El Elemento

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Opinión
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En agosto de 2020 falleció Sir Ken Robinson, un educador muy influyente de nuestro tiempo. En febrero de 2006 había pronunciado una extraordinaria conferencia TED titulada “¿Las escuelas matan la creatividad?”. La charla se convirtió en una de las más vistas de esa plataforma. Sería conveniente que la observaran no solamente los docentes, sino también —y, sobre todo— los padres de familia.

Con inteligencia, humor y claridad demoledora, Robinson puso el dedo en la llaga de las instituciones educativas. Planteó algo inquietante: los sistemas educativos, en lugar de cultivar la creatividad natural de los niños, terminan por debilitarla, inclusive pueden llegar a destruirla.

https://vanguardia.com.mx/opinion/sin-perder-el-alma-DD22126588

Comento lo anterior porque recientemente releí El Elemento, escrito por Ken Robinson. El libro parte de una idea poderosa: encontramos nuestro Elemento cuando coinciden aquello para lo que poseemos una aptitud natural y aquello que verdaderamente nos apasiona.

EN UN MINUTO...

Robinson narra la historia de una pequeña alumna que dibujaba durante la clase de arte. La profesora se acercó y le preguntó: —¿Qué estás dibujando? —Estoy dibujando a Dios —respondió la pequeña. La maestra le explicó que nadie sabía cómo era Dios. La niña contestó: —No se preocupe; en un minuto lo van a saber.

La anécdota expresa la extraordinaria creatividad de los niños. Para ellos, lo imposible todavía no ha sido decretado. No conocen todas las respuestas, pero tampoco han aprendido a temerles a las preguntas.

El problema surge cuando los adultos y la propia escuela —generalmente sin intención— comienzan a colocar límites, imponer respuestas y enseñar que solamente existe una forma correcta de mirar el mundo.

TRANSFORMACIÓN

Robinson argumentaba que desconocemos cómo será el mundo dentro de cinco años. Sin embargo, insistimos en educar como si el futuro fuera una prolongación del pasado, como si fuese una “fábrica” de producción.

La inteligencia artificial, las redes sociales, la automatización y las nuevas tecnologías están transformando el trabajo, las profesiones y la manera de aprender. Las competencias cambian con rapidez, mientras muchos sistemas educativos continúan utilizando métodos diseñados para un mundo que, sencillamente, ya no existe.

En México, la situación se torna más grave. Buena parte de nuestra educación permanece anclada en el pasado y dedica poco tiempo a explorar las posibilidades del futuro.

Su propuesta es contundente: la creatividad debe ocupar en la educación un nivel de importancia semejante al de la alfabetización, las matemáticas y las ciencias.

Esto no significa restarles importancia a los conocimientos fundamentales. Significa comprender que saber leer, escribir o calcular no basta cuando una persona carece de iniciativa, pensamiento crítico y capacidad para resolver problemas nuevos.

ASÍ...

Robinson retomaba una idea atribuida a Pablo Picasso: todos los niños nacen artistas; el problema consiste en seguir siéndolo mientras crecen.

Los niños pequeños no tienen miedo de intentar. Cuando desconocen algo, inventan. Cuando una solución no funciona, buscan otra. Todavía no han aprendido a avergonzarse de sus errores.

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Desgraciadamente, una parte importante de la educación escolarizada premia la respuesta correcta, castiga la desviación y reduce el aprendizaje a la posibilidad de aprobar.

Sostenía que la educación occidental conservaba una pesada herencia industrial. Una idea rectora consistía en considerar que determinados conocimientos eran más útiles para conseguir trabajo. De ahí provienen frases como: “No estudies música porque te vas a morir de hambre” o “elige una carrera de verdad”.

La segunda es que la habilidad académica representa la forma superior de inteligencia. Como las universidades fueron diseñadas bajo este concepto, las escuelas terminaron organizándose para preparar estudiantes que pudieran ingresar en ellas. El resultado es profundamente injusto.

Personas brillantes llegan a creer que no lo son porque sus capacidades no fueron valoradas por la escuela. En ocasiones no solamente fueron ignoradas, sino ridiculizadas o estigmatizadas.

Al estandarizar la educación bajo expresiones como “así se hace”, “esa es la única respuesta” o “no se aceptan errores”, terminamos por aniquilar competencias necesarias para enfrentar el futuro. Queremos pensamiento crítico, pero premiamos la repetición.

RECONOCER

Los títulos universitarios siguen siendo importantes, pero ya no garantizan por sí solos un empleo ni un nivel de vida digna. Cada vez se solicitan mayores credenciales para funciones que antes requerían una licenciatura. Aparece así una inflación académica: se exige una maestría, después un doctorado y, posteriormente, certificaciones adicionales.

