuestro sistema para absorber y abordar la disrupción resultante.
La “destrucción creativa” crea tanto como destruye. Si bien la política estadounidense está impregnada de nostalgia por un pasado idílico imaginario, pocas personas volverían realmente atrás en el tiempo a la década de 1970 si pudieran elegir. Y lo mismo ocurrirá con la gente dentro de una, dos y tres décadas -y aún después. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Michael R. Strain, director de Estudios de Política Económica del American Enterprise Institute, es autor, más recientemente, de The American Dream Is Not Dead (But Populism Could Kill It) (Templeton Press, 2020).