De padre abnegado, pero madre ausente
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Lo alarmante es la pobre explicación de Ebrard, la falta de reconocimiento, el chantaje y hasta la indignación que se inventa
Padre no es el que engendra... Padre es quedarte a vivir medio año en Londres, con todos los gastos pagados en la sede de la Embajada de México, sin tener que tender tu cama siquiera porque, además de cocinera y mayordomo, tienes a dos personas dedicadas exclusivamente a la limpieza.
¡Eso es vida! Eso y no la cochina rutina a la que está usted condenado hasta el día de su retiro, ya cuando no le queden ánimos ni energía para disfrutar del último tirón que le quede en este mundo. ¡No acepte imitaciones!
La buena noticia es que es una posibilidad al alcance de cualquier mexicano que desee estudiar una maestría en el extranjero, sólo necesitamos una carta firmada por nuestro padre o tutor dirigida al titular diplomático en turno, en la que se detallen los motivos de nuestra estancia, la duración aproximada y nuestros requerimientos especiales.
Por ejemplo: “Al niño le caen pesados los lácteos y lo ponen pedorro. Favor de avisar al personal que hay que hacerle su batido con leche de avena, preferentemente”.
Y así. Una vez enterado, el embajador seguramente tendrá cero empachos y muchísimo gusto en recibirnos para dar inicio a una feliz y provechosa residencia.
Pequeño detalle... Me informan que es menester adicional, además de la credencial del INE vigente y dos fotografías tamaño infantil, que tu papá sea el secretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de la República (o, en su defecto, su superior).
De lo contrario, es muy posible que su solicitud sea declinada (¡con la pena!) y que en su triste, aldeana y re-plebeya vida vaya usted a conocer jamás por dentro ninguna de las embajadas de México en el extranjero.
Con mucha suerte, si ha tenido la fortuna de turistear fuera del país, quizás conozca la fachada de alguna de las residencias del cuerpo diplomático mexicano, pegado al barandal, cual niño dickensiano mirando el aparador de una rosticería. Pero dudo bastante que a cualquiera de nosotros nos inviten siquiera a un brindis para inaugurar una exposición pictórica o a una recepción del embajador, nomás para comprobar si de verdad le gusta agasajar a sus invitados con Ferrero Rocher.
No obstante las catástrofes ambientales cortesía de Pemex, o la crisis humanitaria que está por declararse en México, incluso pese a la guerra en Irán, el excanciller, hoy secretario de Economía, Marcelo Ebrard, se llevó de calle el Gol, Error y Figura como lo más destacado de las noticias de la semana pasada.
¿Es el escándalo por influyentismo más grande de que tengamos registro?
¡Obvio que no! Ni siquiera pinta entre los más onerosos de la era de la Transformación, ni ocupa un lugar en el top 10 de actos de corrupción de la administración Sheinbaum. Pero son los detalles los que aderezan este nuevo desaguisado.
Ebrard reconoció públicamente los hechos desde el púlpito mañanero; lo que no reconoce, sin embargo, es haber incurrido en falta o delito alguno.
“¡Ah, bueno!”, dijo el artículo 134 constitucional, “yo chingo a mi madre entonces!”.
Y eso es lo grave del asunto: el no reconocer la comisión de un delito ni conflicto de ninguna índole. Pero ya volveremos a ello.
Marcelo jugó al chantaje por partida doble: nos pintó la del “papá abnegado” que haría lo que fuese por su retoño y no se avergüenza por el agandalle rampante.
Y luego nos echó en cara las vacunas para el COVID (¿se acuerda usted cómo en pandemia hasta salió el pobre Chelo cargando una hielera de tamales a manera de ensayo, un par de días antes de la llegada del verdadero medicamento, nomás para mandar cuanto antes una imagen triunfalista a los medios?). Bueno, se supone que debemos vivir en perpetuo agradecimiento con “El Gordo” Ebrard por el detallazo de “procurarnos” lo mínimo que el Estado nos debe garantizar.
¡Perdón! No sabíamos que con esa encomienda se reservaba el derecho de incurrir en cualquier abuso o exceso del poder sin poderlo cuestionar al respecto.
Lo más gracioso es que la estancia del junior llegó a su fin no por una decisión personal o por un súbito ataque de pudor y decencia, sino porque la madre del “nepo” y exesposa del hoy titular de Economía, Francesca Ramos Morgan, se molestó mucho con la servidumbre de la Embajada y habría pedido el despido de la cocinera.
La entonces embajadora, Josefa González Blanco Ortiz Mena (así es, ¡cuatro apellidos! ¿Usted cuántos tiene, triste vasallo?), dijo: “Como que ya fue ahora sí mucho encaje, ¿no? Está bien que vivan aquí de gorra, pero a la señito de la cocina me la tratan bien, que no es fácil luego encontrar muchacha”.
Esta desavenencia entre la embajadora que dice “septemba” y la expareja de la corcholata más pisoteada, habría terminado con la permanencia del pobrecito nene, que ahorita ya anda en sus 30.
La ley es más que clara al respecto, no deja atisbo de duda ni deseándolo. Pero es la misma historia de siempre: recursos públicos, costeados con el trabajo y los impuestos de todos los mexicanos, al servicio de la casta más podrida y privilegiada de la clase política mexicana. Es noticia, pero no es novedad.
Lo alarmante es la pobre explicación, la falta de reconocimiento, el chantaje y hasta la indignación que Ebrard se inventa. Poco le faltó decirnos: “¡Todavía que uno les busca sus vacunas para que no se mueran, perros, y me salen con estas chingaderas!”. (No lo dijo directamente, pero un balbuceante Ciro Gómez Leyva lo dijo por él).
Pero lo medular ya no es el acto de corrupción en sí, sino la total desconexión entre las palabras de Ebrard con los hechos, con el mínimo arrepentimiento y no digamos ya con los valores y principios que supuestamente defiende su movimiento.
Y no es por el descaro en sí, que el cinismo institucional es algo a lo que ya estamos bien acostumbrados. Es la comprobación de lo baja que está la vara y el paupérrimo valor de la palabra pública, el ínfimo nivel de diálogo.
Vamos, que ya con que parezcan oraciones semánticamente coherentes pasan por declaración; no importa si se ajustan a la realidad, al derecho, a los hechos o a la moral. Con que parezca que están declarando algo en serio, llenan el tiempo en la Mañanera, cubren el espacio en medios, saben que serán la comidilla un par de días... ¡Y a otra cosa!
¡Pero el tipo era presidenciable, por Dios! Y hoy se conforma con largar unas excusas pueriles y huecas, nomás para sortear el episodio, muy a lo Trump (el otro gran referente de la incoherencia como política de Estado).
Esto puede significar la muerte de la carrera política de Marcelo y sería lo de menos. Lo penoso es la muerte de lo que les quedaba de decoro, vergüenza y de capacidad de diálogo para rendir cuentas de nuestras instituciones.
Parafraseando el inicio de este texto: Madre no es la que da a luz... Madre es la que le anda haciendo falta a esta manga de conchudos caradura.