De los otros tiempos del tren y sus estaciones en Saltillo / 2
Saltillo ya era una ciudad bonita visitada por turistas por su buen clima, pero a partir de la facilidad de viajar, que representaba el ferrocarril, se fortaleció el turismo y las familias enteras lo visitaban con frecuencia
La introducción del ferrocarril modificó el ritmo de crecimiento en Saltillo y aceleró su desarrollo económico. Su historia inicia en 1883 con la llegada del primer tren, un acontecimiento que registró y festejó toda la región. Saltillo se había desarrollado localmente, pero en algún momento su posición geográfica favorable para evitar rodeos, acortar distancias y, consecuentemente, ahorrar en los costos de producción y distribución de mercancías, lo convirtió un punto estratégico para conectar los centros de producción mexicanos con el mercado de Estados Unidos.
La construcción del ferrocarril en México en el siglo 19, representó un esfuerzo enorme. No era sólo poner un tren sobre un riel, sino crear una gran empresa que debía encargarse de trazar los caminos de hierro y asegurarse de obtener los durmientes de madera y las vías de acero suficientes para construirlos, tanto como de la adquisición, mantenimiento y reparación de las máquinas, vagones y furgones, el manejo de herramienta y maquinaria, la capacitación de conductores, maquinistas, técnicos y personal de servicio y, posteriormente, el buen funcionamiento de ese medio de transporte nacional, aunado a un sinfín de aspectos, en los cuales la administración ocupaba un lugar primordial.
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El tren vino a favorecer el crecimiento del comercio y de las actividades y oficios artesanales en Saltillo, propiciados por la facilidad de la transportación que ofrecía la época, especialmente el ferrocarril, pues antes de su introducción, los pocos caminos eran intransitables y las carreteras inexistentes. Para 1886, el número de visitantes y extranjeros residentes en Saltillo había aumentado notablemente, según lo hace notar El Observador, un periódico de San Antonio, Texas, cuyo texto fue reproducido por El Coahuilense el 15 de septiembre de ese año, donde afirma que antes del ferrocarril, Saltillo ya era una ciudad bonita visitada por turistas por su buen clima, pero a partir de la facilidad de viajar, que representaba el ferrocarril, se fortaleció el turismo y las familias enteras lo visitaban con frecuencia. En 1889, un informe a la Secretaría de Fomento, que guarda el Archivo Municipal de Saltillo, afirma que, en el Distrito del Centro del Estado de Coahuila, integrado por los municipios de Saltillo, Arteaga, Ramos Arizpe y General Cepeda, había un total de 45 mil habitantes, a los que se sumaban 300 extranjeros: 100 de la raza latina y 200 sajones. Lo anterior indica que el turismo ocasional se había vuelto asentamiento o residencia, temporal o permanente, de extranjeros en la región.
Parte importante de la obra ferroviaria en el país fue la construcción de oficinas y talleres, así como las estaciones de pasajeros. Estas últimas vinieron a agregarse a los típicos espacios de reunión de personas que, a fines del siglo 19 y primera mitad del 20, fueron los templos, las plazas, las tiendas y trastiendas y hasta las cantinas de una población, por pequeña que fuese, y donde cualquier desconocido podía llegar en busca de información. Esos lugares fueron espacios de reunión de los amigos o conocidos que acudían a oír la lectura del periódico recién llegado de la capital o en busca de las noticias del momento, es decir, el último chisme de la población, o simplemente, un lugar al que se asistía a ver personas.
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Las estaciones, a veces un punto en medio de la nada en donde el tren debía detenerse para carga y descarga de pasajeros, mercancía, paquetes y correspondencia, constituyeron un lugar de reunión de gente, conocida o no: alguno que acudía a recibir a un viajero o quizá un viajero que esperaba a ser recogido por otra persona, quizá un pasajero anónimo que debía abordar un tren que nunca llegó, también podía ser un escenario del encuentro de viejos conocidos o familiares que no se habían visto en mucho tiempo... Muchas razones pueden aducirse para recuperar antiguas y pequeñas estaciones insertadas en determinados paisajes urbanos, como también muchas razones para construir o remodelar otras, según su ubicación, el tipo de pasajero y el tiempo que debe permanecer en ellas y, por supuesto, añadirles todas las “amenidades” que acompañan al pasajero actual.