El futuro que habitamos
El compromiso de antaño de adquirir una casa para toda la vida quedó atrás para los miembros de las siguientes generaciones
Hay una suerte de fascinación por lo que está a la vuelta de la esquina. El misterio de lo que hay más allá siempre ha atraído la atención. Si al pasado viajamos con mucha frecuencia para tratar de encontrar un refugio de lo que hemos sido o de lo que ha estado alrededor nuestro para tratar de experimentar, con la bruma azul del recuerdo, las mismas emociones y los mismos sentimientos, con el futuro se establece, en cambio, otro tipo de sensación.
Es la de aquello que se nos permite idealizar. Aquello que todavía no está en nuestras manos, como ocurre con el pasado, y sobre lo cual aún no podamos trabajar. Al futuro se le imagina desde los parámetros con que contamos todos los días, pero también fracturándolos.
No es necesario que coexistan esos elementos del presente con los que vendrán. Hay que mejorarlos o, si está dentro de los planes, incluso eliminarlos.
Así ocurrió con una idea planteada en los años setenta en Japón. Al inicio de esa década, en la Exposición Universal de Osaka, se presentó un modelo arquitectónico de vivienda en el cual se imaginaba cómo sería el siglo 21. Con el mismo estilo que presentaba la caricatura norteamericana “Los Supersónicos”, habría en ella robots asistentes y videollamadas.
Las viviendas, concebidas como un módulo, podrían retirarse de un conglomerado que las aglutinaba, como una nave espacial, cada 25 años para ser sustituidas por otras. Se trataba de edificios cuyas piezas, diminutas casas, podrían montarse y desmontarse.
Así lo diseñaron y así lo construyeron: edificios denominados Nakagin. Nació la idea tras la terrible destrucción de la Segunda Guerra Mundial, para romper con las ideas de los edificios de piedra y ladrillo de larga duración.
Estas viviendas, de diez metros cuadrados, contenían baño, cama y un escritorio plegable, mientras que la tecnología de la época estaba representada en un televisor y reproductor de cintas.
Fue la imposibilidad técnica de poner en la práctica el desmontar las piezas sin lastimar las otras, así como los problemas que derivaban de la cercanía entre sí de las viviendas y sus respectivas necesidades de arreglos y demás mantenimiento, lo que hizo que el proyecto dejara de funcionar.
Referente –no obstante– de la cultura arquitectónica japonesa, dejó para los años en los que ya no pudo tener lugar un modelo ideal de vida para las siguientes generaciones. No sólo en Japón, sino en el mundo entero, la idea de habitar espacios mucho más reducidos se ha convertido en un tema de interés en todas partes.
Así como ha cambiado la dinámica de los viajeros turistas, que antes buscaban las comodidades en un hotel con el esquema de todo incluido y ahora prefieren hospedajes mucho más individualizados y especializados, también ha cambiado la perspectiva de los interesados en adquirir una vivienda.
En esa transformación en Occidente, se encuentran algunas de las ideas que presentaba Japón en su proyecto Nakagin: espacios mucho más pequeños, con apenas lo indispensable para vivir con comodidad.
Si bien en los edificios no se observa la dinámica de aquellas cápsulas reemplazables, lo que sí ocurre es que los potenciales propietarios no se comprometen de por vida con el espacio. Así como llegan a un lugar, así se despiden de él.
El compromiso de antaño de adquirir una casa para toda la vida quedó atrás para los miembros de las siguientes generaciones. Cambiar de casa, mudarse de ciudad, es parte de la transformación de las dinámicas.
Será interesante dar seguimiento a la forma en que se va comportando este movimiento, pues en algunos sentidos aquellas ideas de los setenta llegaron al futuro que ahora habitamos y nos colocan en la perspectiva de una nueva forma de apropiarse de los espacios para vivir.