No se trata de despreciar la universidad, sino de comprender que el título no sustituye al talento, la disciplina, la creatividad ni la capacidad para resolver problemas. También deberíamos reconocer la dignidad de los oficios y las diversas inteligencias que se manifiestan en ellos.

Robinson sostenía que la inteligencia humana es diversa, dinámica y particular. Para ilustrarlo narró una historia extraordinaria.

FUERA DE SERIE

Gillian era una niña inquieta. Sus tareas escolares eran deficientes y tenía dificultades para permanecer sentada. Se movía continuamente e interrumpía a sus compañeros. Sus profesores concluyeron que tenía problemas de aprendizaje y quizá debería acudir a una institución especial. Para la escuela, aquella niña representaba un problema. Para su familia, la noticia resultó devastadora.

Angustiada, su madre la llevó con un especialista. Durante la consulta, el hombre habló con la madre mientras observaba a Gillian. Después explicó que necesitaba conversar en privado con ella. Antes de salir, encendió la radio.

Desde otro espacio, ambos observaron a la niña. En cuanto comenzó la música, Gillian se levantó y empezó a moverse siguiendo el ritmo. Sus movimientos eran naturales, armónicos y llenos de alegría. No estaba molestando. Estaba bailando. No estaba desatenta. Estaba escuchando con todo el cuerpo. No carecía de inteligencia. Poseía una inteligencia que la escuela no sabía reconocer.

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Entonces el especialista le dijo a la madre: —Su hija no está enferma. Su hija es bailarina. Llévela a una escuela de danza. La madre siguió el consejo. Gillian Lynne inició su formación artística y llegó a convertirse en una extraordinaria bailarina, directora y coreógrafa.

Al paso del tiempo, Gillian participó en el Sadler’s Wells Ballet y desarrolló una carrera monumental en el teatro musical. Fue responsable de las coreografías de Cats y El fantasma de la ópera.

La niña cuyo futuro parecía estar en peligro terminó convirtiéndose en una de las grandes coreógrafas del teatro contemporáneo. Todo comenzó porque una persona no se limitó a observar su conducta. La miró profundamente. No vio solamente a una niña que se movía demasiado; descubrió a una bailarina que necesitaba moverse. No le preguntó qué tenía de malo. Se preguntó qué había de extraordinario dentro de ella.

¿TDAH?

Con frecuencia se utiliza esta historia para afirmar que Gillian habría sido diagnosticada con trastorno por déficit de atención e hiperactividad y medicada para mantenerla quieta.

La reflexión debe formularse con cuidado. El TDAH es una condición real que requiere evaluación profesional. Algunos niños necesitan acompañamiento clínico y, en determinados casos, tratamiento médico. No sería responsable negar esa realidad ni desacreditar tratamientos que pueden mejorar sus vidas.

La enseñanza de la historia es otra. Antes de etiquetar a un niño, debemos observarlo integralmente. Antes de reducir su comportamiento a un problema, debemos preguntarnos si existe un talento que no hemos sabido identificar.

Antes de exigirle que se adapte al sistema, quizá tendríamos que preguntarnos si el sistema sabe responder a su singularidad. Gillian nunca fue tonta. Necesitaba que alguien descubriera su don y la impulsara.

DEJAR SER

Es urgente cambiar la manera en que educamos. Necesitamos un sistema educativo que posibilite la creatividad en lugar de oscurecerla; que descubra el talento en vez de uniformarlo; que reconozca las diferencias sin convertirlas en deficiencias.

Cuando una escuela no comprende el talento natural de un estudiante, corre el riesgo de apagar su vocación, debilitar su confianza y cerrar las puertas de un futuro extraordinario. Educar no significa fabricar personas semejantes. Significa ayudar a cada ser humano a descubrir aquello que puede llegar a ser.

El docente verdadero no es solamente quien transmite conocimientos. Es quien observa con profundidad, reconoce posibilidades y ayuda a que el alumno encuentre su propio Elemento. Es decir, es un “descubridor”.

Quizá la gran transformación educativa no comience con nuevos programas, tecnologías o reformas administrativas. Quizá comience con una pregunta sencilla: ¿Qué talento existe frente a nosotros y todavía no hemos aprendido a mirar?

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Al romper con la tiranía de la uniformidad, devolveríamos a los niños y jóvenes la libertad de imaginar, crear, equivocarse, aprender y construir su propio camino.

En el fondo, solamente buscan algo profundamente humano: tener la oportunidad de ser ellos mismos para florecer, brillar y asombrar a propios y extraños desde su mismísimo “Elemento”.

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