Saltillo: Devoción al Santo Cristo de la Capilla a través de los siglos
Observar la imagen del Santo, yacente en medio de la Catedral, colma de emoción religiosa a los fieles
Una gota de agua choca con la piel. Fue producto del roce con una bolsa y llama la atención por la procedencia de la humedad. Mi acompañante pregunta: “¿Está lloviendo?”. La respuesta le llega en forma afirmativa cuando un hombre guía a su madre al umbral de la puerta de Bravo de Catedral.
Él ya lo afirma: “Sí, empezó a llover”. Da indicaciones a su familia de esperar a traer el auto para que su madre pueda subir sin complicaciones. Se va en medio de las gruesas gotas de agua.
Su madre tendrá 80 años, y ella, como él y como cientos de saltillenses, acaba de visitar al Santo Cristo de la Capilla. Es la hora de la veneración: viernes 7 de agosto a las 5:00 de la tarde.
En el atrio esperan miembros de la cofradía Los Caballeros del Santo Cristo, con camisa blanca impecable y con su distintivo rojo alrededor del brazo. Se establece el diálogo entre los amigos: “¿Eres Caballero del Santo Cristo?”, le pregunta una mujer entrada en años a su amigo de juventud. “Sí, y en un ratito más lo llevaremos a la Capilla”. Luce emocionado, como los demás que van llegando y que se forman esperando el traslado.
Observar la imagen del Santo, yacente en medio de la Catedral, colma de emoción religiosa a los fieles. Están ahí desde niños, llevados por sus padres, y estos por los padres de sus padres, hasta llegar al primer y memorioso instante en que los saltillenses sucumbieron ante el Cristo doliente.
Mientras unos sostienen los pulcros algodones para lograr besarlo y después dar con ellos limpieza al área, otros miran atentos a su alrededor. Las mujeres, Damas del Santo Cristo, que flanquean la imagen, aparecen sonrientes. Permanecen en guardia.
Sean cuantos fueren los que tuviesen historias similares a la de nuestro Santo Cristo de la Capilla, lo cierto es que la fragilidad de su presencia, triste, sufriente, vulnerable, ha conquistado el corazón de los saltillenses. Marcado por el dolor, no está, sin embargo, solo.
Le han acompañado miles y miles de devotos que a lo largo de sus vidas han llegado a pedirle un favor y han recibido de él la gracia de verlo concedido.
El ambiente que se vive dentro de la Catedral es de una devoción de voces susurradas. Del sol y una incipiente lluvia de fuera, se penetra en la oscuridad del templo, en medio de una sacramental atmósfera de silencio.
Han cruzado por el umbral generaciones y generaciones de saltillenses, y sigue fascinando una devoción que sobrepasa tiempos y tecnologías. El Santo Cristo está ahí, postrado y humilde, transmitiendo su mensaje de amor, de una compasión que se desborda por los poros de la piel.
El Santo Cristo que llega a todos los niveles sociales: ahí convoca y ahí reúne. Camina dentro la sociedad en pleno, encontrándose, conviviendo alrededor y a propósito de su efigie. Los niños miran con una curiosidad que poco a poco se convertirá en devoción; los ancianos llevan el fervor consigo, levantando la vista como lo hicieran la primera vez.
Ha sido de nuevo llevado a su Capilla. Y ahí, como cada día, desde 1608, cuando decidió quedarse en Saltillo, permanece su rostro y su figura que inspiran ternura, que invitan al mensaje de paz y amor pronunciado hace más de dos mil años.