El Mundial: que sea por los niños
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Por ellos y por nosotros. Por los niños que fuimos y por los niños que son nuestros hijos. Por el México que merece alegrías... anhelo que la selección mexicana salte a la cancha del Estadio Azteca el jueves próximo y comience a escribir una historia gloriosa
Hace unos días, el escritor irlandés Paul Howard decía en una hermosa columna que uno va por la vida tratando de evocar la sensación de nuestra primera Copa del Mundo. Para Howard, ese primer Mundial fue España 1982, cuando tenía 11 años. Recuerda haber quedado hipnotizado por la magia de la selección brasileña de Zico y Sócrates, ese campeón sin corona que quedó eliminado mucho antes de poder aspirar al título (por puro virtuosismo, claramente lo merecía). También recuerda repudiar a la selección alemana, con el arquero Schumacher como gran villano, y anhelar el triunfo de la Italia de Paolo Rossi, ese héroe improbable.
Ese Mundial lo enamoró para siempre del futbol.
Yo también tenía 11 años cuando viví la primera Copa del Mundo que recuerdo con nitidez. Fue en 1986. Han pasado cuarenta años y llevo fresco en la memoria cada partido de México. Todavía puedo sentir el estadio vibrar, cantando el himno a cappella. O el grito al unísono con el primer gol del Sheriff Quirarte o la obra de arte del zurdo Negrete. Lloré cuando México perdió en penales en Monterrey contra Alemania. Y luego está Maradona. Fui con mis padres al estadio a ver a Diego contra Inglaterra. Sí: vi los dos goles con mis propios ojos.
El futbol no me ha dejado jamás. Es un vínculo con mi padre, mi hermano, mi esposa (a quien conocí hace veinte años... en una Copa del Mundo) y mis hijos, con mi país y con mi infancia, que uno hace bien en no soltar del todo.
¿Cuántos millones de niños se enamorarán del futbol en este mes mágico que está por comenzar? ¿Cuántos descubrirán la emoción de sentirse parte de un nosotros, con los colores nacionales, nuestras arengas y canciones, los abrazos y la ilusión?
Hace cuarenta años, el país emergía de la herida profunda de los sismos de 1985. Ya había en el aire la sensación del colapso del sistema político priista. México estaba inconforme, dolido e indignado. Y con toda razón. En aquel verano, millones de mexicanos necesitaban una pausa. La encontraron en una selección que los hizo creer durante unas semanas. La posibilidad de ganar la Copa del Mundo era entonces, como sigue siendo hoy, una ilusión improbable. Pero el logro en la cancha era apenas el pretexto. Lo que realmente podía aportar el equipo de Bora era un respiro para un país herido.
Esa es la misma encomienda que tiene hoy la selección de Javier Aguirre.
Los tiempos mexicanos han cambiado, pero no tanto. Seguimos necesitando un antídoto contra nuestro cinismo. Las redes sociales alimentan el pesimismo de ocasión –vende bien enlodar la ilusión–. Pero, en el fondo, los mexicanos seguimos anhelando esa alegría que sólo puede dar la pelota. Millones de niños mexicanos esperan el principio del torneo. Y no sólo dentro de las fronteras geográficas de México. Millones de mexicoamericanos –como Brian Gutiérrez y Obed Vargas– están listos para prender la televisión y vincularse desde el corazón con la tierra de sus padres y sus abuelos. Se vestirán de verde y quizá no querrán quitarse la playera con las grecas mesoamericanas ni para dormir.
Por ellos y por nosotros. Por los niños que fuimos y por los niños que son nuestros hijos. Por el México que merece alegrías... anhelo que la selección mexicana salte a la cancha del Estadio Azteca el jueves próximo y comience a escribir una historia gloriosa.
¿Y si sí?
Caray: imagínense nada más.
Que ruede ya el balón.