El pasado como respuesta
Quizá el riesgo más grande no sea que la historia se repita, sino que nos acostumbremos a creer que nuestros mejores años ya ocurrieron
Hay algo inquietante en el momento que vivimos: para muchas personas, el pasado comienza a resultar más atractivo que el futuro. Creímos que nuestros hijos vivirían mejor que nosotros, pero esa expectativa dejó de ser segura. Mientras la tecnología avanza a una velocidad difícil de seguir, la política se llena de promesas de recuperar el orden, la estabilidad o la grandeza de otros tiempos.
En Francia han coincidido estudiantes, sindicatos y chalecos amarillos en las calles; en Madrid, miles protestaron por el acceso a la vivienda; en Guadalajara, vecinos exigieron agua limpia, mientras trabajadores del Seguro Social pidieron mejores condiciones laborales. Al mismo tiempo, varios países de América Latina eligieron gobiernos de derecha y Trump impulsa su agenda nacionalista. Son escenas distintas que nos obligan a revisar lo que esperamos de los gobiernos.
No conviene meterlos en la misma bolsa. Quien marcha por agua en Jalisco no necesariamente piensa como un votante conservador en Chile, ni una protesta sindical anuncia un cambio de ideología. Pero hay una sensación que merece atención: trabajar, cumplir las reglas y participar en la vida pública ya no garantiza que mañana se vivirá mejor. Cuando se pierde esa confianza, cambia también el valor de las promesas políticas.
La historia tiene antecedentes que ayudan a entenderlo. Los años treinta dejaron reformas sociales y también autoritarismos; la inflación de los setenta agotó consensos, y después de 2008 el enojo con las élites impulsó nuevas fuerzas políticas. Karl Polanyi explicó cómo las transformaciones económicas despiertan demandas de protección entre quienes se sienten vulnerables. Esa búsqueda puede traducirse en derechos y servicios públicos, pero también en fronteras cerradas o en figuras que prometen recuperar una autoridad perdida. Las respuestas cambian; la necesidad de seguridad permanece.
Por eso el avance de ciertas derechas y las protestas sociales pueden ocurrir al mismo tiempo. Unos votan por seguridad, otros protestan por salarios y muchos castigan a quien gobierna. Reducirlo a una batalla entre izquierda y derecha impide entender que una parte de la ciudadanía busca, antes que una doctrina, alguien capaz de resolver sus preocupaciones. Cuando los partidos tradicionales dejan de convencer, propuestas antes marginales comienzan a encontrar público.
El malestar tampoco termina en la economía. Una sociedad necesita sentirse parte de algo, confiar en sus vecinos y reconocer instituciones que la representen. El pensamiento comunitarista recuerda que la vida colectiva depende de esos vínculos y de las responsabilidades compartidas. En la encuesta de la OCDE de 2026, sólo el 31 por ciento de los consultados dice sentir que tiene voz en las decisiones políticas. Podemos tener más información que nunca y sentir, al mismo tiempo, que las decisiones importantes se toman lejos de nosotros.
En ese ambiente, la nostalgia encuentra terreno fértil. Regresan modas y símbolos de otras décadas, aunque sería absurdo equipararlos con una elección. Vale la pena preguntarnos por qué idealizamos etapas que también tuvieron problemas. El pasado tiene una ventaja sobre el futuro: podemos seleccionar qué recordar. Del futuro, en cambio, apenas tenemos expectativas; por eso, recuperar lo conocido a veces parece una salida.
La relación entre Estados Unidos y China refleja otra parte del mismo clima. La disputa gira también alrededor del control de industrias, tecnología y recursos estratégicos. Países que defendieron la integración económica vuelven a hablar de soberanía y protección. No es lo mismo una decisión comercial que una manifestación ciudadana, pero ambas muestran cuánto ha crecido el peso de la seguridad en la discusión pública.
En México solemos medir cada protesta según el partido al que beneficia, como si toda inconformidad fuera electoral. Sin embargo, quien exige agua, atención médica o condiciones dignas de trabajo espera algo más concreto que un discurso. Hay que responder antes de que la distancia con la gente se vuelva desconfianza. De poco sirve ganar una discusión política si los problemas que la originaron siguen ahí.
No vivimos otra vez los años treinta, ni los setenta, ni 2008. Nuestro contexto es distinto y el desenlace no está escrito. Estas señales dicen mucho sobre nuestra confianza en el porvenir. Cuando el presente deja de ofrecer certezas, el pasado comienza a parecer una respuesta. Y quizá el riesgo más grande no sea que la historia se repita, sino que nos acostumbremos a creer que nuestros mejores años ya ocurrieron. Una sociedad que deja de imaginar un futuro mejor siempre encontrará a alguien dispuesto a venderle su versión del pasado.