Democracia sin ciudadanas y ciudadanos

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Opinión
/ 6 marzo 2026

Esta semana, el gobierno federal presentó su reforma electoral. Diez puntos. Once artículos constitucionales. Una promesa: más democracia participativa.

Suena bien. Que la gente decida. Que las ciudadanas y los ciudadanos elijan. Que ya no sean las cúpulas de los partidos las que pongan las listas. Que en los municipios se pueda votar electrónicamente para decidir en qué se gasta el presupuesto. Todo eso suena a avance.

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Pero hay un problema que nadie está mencionando: ¿quién va a ejercer esa democracia participativa?

En el ciclo escolar 2024-2025, 864 mil estudiantes abandonaron la escuela en México. De esos, 639 mil eran de preparatoria. Más del 30% de las y los jóvenes que entran al bachillerato no lo terminan. En la Ciudad de México, solo 46 de cada 100 niñas y niños que empiezan la primaria logran terminar una carrera universitaria. En Chiapas, la cifra es 10.

Diez.

Y queremos democracia participativa.

No es que esté en contra de que la gente decida. Estoy en contra de que nos vendamos una fantasía democrática mientras desmantelamos las condiciones que la hacen posible. La democracia no funciona con ciudadanas y ciudadanos que no tuvieron la oportunidad de formarse. No es un acto de fe. Es un ejercicio que requiere información, criterio y pensamiento crítico. Requiere escuela.

Pero no es solo el problema de menos niñas y niños en las aulas. También está el problema de cómo les enseñamos educación cívica cuando llegan. En México, la formación ciudadana sigue siendo, en demasiadas escuelas, un ejercicio de memoria: fechas, nombres, artículos constitucionales que se recitan y se olvidan. No se aprende educación cívica haciendo planas ni recortando una estampa. Se aprende viviendo los valores cívicos. Entendiendo que la única forma de construir convivencia pacífica es aprendiendo a dialogar, a escuchar, a ponernos de acuerdo. Una niña o un niño que nunca ha practicado el desacuerdo respetuoso no va a convertirse en una ciudadana o ciudadano que sepa ejercer una democracia participativa, por mucho que la Constitución se lo garantice.

La reforma también transforma la integración del Congreso. En el Senado, el cambio es el más drástico: de 128 senadores se pasa a 96, eliminando completamente las 32 senadurías de representación proporcional. En la Cámara de Diputados se mantienen los 500 escaños, pero cambia cómo se asignan los 200 plurinominales: 100 irían a las candidatas y candidatos que no ganaron su distrito pero obtuvieron los mejores porcentajes dentro de su partido, y otros 100 se elegirían por votación directa en cinco circunscripciones regionales. El argumento es que así ya no serán las cúpulas las que decidan las listas.

Entiendo el argumento. Pero los plurinominales no son solo un mecanismo de cuotas partidarias. Son el espacio donde llegan al Congreso los perfiles técnicos, las especialistas y los especialistas, las legisladoras y los legisladores que difícilmente ganarían una elección popular pero que saben de presupuesto, de salud, de derecho internacional, de medio ambiente. Sin ellos, el Congreso se convierte en un concurso de popularidad. Y ya vimos lo que pasa cuando la tómbola sustituye al mérito.

Un país tan diverso y complejo como México necesita un Congreso que refleje esa complejidad. No uno que la simplifique.

Hay algo más que preocupa, aunque en la versión final que llegó a la Cámara ya no aparece como eliminación directa: el PREP. La reforma no lo toca en el texto constitucional, pero sí propone que los cómputos distritales comiencen la misma noche de la elección. Si eso se aprueba, la siguiente parada obligada es modificar la ley secundaria donde vive el PREP. La propia presidenta dijo que su eliminación “no es tan relevante”. Esa frase debería preocuparnos. El PREP no es un trámite burocrático. Es la herramienta que le da al país certeza la noche de cada elección. Nos costó décadas construirla. Que se considere prescindible dice mucho sobre cómo se está pensando esta reforma.

Llevo 16 años trabajando en educación cívica con niñas y niños. Les enseñamos qué es un gobierno, cómo funciona un presupuesto, por qué importa votar, qué derechos tienen. Lo hacemos porque creemos que la democracia se construye desde la infancia. Pero cada año vemos cómo llegan menos niñas y niños a las aulas. Cómo las escuelas públicas pierden matrícula. Cómo la preparatoria se ha convertido en un filtro que expulsa a un tercio de las y los jóvenes.

La democracia participativa no se decreta con una reforma. Se construye con educación. Y no con cualquier educación: con una que enseñe a las niñas y los niños a pensar, a dialogar, a disentir con respeto, a entender que los acuerdos se construyen, no se imponen.

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No estoy en contra de esta reforma electoral. Estoy en contra de que se presente como una transformación democrática sin que la educación cívica ocupe un solo renglón de la discusión. Si queremos ciudadanas y ciudadanos que participen, que decidan, que exijan, primero hay que formarlos y formarlas. Y eso no pasa en las urnas. Pasa en las aulas, en los patios de las escuelas, en cada momento en que una niña o un niño aprende que su voz importa y que tiene la responsabilidad de usarla bien.

La pregunta que le hago al Congreso, mientras analiza esta reforma, es simple: ¿dónde está la educación cívica en este debate? Porque si vamos a rediseñar la democracia mexicana, hagámoslo desde la raíz. Y la raíz no está en los plurinominales ni en el PREP. Está en los salones de clase.

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