El partido que se juega en casa

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Opinión
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A todas y a todos se nos puso la piel chinita. El himno nacional retumbando en el Azteca y, después, el Cielito Lindo coreado por miles de gargantas que no se conocían entre sí y que, por un instante, fueron una sola voz. Ese 11 de junio México le recordó al mundo —y se recordó a sí mismo— algo que a veces olvidamos: somos extraordinariamente buenos para organizarnos cuando se trata de la fiesta.

Y precisamente por eso quiero hablar de otra cancha, una que no aparece en la transmisión.

https://vanguardia.com.mx/opinion/la-soberania-dentro-y-fuera-la-ciudadania-JB21201019

Un Mundial no es solo cuarenta y ocho selecciones: son millones de personas moviéndose, dinero, turismo y anonimato concentrados en pocas semanas. En ese terreno crecen dos delitos que se disparan en todos los grandes eventos deportivos: la violencia de género y la trata de personas. No es una sospecha; por eso la ONU, UNICEF y el BID capacitaron a policías, hoteles, aerolíneas y autoridades antes del primer silbatazo. Nadie se entrena para un peligro que no existe. El Mundial está al centro de esta reflexión porque funciona como lupa y como acelerador: pone bajo la mirada del planeta, y en cuestión de semanas, aquello que toleramos el resto del tiempo.

Frente a ese riesgo, la sociedad civil hizo algo padrísimo. Organizaciones como Fin de la Esclavitud, El Pozo de Vida, A21 y SINTRATA, junto con la UNODC y su campaña Corazón Azul, lanzaron It’s a Penalty y Mundial Sin Trata: iniciativas para que cualquier persona —conductoras y conductores, personal de hoteles y de salud, aficionadas y aficionados— aprenda a identificar y reportar la trata a la Línea Nacional contra la Trata (800 55 33 000). Lo hicieron porque el 99 por ciento de los casos pasa desapercibido para las autoridades. Eso también es organizarnos para la fiesta: cuidando a quien la fiesta pone en riesgo.

Pero el telón de fondo no nació con el Mundial. Desde 2003, el INEGI mide este problema con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares; vamos en la quinta edición y los números no mejoran: empeoran. En 2021, 70.1 por ciento de las 50.5 millones de mexicanas de 15 años o más había vivido alguna forma de violencia, por arriba del 66.1 por ciento de 2016. Y el dato que debería detenernos a todas y a todos: casi una de cada dos mujeres —48.8 por ciento— sufrió violencia física, psicológica o sexual antes de los 15 años, muchas veces dentro de su propia familia. El estadio más peligroso no son las gradas; es la casa. El Mundial no inventa esa violencia: la concentra y la acelera.

Hasta aquí, el factor de riesgo. Pero quedarnos en el diagnóstico no alcanza. Hablemos del factor de protección más importante, ese que ningún operativo de seguridad puede instalar de la noche a la mañana: la confianza de las niñas en sí mismas y el poder de su voz.

Una niña que sabe que su palabra vale, que distingue lo que está bien de lo que no, que se atreve a nombrar lo que le incomoda y encuentra a una persona adulta dispuesta a escucharla, está mucho mejor protegida que detrás de cualquier valla. Esa confianza no se decreta. No cabe en un spot ni en un programa electorero que aparece en temporada y se esfuma después. Se construye con constancia, año con año, formando ciudadanas desde la infancia: dándoles la palabra en el aula, tomándolas en serio en casa, enseñándoles que opinar no es desafiar, sino participar.

Y aquí vuelvo al Cielito Lindo. Si fuimos capaces de organizarnos así de bien para la fiesta, y la sociedad civil de organizarse así de bien contra la trata, ¿por qué no habríamos de organizarnos igual para cuidarnos entre todas y todos? Las y los mexicanos llevamos en el ADN la empatía y la resiliencia. Lo demostramos en cada temblor, en cada inundación, en cada Mundial: nos juntamos, nos abrazamos, sacamos lo mejor cuando algo nos rebasa. Esa misma capacidad de unirnos por algo más grande que nosotras y nosotros mismos es la que necesitan nuestras niñas y adolescentes, todos los días, no solo cuando el mundo nos mira.

El partido que se ve nos llena de orgullo, y está bien que así sea. Pero el que de verdad define quiénes somos se juega en otra cancha: la de cada casa, cada aula, cada niña que aprende que su voz importa. Ese partido no tiene árbitro, ni cámara, ni himno. Y, sin embargo, también es una selección nacional.

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