El mundo avanzando a energía limpia... y otros queriendo prenderle fuego al pasado
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Hace poco estaba viendo la película de He-Man y Los Amos del Universo, sí, esa icónica joya que pasó casi desapercibida allá en los años 80, con nuestro muy querido Dolph Lundgren (Ivan Drago, el Ruso en Rocky IV) y me llamó la atención una frase que mencionan en la película cuando llegan a la tierra: “Son tan primitivos que tienen que quemar sus fósiles para obtener energía”. Y eso me hace darme cuenta de que mientras medio planeta está mirando al futuro: paneles solares, parques eólicos, baterías gigantes, ciudades inteligentes, autos eléctricos, redes limpias. Hay un grupo de señores con traje, corbata y mentalidad de cavernícola que sigue diciendo: “No, no, no... mejor regresémonos al petróleo, que huele a dinero viejo”.
Y ahí está el contraste más grotesco de nuestra época: el mundo caminando hacia adelante... y otros intentando meter reversa con el hocico lleno de gasolina.
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China, por ejemplo. Ese país que no pide permiso, no hace encuestas morales y no se pasa la vida discutiendo en Twitter si algo “se siente bien”. China no habla de transición energética: la ejecuta. Parques solares tan grandes que desde el espacio parecen un espejo burlándose del pasado. Kilómetros y kilómetros de paneles capturando el sol mientras otros países siguen discutiendo si el cambio climático es real o “una exageración woke”.
Y del otro lado del ring: Estados Unidos, o mejor dicho, una parte de Estados Unidos, con Trump y su discurso de “volver a hacer grande” algo que ya huele a muerto.
Petróleo. Carbón. Perforar más. Quemar más. Exprimir más. Como si el planeta fuera un limón seco... y todavía quisieran chuparle la cáscara.
El petróleo es como ese ex tóxico que no se supera, te engañó, te endeudó, te enfermó y te dejó con traumas... pero ahí sigues diciendo: “Es que antes con él todo era más fácil. “Sí, cabrón, más fácil... y más jodido”. El petróleo fue necesario. Fue útil. Fue parte del crecimiento. Pero seguir aferrado a él hoy no es estrategia: es miedo disfrazado de tradición. Es gente que no quiere soltar el control. Es industria vieja defendiendo privilegios viejos. Es dinero viejo cuidando su cama de petróleo como dragón estreñido.
Por otro lado, las energías renovables no son perfectas. No son mágicas. No son instantáneas. Pero son el futuro que no pide permiso. Hacen algo que el petróleo no puede hacer: mirar hacia adelante sin pedir disculpas. Solar. Eólica. Hidrógeno. Almacenamiento energético. Redes inteligentes. Todo eso no es moda. Es dirección.
Mientras unos invierten en el mañana, otros están vendiendo el ayer como si fuera nostalgia premium.Y lo más cabrón es que muchos lo compran.
Personas como el susodicho y su culto al pasado no venden petróleo, venden una idea más peligrosa: la fantasía de que el pasado puede volver intacto. “Volvamos a cuando quemábamos todo”. “Volvamos a cuando no importaba contaminar”. “Volvamos a cuando la energía era barata... para algunos”. Ese discurso no es energético. Es emocional. Es hablarle al miedo de la gente que no quiere aprender algo nuevo. Que no quiere adaptarse. Que no quiere aceptar que el mundo ya cambió y no va a pedir permiso. El problema no son los individuos como Trump. El problema es la gente que prefiere incendiar el futuro para no incomodarse hoy.
Si logramos ver la energía como metáfora del carácter entonces se viene lo interesante. La energía no es solo electricidad. Es mentalidad. La energía fósil es: extraer hasta agotar. Quemar rápido. Ganar hoy, pagar después. La energía renovable es: invertir primero. Pensar a largo plazo. Ajustar sistemas. Aguantar el proceso. Una es impulsiva. La otra es estratégica. Una es una cita rápida. La otra es una relación a largo plazo. Y el mundo, como siempre, se divide entre los que quieren placer inmediato... y los que están dispuestos a construir algo que dure.
Querido lector, el verdadero miedo no es tecnológico, no nos engañemos: el miedo no es a la tecnología. El miedo es: perder poder. Perder dinero. Perder relevancia. Tener que aprender. Tener que cambiar. Por eso hay tanto berrinche, tanto negacionismo, tanto discurso de “antes era mejor”. No era mejor. Era más simple... porque no sabíamos lo que estábamos rompiendo. Ya lo dijo Mark Dark -Mario Moreno “Cantinflas” para los que lo conocen mejor-: “Estamos peor pero estamos mejor, porque antes estábamos bien pero era mentira. No como ahora, que estamos mal pero es verdad”.
La realidad, la cruda realidad, es que mientras unos discuten, otros avanzan. Mientras unos discuten si las renovables “valen la pena”, otros ya están fabricando. Están exportando, dominando mercado, definiendo estándares. El futuro no espera consenso. Avanza con quien esté dispuesto a moverse. El resto se queda viendo cómo pasa... y luego se queja.
La gran ironía es que los que más defienden el petróleo son los mismos que dicen amar a sus hijos, a su país, a la libertad. Pero prefieren un sistema que contamina, centraliza, depende de pocos pero que controla a muchos. Eso no es amor. Eso es adicción.
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Esto no va solo de China, Trump, Estados Unidos, petróleo o cualquier otro país o recurso en el mundo, renovable o no. Va de qué tipo de persona decidimos ser. La transición energética es un espejo: O seguimos quemando lo viejo porque nos da miedo cambiar o empezamos a construir algo nuevo aunque nos incomode. El futuro no se hereda. Se construye. Y no lo van a construir los que gritan más fuerte, sino los que trabajan más callados. Si queremos un mundo distinto, no esperemos a que los dinosaurios se extingan solos. Hay que empujar, invertir, aprender, exigir, cuestionar. Porque el mañana no se mueve con discursos... se mueve con decisiones. Y hoy, más que nunca, cambiamos la fuente de nuestra energía... o nos quedamos quemándonos con lo mismo de siempre. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
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