Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel, Salinas y el Unomásuno

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Opinión
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Las congruentes luchas de Cárdenas y su ejemplar sobriedad política nos dieron algo invaluable que hoy debemos defender con todo

Manuel regresó a la redacción del Unomásuno luego de una comida con Porfirio Muñoz Ledo. Si no me falla la memoria –y tampoco la IA–, era la tarde del 13 de agosto de 1986, a una semana del cumpleaños 56 de mi padre. El Director, como le decíamos, traía esa mirada de travesura que algunos le conocíamos cuando el diario estaba a punto de publicar una nota exclusiva que él mismo había reporteado:

“Ya verás, Jean Paul”, espoleó mi curiosidad de paso rumbo a su oficina. “Dime”, imploré. “Lee la de ocho (columnas) mañana”, se carcajeó malosamente con la mirada.

Desapariciones forzadas y negacionismo de Estado

Unos minutos después, mandó a llamar al reportero Gonzalo Álvarez del Vilar, que poseía una fina pluma, y le dio la primicia para que redactara la nota: a poco más de dos años de terminar el sexenio de Miguel de la Madrid, había surgido al interior del gobernante PRI una Corriente Democrática que pretendía... cambiar todo, empezando por el legendario dedazo, es decir, la designación que hacía el presidente en turno de su sucesor.

Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, todavía gobernador de Michoacán (hasta el 14 de septiembre de 1986), Muñoz Ledo, la gran Ifigenia Martínez y el embajador de México en España, Rodolfo González Guevara, entre otros personajes, encabezaban ese grupo que provocaría el mayor cisma en la historia del partidazo.

Esa noticia fue el inicio de la mayor sacudida política que estremecería a la dictadura perfecta desde la agitación social que había resentido en el 68. El partido de Estado no lo sabía, pero ese 14 de agosto, con la primicia que había obtenido Manuel Becerra Acosta, empezaba una cuenta regresiva de catorce años hasta que perdió el poder en el año 2000.

De la Madrid jamás se lo perdonó a mi padre, como si la libertad de expresión y el derecho a informar necesitaran de la gracia presidencial. Y sí, en ese régimen autoritario y en decadencia, la bendición del Presidente era esencial o, de muchas maneras, acababas desterrado. El sucesor del régimen, Carlos Salinas de Gortari, destapado un año después (4 de octubre de 1987), tampoco toleraba a mi padre: de hecho, lo odiaba. Lo detestó por haber impulsado en el diario a la Corriente Democrática, y sobre todo por haberle dado voz y amplio espacio a Cárdenas durante la campaña presidencial opositora en 1988, cuando el ingeniero por la UNAM lideraba el Frente Democrático Nacional.

Había otras razones que alimentaban la animadversión: elegantemente, pero sin piedad, un día mi padre echó a Salinas de su casa frente a reporteros y columnistas del periódico antes de una comida a la que no quiso convidar al entonces secretario de Programación y Presupuesto. Salinas no lo olvidó cuando se convirtió en candidato y luego cuando fue ungido como Presidente.

Esa locura de rencor desaforado salinista provocó que, unos meses después, mi padre tuviera que exiliarse después de que él y todos los que trabajábamos bajo su liderazgo fuimos despojados del Unomásuno a través de un prestanombres del establishment. La amenaza, lanzada por Fernando Gutiérrez Barrios, el eficiente policía-político del régimen que era secretario de Gobernación de Salinas, fue clara con Manuel a principios de 1989: “Cárcel o exilio”.

Y como recordatorio, enviaba una canasta con una piña y café al domicilio de mi padre, en Sacramento 210, colonia Del Valle. ¿Qué demonios quería decir eso? ¿Tortura a piñazos y café para que no se duerma? Cárcel, por una deuda al fisco de la empresa editora del periódico, Editorial Uno S.A. de C.V., como si hubiera sido una evasión, cosa que jamás lo fue. Era una deuda fiscal que se estaba solventando conforme a la ley, pero bueno, esa era una de las armas del Sistema, como también lo había sido el monopolio del papel. “No me gusta lo que publicas, no te doy papel para imprimir”.

Todo eso pesó, pero fue la amistad que El Director construyó con Cárdenas lo que le destrozó la paciencia a Salinas. “Manuel le rompe el hígado al Presidente”, me confesó uno de los testaferros salinistas meses después del monumental fraude electoral con el cual Salinas y De la Madrid le robaron la Presidencia de la República a Cuauhtémoc.

Le tenían los priistas un aborrecimiento inocultable a Cárdenas y a mi padre, pero ninguno se rindió. El ingeniero emprendió su segunda campaña presidencial en 1994. Manuel ridiculizó a Salinas en un libro, “Sucesión en Familia”, y ya fuera de la Presidencia de la República el priista, luego de haber cometido el peor error de su carrera (designar al inefable Ernesto Zedillo como su sucesor), Cuauhtémoc le propuso a Manuel crear un diario que fuera una incansable voz opositora para equilibrar las tentaciones autoritarias y vengativas de Zedillo y lo que iba quedando del PRI.

En mi opinión, se equivocaron con el nombre –”Democracia”, pretendían ponerle; yo sugerí “Liberación”, como el diario francés, y no les caí en gracia–, pero a pesar de no concretar el proyecto editorial por falta de recursos, Manuel nunca dejó de querer y admirar a Cuauhtémoc.

La crisis del INE no termina con una renuncia

“Es un hombre de Estado y debería haber sido Presidente de México”, me dijo Manuel años después, conmovido al ver a Cárdenas en su tercera campaña presidencial, la del año 2000. “El régimen va a caer, pero el problema para Cuauhtémoc es que la gente, con tal de echar al PRI, va a votar por el ranchero de las ocurrencias e insensateces”, agregó. Eran las semanas previas a las elecciones. Durante una llamada telefónica vaticinó antes de despedirnos: “La democracia llegará y eso se lo deberemos a él, a Cuauhtémoc. A él y a Celeste, su Dulcinea, que siempre lo ha acompañado”.

Manuel, en ese entonces columnista de Milenio, murió días después, el 23 de junio, a unas horas de las votaciones. Yo, con mi hijo Luciano de 5 años cogido de mi mano, lloré en el mitin final de Cuauhtémoc mientras trataba de garabatear la crónica del día. Pensaba en él y en mi padre muerto. Pensaba en los dos, en sus generosas luchas, y lloraba. “¿Por qué lloras, papá?”, preguntó Luciano. “Porque extraño a mi papá y voy a extrañar a él, a Cuauhtémoc, porque no va a ganar”.

Las congruentes luchas de Cárdenas y su ejemplar sobriedad política nos dieron algo invaluable que hoy debemos defender con todo: la democracia mexicana y sus instituciones electorales.

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