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El bikini

Opinión
/ 9 enero 2022
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Bolito y su esposa Gorgolota estaban recostados en sendos camastros de la alberca del hotel cuando pasó frente a ellos una escultural muchacha

En todo el restorán se oyó la bofetada que la linda mesera le propinó a Babalucas. Acudió con premura el gerente del establecimiento y le preguntó al aturrullado cliente: “¿Qué sucedió, caballero?”. “No lo entiendo –respondió él–. Todo lo que hice fue pedirle a la mesera que me diera el fundillo”. “Gran majadería es ésa –se indignó el gerente–. Bien merecido tiene usted el soplamocos”. Babalucas se defendió: “Si es gran majadería ¿entonces por qué la palabra viene en el menú?”. “¿Dónde? –se sorprendió el otro–. Babalucas le señaló la línea. La vio el gerente y dijo: “Ah, vaya. Pero la palabra se pronuncia ‘fondiú’”... La mercadotecnia tiene razones que la razón no conoce. A mediados del pasado siglo los fabricantes de aceites bronceadores y cremas protectoras contra el sol empezaron a notar que las ventas de sus productos aumentaban sin explicación alguna. Lo inexplicable, sin embargo, termina siempre por explicarse. En 1946 había aparecido el bikini, nombrado así por un atolón perdido en el Pacífico cuyo alejamiento de todo había sido provechado por los Estados Unidos para probar una de sus bombas. Bomba también fue esa diminuta prenda, que no tardó en ponerse de moda. Su pequeñez dejó al descubierto una superficie mayor del cuerpo femenino, y eso causó a su vez un mayor gasto de aceites y de cremas. Ahí estaba la explicación de aquel fenómeno mercadotécnico que parecía inexplicable. No hay prenda de vestir –o de desvestir– que exprese con claridad mayor el gozo de vivir que el bikini. Una chica en bikini es mucho más sensual, incitante y atractiva que otra en una playa nudista. Pero todo esto es digresión inane. A lo que voy es a contar que don Bolito y su esposa Gorgolota estaban recostados en sendos camastros de la alberca del hotel cuando pasó frente a ellos una escultural muchacha luciendo un mínimo bikini que apenas cubría sus encantos anteriores, y los posteriores ni siquiera los cubría. Don Bolito no pudo menos que seguirla con la mirada. (Y con todo lo demás la habría seguido de no haber estado ahí su cónyuge). “Repórtate, Bolo –se molestó doña Gorgolota–. Dime: ¿qué tiene ella que no tenga yo?”. “Tiene lo mismo, cielo –respondió con mansedumbre don Bolito–, pero tú lo has tenido 40 años más”... Dulciflor, joven ingenua, les informó a sus papás que estaba un poquitito embarazada. “¿Cómo sucedió eso?” –se consternó la madre–. “Ya sabemos cómo sucedió –acotó con enojo el genitor–. Lo que me gustaría saber es por qué sucedió”. Explicó la muchacha: “Es que tengo un impedimento del habla”. “¿Qué impedimento es ése?” –receló el señor–. Contestó Dulciflor. “No sé decir que no”... El gran sacerdote maya les informó a sus compañeros: “He decidido cambiar el ritual, muchachos. En adelante a las vírgenes las traeremos con nosotros, y a los dioses del cenote les arrojaremos unas galletitas”... El primogénito del jefe piel roja estaba al borde de un insondable precipicio contemplando el paisaje que se extendía ante él. Con silenciosos pasos llegó por atrás Ciervo Blanco, indio medio cabrón, e hizo como que lo empujaba al vacío. Con una carcajada le dijo: “¿Verdad que te saqué un susto, hijo de Toro Sentado?”. Contestó, rencoroso, el muchacho: “Sí, hijo de tu tiznada madre”... La maestra les pidió a los niños que dijeran lo que estaban haciendo por la Patria. Juanito dijo: “Yo estudio mis lecciones”. Rosilita declaró: “Yo procuro no malgastar el agua”. Pepito alzó la mano. “Yo le doy hijos a la Patria”. “¡Cómo!” –se asombró la profesora–. “Sí –confirmó Pepito, orgulloso–. Mi papá tiene una farmacia, y cuando no me ve saco los condones de su caja y les hago un agujerito”... FIN.

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