Cuba: castigo desde afuera; necedad desde adentro
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Igual que la necedad histórica de los gobiernos norteamericanos como parte de la retórica de la teoría del Destino Manifiesto, el gobierno cubano se ha empecinado en el discurso de una resistencia digna que ha tenido costos muy altos
Las ideas de Martin Buber, Gabriel Marcel, Emmanuel Levinas y Merleau-Ponty sobre el Tú y el Yo, que hacen el nosotros, no han funcionado del todo en una sociedad dividida y fragmentada, donde lo que importa es lo propio. Las guerras, las amenazas, la economía voraz y otras tantas linduras del “hombre que nació ambicioso por naturaleza” (cfr. Hobbes), dominan las relaciones humanas.
El caso Cuba, en concreto, es uno de los ejemplos más claros de estos días donde, a través de la presión –primero comercial, ahora energética–, el Tú y el Yo, desde 1959, no hicieron el nosotros. El embargo es un castigo colectivo prolongado que ha producido escasez estructural, dependencia crónica y precariedad cotidiana; legitimado por un discurso que habla de libertad, mientras niega sistemáticamente las condiciones materiales para ejercerla.
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La figura de Donald Trump no rompe con esta lógica; la radicaliza. Bajo su liderazgo, las sanciones económicas dejaron de disimularse como instrumentos excepcionales y se convirtieron en una demostración obscena de poder. Trump no sólo mantuvo el embargo, lo celebró. En su visión del mundo, coherente con el dogma del libre mercado y el cinismo, el sufrimiento social no es una tragedia, sino una herramienta pedagógica; quien no obedece, la paga.
Aquí el libre mercado revela su rostro real: no es un espacio de intercambio libre, sino un dispositivo de disciplinamiento. Predica competencia mientras bloquea economías; habla de eficiencia mientras destruye las condiciones mínimas para vivir. El embargo a Cuba, las amenazas a Colombia, la pretensión de ir por Groenlandia, el apoyo incondicional a Israel e ir contra todo lo que parezca y huela a musulmán, demuestran que el mercado global no es neutral, sino un campo de fuerza donde la economía se usa como arma y luego se disfraza de técnica.
El caso del bloqueo comercial de Estados Unidos a Cuba puede leerse, desde una clave filosófica, como una negación sistemática del otro. En términos de Martin Buber, reduce a Cuba a una relación Yo-Ello, donde no hay diálogo ni reconocimiento, sino instrumentalización y castigo; desde Gabriel Marcel, se revela como una política sostenida en la abstracción, incapaz de hacerse disponible al sufrimiento concreto de una población convertida en problema técnico; y desde Emmanuel Levinas, el embargo implica una renuncia ética, pues acepta deliberadamente el daño a civiles y desconoce la responsabilidad frente al rostro vulnerable del otro. Aprovechándonos de estos egregios autores, ésta es la realidad en la que estamos inmersos: cinismo puro.
El envío de ayuda humanitaria de México a Cuba, anunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum, irrumpe en un escenario internacional dominado por una violencia que ya no necesita bombas: la violencia económica. El gesto mexicano no es inocente ni neutral. Expone, al mismo tiempo, la brutalidad del embargo estadounidense y la incapacidad del régimen cubano para abandonar un modelo socialista que hace tiempo dejó de sostener la vida que dice defender.
Desde Martin Buber, esta lógica es la máxima expresión de una relación Yo-Ello: Cuba no es tratada como un Tú, como un interlocutor humano o político, sino como un objeto que puede ser asfixiado, castigado o ignorado. El embargo no busca diálogo ni transformación; busca sometimiento. Reduce al otro a cosa administrable. Pero detener la crítica ahí, sería una coartada moral.
La crisis cubana no puede explicarse sólo por el embargo, también es consecuencia de la necedad del propio Estado cubano en sostener un modelo socialista rígido, centralizado y profundamente ineficiente. Lo que vive el pueblo cubano y la migración masiva de sus habitantes dan cuenta de ello. Durante décadas, el régimen ha respondido al fracaso, con más control. A la escasez con más burocracia y al descontento con más retórica revolucionaria. El resultado no ha sido emancipación, sino una población atrapada entre la épica del pasado y la precariedad del presente.
Igual que la necedad histórica de los gobiernos norteamericanos como parte de la retórica de la teoría del Destino Manifiesto, el gobierno cubano se ha empecinado en el discurso de una resistencia digna que ha tenido costos muy altos. Hablamos de un sistema que dice hablar en nombre del pueblo, pero ignora la vulnerabilidad concreta de sus rostros. Aquí la crítica de Emmanuel Levinas resulta implacable: un sistema que dice hablar en nombre del pueblo, pero ignora la vulnerabilidad concreta de sus rostros.
El socialismo cubano, convertido en dogma, ha sacrificado al otro real –el que hace filas, el que migra, el que sobrevive– en nombre de una idea abstracta de justicia histórica. La responsabilidad por el otro ha sido sustituida por la fidelidad al modelo. Así, la isla queda atrapada entre dos violencias: la del mercado que castiga desde afuera y la del Estado que controla desde adentro.
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En este escenario, la ayuda mexicana a Cuba no debe leerse como respaldo al socialismo cubano ni como desafío romántico al libre mercado. Es algo más incómodo: una interrupción en la lógica binaria que obliga a elegir entre la crueldad del mercado y la terquedad del Estado. Ayudar no absuelve a nadie, pero tampoco acepta que la vida quede atrapada entre dos dogmas agotados.
La ayuda no inaugura comunidad ni redime sistemas. Lo que hace es recordar la existencia del otro, allí donde el embargo lo convierte en objeto y el socialismo dogmático lo diluye en discurso.
El embargo a Cuba no es sólo una injusticia externa. La insistencia en un socialismo cerrado tampoco es una virtud histórica. Ambos son expresiones de un mismo fracaso: poner la coherencia ideológica por encima del “otro” concreto. Y cuando eso ocurre, no hay mercado ni revolución que pueda llamarse justa. Hay casos en los que el Tú y el Yo-Ellos –como en el cubano– no hacen el nosotros. Lo demás es retórica barata. Así las cosas.