Deportaciones desde EU: Coahuila, el más afectado

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Opinión
/ 5 marzo 2026

No se trata simplemente de ser ‘empáticos’ con nuestros paisanos, sino de comprender que su compleja situación demanda respuestas igualmente complejas

No constituye novedad el escuchar que el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca se ha traducido, entre otras cosas, en una catarata de deportaciones que han afectado a los ciudadanos de muchos países del mundo, entre ellos México. Pero que los deportados originarios de Coahuila sean el grupo que registra el mayor crecimiento en el volumen de deportaciones desde Estados Unidos sí es un dato inesperado... por decir lo menos.

Y esto es así, porque la nuestra no se ubica entre las entidades que mayores volúmenes de ciudadanos expulsan.

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El fenómeno demanda, por ello, un análisis puntual, no solamente porque las estadísticas muestran un repunte que se antoja inesperado, sino porque la repatriación de paisanos exige respuestas gubernamentales que no necesariamente son eficaces ni eficientes.

Porque cuando hablamos de los migrantes mexicanos que están siendo expulsados desde el vecino país, a partir de la política xenófoba de Donald Trump, estamos hablando, en muchos de los casos, de personas que habían construido un proyecto de vida allende el Bravo.

En efecto, de acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Migración, un número importante de los coahuilenses que han sido retornados al país, durante los primeros 14 meses de la segunda administración Trump, son personas que llevaban varios años viviendo en territorio estadounidense.

Tal hecho implica que son personas que requieren un conjunto de apoyos que les permitan, en primerísimo lugar, reconstruir lazos con sus propias familias, pues aun cuando no hubieran perdido el contacto, existe una diferencia importante entre mantenerse comunicados y reconstruir la convivencia cotidiana.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta que estamos hablando de personas que, aun cuando sus raíces sean mexicanas y, por ende, hablen el idioma español y conozcan los elementos de la cultura nacional, se han desenvuelto en un contexto distinto por largo tiempo.

El caso de los niños es todavía más complejo, pues muchos de los repatriados son menores que, aunque hayan abrevado desde sus primeros días la cultura mexicana, nunca habían vivido en nuestro país. Su “mexicanidad” es una de carácter peculiar y ello implica que deberán adaptarse.

Todos estos elementos representan un reto para las familias y los vecinos de quienes han sido regresados de manera forzosa al país, pero también para quienes tienen responsabilidades gubernamentales. No se trata simplemente de ser “empáticos” con nuestros paisanos, sino de comprender que su compleja situación demanda respuestas igualmente complejas.

Cabría esperar en este sentido que las autoridades locales, en conjunto con las federales, se hagan cargo de tal realidad más allá del asistencialismo y de eso a lo que solemos llamar “ayuda humanitaria”, porque nuestros paisanos requieren mucho más que eso.

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