De grande quiero tener dinero
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Yo esperaba que algún día mi tío me enseñara a conducir, conquistar mujeres o defenderme en una pelea. Resultó que mi formación para la vida adulta había comenzado comparando papel de baño
Cuando tenía doce años estaba convencido de que los adultos tenían dinero. No mucho, tampoco imaginaba a mi tío Catarino bajándose de un Mercedes mientras dos personas le abrían la puerta. Mi concepto de riqueza era bastante más humilde: pensaba que un adulto podía entrar a una tienda, comprar unas papas, un refresco y un chocolate sin tener que preguntarle a nadie.
Eso, a los doce años, me parecía libertad financiera.
La teoría comenzó a derrumbarse una tarde en la que acompañé a Catarino al supermercado.
Mi abuela nos había mandado por aceite, shampoo, huevos, jabón para lavar ropa, papel de baño y cereal. Antes de salir, le entregó a mi tío un billete y una advertencia:
—Y no vayas a comprar pendejadas.
Catarino recibió ambas cosas con la misma seriedad.
—¿Cuándo he hecho eso?
Mi abuela lo miró.
—La pecera.
—Estaba barata.
—No tenemos peces.
—Por eso estaba barata.
Mi abuela prefirió no continuar. Con Catarino había discusiones que uno podía ganar y otras que convenía abandonar antes de terminar explicándole a un hombre de treinta años por qué comprar una pecera sin peces seguía siendo una mala inversión.
Fuimos caminando al supermercado. Yo llevaba varios días pensando en pedirle dinero para comprar un videojuego que tenían algunos compañeros de la escuela. Había calculado el momento adecuado para mencionarlo: después de comer era mala idea porque le daba sueño; cuando veía futbol tampoco funcionaba porque decía que no podía tomar decisiones importantes durante un partido; por las mañanas estaba de malas y por las noches estaba cansado. Después de estudiar cuidadosamente sus horarios descubrí que mi tío tenía aproximadamente once minutos disponibles a la semana para escuchar mis necesidades.
Aquel día pensé aprovecharlos.
—Tío.
—¿Qué?
—¿Cuánto ganas?
Catarino siguió caminando.
—No sé.
La respuesta me pareció absurda.
—¿Cómo que no sabes?
—Pues no sé.
—Pero trabajas.
—Precisamente por eso no sé.
Yo todavía no entendía que algunas respuestas de los adultos necesitan varios años para convertirse en respuestas.
—¿Eres pobre?
Catarino se detuvo.
—Tampoco abuses.
—Entonces, ¿eres rico?
—Menos.
Continuamos caminando.
—¿Entonces qué eres?
Pensó un momento.
—Mexicano.
Aquello tampoco resolvía demasiado.
Entramos al supermercado y Catarino tomó un carrito. Mi abuela le había dado una lista escrita detrás de un recibo de luz. El papel estaba doblado cuatro veces y tenía una mancha de café en una esquina. Mi tío lo abrió, leyó los seis productos y comenzó a recorrer los pasillos con una disciplina que pocas veces le había visto.
En el pasillo del aceite ocurrió algo extraño.
Catarino tomó una botella, vio el precio y la regresó.
Tomó otra.
También la regresó.
Después agarró una tercera y comenzó a leer la etiqueta.
—¿Qué buscas? —pregunté.
—Aceite.
—Pues todos son aceite.
Me miró con cierta decepción.
—Se nota que nunca has mantenido una casa.
Tenía doce años. Me pareció una acusación injusta.
—Este tiene novecientos mililitros —dijo.
—¿Y?
—El otro tiene un litro.
—Compra el litro.
—Cuesta ocho pesos más.
—Entonces compra este.
—Pero trae cien mililitros menos.
Nos quedamos viendo las dos botellas.
Yo no sabía qué estaba ocurriendo, pero comenzaba a sospechar que la adultez era mucho más complicada de lo que me habían explicado.
Catarino sacó el teléfono y abrió la calculadora.
—¿Qué haces?
—Estoy viendo cuál conviene.
—Son ocho pesos.
—Precisamente.
Hizo varias cuentas. Dividió cantidades, multiplicó precios y volvió a revisar las etiquetas. Después de casi tres minutos tomó una decisión.
—Nos llevamos este.
—¿Ahorraste?
—Treinta y siete centavos.
Guardó el teléfono satisfecho.
Aquella fue la primera grieta seria en mi admiración por los adultos.
Seguimos con los huevos. Después los jitomates. Más tarde llegamos al papel de baño y descubrí que mi tío tenía opiniones muy firmes respecto a productos sobre los que jamás imaginé que un ser humano pudiera desarrollar una filosofía.
—Este no.
—¿Por qué?
—Está muy delgado.
—¿Y este?
—Muy caro.
—¿Este?
Lo tocó.
—Raspa.
—¿Cómo sabes?
—La experiencia, Pánfilo. Algún día vas a agradecer todo lo que estoy tratando de enseñarte.
Yo esperaba que algún día mi tío me enseñara a conducir, conquistar mujeres o defenderme en una pelea. Resultó que mi formación para la vida adulta había comenzado comparando papel de baño.
Fue entonces cuando recordé el videojuego.
—Tío, quiero comprar algo.
Catarino continuó empujando el carrito.
—¿Qué cosa?
Le dije el nombre.
—¿Cuánto cuesta?
—Seiscientos pesos.
El carrito frenó de golpe.
Mi tío volteó lentamente.
—¿Qué hace? ¿Vuela o qué?
—¿El juego?
—Sí.
—Pues solo juegas.
—¿Y cuesta seiscientos pesos?
—Sí.
—Con seiscientos pesos compro todo esto.
—Pero eso es jabón, huevos y papel de baño.
—Exactamente.
—No es divertido.
—Limpiarte tampoco, pero inténtalo sin papel y luego me dices.
No tuve argumentos.
Seguimos avanzando hasta llegar al pasillo de los cereales. Ahí encontré uno que llevaba de regalo un pequeño juguete dentro de la caja. Lo tomé inmediatamente.
—Este.
Catarino revisó el precio.
—No.
—¿Por qué?
—Está caro.
—Pero trae un juguete.
—Entonces compraremos un cereal que traiga cereal.
Lo regresó al estante.
Comencé a entender por qué los adultos siempre parecían estar de mal humor.
Cuando llegamos a las cajas, Catarino puso las cosas sobre la banda y observó la pantalla mientras la cajera registraba cada producto. No apartaba los ojos de los números. Parecía estar vigilando una operación bancaria internacional.
—Doscientos ochenta y cuatro —dijo la cajera.
Mi tío frunció el ceño.
—¿Cuánto?
—Doscientos ochenta y cuatro.
Revisó el recibo.
—El jabón estaba a treinta y nueve.
—Sí.
—Aquí dice cuarenta y dos.
La cajera miró la pantalla.
—Son tres pesos.
—Ya sé.
—¿Entonces?
—Que estaba a treinta y nueve.
Yo quería desaparecer.
Había una señora esperando detrás de nosotros. Luego llegó otra persona. Después otra. En menos de un minuto, Catarino había detenido la economía nacional por tres pesos.
La cajera llamó a otro empleado. El empleado fue al pasillo. Regresó varios minutos después y confirmó que, efectivamente, el jabón estaba a treinta y nueve.
Le devolvieron tres pesos.
Catarino guardó las monedas con satisfacción.
Al salir del supermercado me atreví a preguntarle:
—¿Todo eso por tres pesos?
—No son los tres pesos.
—¿Entonces?
—Es el principio.
Nunca he conocido a un adulto que pierda tres pesos y no diga exactamente eso.
De regreso a casa pasamos frente a una tienda. Catarino entró y salió con dos refrescos.
Me dio uno.
—¿Y eso?
—¿Qué?
—Mi abuela dijo que no compraras pendejadas.
Abrió su refresco.
—Esto no es una pendejada.
—¿Entonces qué es?
Tomó un trago.
—Un gusto.
—¿Y cuál es la diferencia?
Catarino siguió caminando.
—Que las pendejadas las compran los demás y los gustos los compra uno.
Esa explicación no me pareció bastante conveniente, pero tenía sed.
Llegamos a la casa y mi abuela comenzó a sacar las cosas de las bolsas. Revisó los huevos, el shampoo, el aceite, el cereal, el jabón y finalmente levantó el papel de baño.
—¿Por qué compraste este?
Catarino dejó de sonreír.
—¿Qué tiene?
—Está muy caro.
—Pero el otro raspa.
Mi abuela lo miró varios segundos.
—¿Y tú cómo sabes?
Catarino volteó hacia mí.
—La experiencia, ma.
Mi abuela negó con la cabeza y siguió guardando las cosas.
Aquella noche pensé mucho en el dinero. Durante años había esperado crecer para poder comprar todo lo que quisiera. Nadie me había explicado que, cuando finalmente tuviera edad para hacerlo, probablemente ya no querría un videojuego: estaría comparando el precio del aceite, reclamando tres pesos en una caja y sintiendo una felicidad incomprensible porque el detergente estaba al dos por uno.
—Tío —le pregunté antes de irme a dormir—, ¿entonces de grande nunca voy a tener dinero?
Catarino apagó la televisión y se quedó pensando.
—Sí vas a tener.
—¿Mucho?
—No sé.
—¿Y qué voy a hacer con él?
Sonrió.
—Pagar cosas.
—¿Y con lo que sobre?
—Ahí está el truco, Pánfilo.
—¿Cuál?
—Que nunca debe sobrarte; si eso pasa, entonces hiciste mal las cuentas.
Creí que estaba bromeando.
Ahora que pago mis propias cuentas, sospecho que aquella fue una de las pocas veces que Catarino habló completamente en serio.