El privilegio del bufón
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No parecen entender que cuando el humor viene de un gobierno se anula en automático, se vuelve rancio porque es para defender a los privilegiados
Durante siglos, el poder ha respetado un pacto no escrito con el humorismo: “Tú haz tu crítica, alégrales un poco la vida a los infelices aldeanos (que al menos sientan en su fuero interno que en algo están por encima de la élite) y no me des mucha lata... Con suerte y hasta te hago bufón real”.
Desde luego, cada régimen y gobernante establece los límites para hacer bromas a costillas de sus preciosas majestades. Hoy en China, por ejemplo, hay 0.002 por ciento de tolerancia a la sátira política. Se dice que por llamarle Winnie Pooh a Xi Jinping te cortan una de tus cabezas... Y si sólo tienes una, pues mala suerte.
Por eso hasta tienen su propio internet, endógeno, no conectado con el resto del mundo para que no se les vaya a filtrar ningún chiste contra el partido o su camarada líder (así que confío en que no leerán esta columna por allá, ya que también soy monocéfalo).
En México, durante el priato, la tolerancia era también muy baja, no a niveles estalinistas, pero... Al menos existían garbanzos de a libra como Jesús Martínez “Palillo” o “Cotorreando la Noticia” con Salinas y Lechuga.
Con la transición PRI-PAN de Fox las cosas se relajaron bastante. Luego Calderón volvió a endurecer aquel presidencialismo sobrio, y lo cierto es que a mi tocayo incómodo, Enrique Peña Nieto, ya le comenzó a tener muy sin cuidado la sátira porque, con la explosión de las redes sociales, se dio cuenta de que era una batalla perdida.
Estados Unidos destacaba por su libertad de expresión. Los que tuvimos televisión por cable en algún momento del siglo 20 veíamos con envidia las parodias e imitaciones que hacían del inquilino de la Casa Blanca, mientras aquí teníamos que observar una reverencia casi místico-religiosa por el Presidente aunque, aun así, había maneras de colar un cartón político, una rutina cómica, incluso una película con su buena dosis de veneno político.
El pacto se seguía respetando: unos gobernaban a su santa voluntad, mientras que los chistes se los dejaban a quienes sabían hacer reír a la gente.
Pero llegó ese cáncer que carcome al mundo y del que no nos cansaremos de hablar aquí: el populismo, caracterizado, entre otras cosas, por líderes carismáticos, dicharacheros y en sintonía con las clases populares; muy alivianados (supuestamente), aunque una vez en el poder resultan unos auténticos princesos a los que les duele la más anodina caricatura y se quejan peor que los autoritarios del pasado a los que, según esto, vinieron a reemplazar.
De hecho, si algo los convirtió en serios contendientes al poder en primer lugar fue su manera de expresarse: ocurrente, sin filtros, incisiva, mordaz y hasta hiriente con sus adversarios. Pero una vez en el cargo no quieren renunciar a esa prerrogativa que es exclusiva de los vasallos.
¡Qué chistosos! ¡Quieren mandar como emperadores, pero divertirse como bufones! ¡Quieren retener ambos privilegios! ¡Lo mejor de dos mundos! Un despropósito por partida doble, pues se llega al poder para ocuparse de los asuntos de Estado, no para contestar diatribas y menos las humoradas, que las va a haber sí o sí, justificadas o no.
Pero el populismo es más celoso de la narrativa que de la realidad y por eso tenemos a un Donald Trump tuiteando pendejadas a las 3:00 a.m. como desquiciado: memes sin gracia ni el menor apego a los hechos, como aquel en el que se retrató como un mesías sanador de los enfermos (y es que con las herramientas de la IA, es como un gordo en panadería).
Las recientes embestidas de Trump contra México y Canadá no han sido por decisiones ejecutivas o políticas de Estado, sino trolleando desde sus cuentas personales y las oficiales del Gobierno y la Casa Blanca.
Una caricatura en la que está tundiendo a su homólogo, el primer ministro Mark Carney, retratados ambos como jugadores de hockey (el deporte nacional de Canadá); o esas estúpidas animaciones en las que tacha el nombre del Estado de Nuevo México, porque todo epónimo de esta nación –como el Golfo– le ofende y atenta contra la identidad gringa (igual que se supone nos ofende “El Paso de Cortés”), son sólo las muestras más recientes de un largo historial de ocurrencias tontas por demás, aunque inexplicables dada su procedencia: la Presidencia de EU.
Amén de ser gracejadas que le reprocharíamos a un niño de 12 años por ser inmaduras para su edad, y de lo preocupante de que la nación más poderosa del mundo esté en control de un bully impúber de 80 años, lo terrible es ver roto aquel viejo pacto entre reyes y bufones.
Por alguna razón, los monarcas de hoy no se conforman con la plenipotencia y la impunidad total. Tampoco quieren ya perderse del carnaval de los vasallos en redes sociales, lo que, está de más decirlo, no es bien recibido y disipa la fiesta donde sea que se aparezcan.
Por supuesto, la Cuarta Transformación, como una de las expresiones más acabadas de esa pandemia de populismo a la que hacíamos referencia, no se conforma tampoco con el control absoluto de los tres poderes de la nación, ni con la cooptación de las instituciones de contrapeso, ni con la complicidad de las Fuerzas Armadas o con la incondicionalidad que le otorga su amplia base electoral.
No. Tiene que responder a la sátira, al escarnio, a la burla, a la mofa y a la carrilla como si no tuviera otras doscientas ochenta y ocho cosas prioritarias por delante que atender.
Y no sólo hay que reaccionar y contraatacar, sino que hay que ponerse al nivel de los profesionales de la risa, calzándose los zapatos de payaso.
Hasta el inicio del presente régimen, Canal 11 y Canal 22 se habían mantenido con perfiles eminentemente neutrales; si bien, como medios del Estado, no se espera de estos una visión crítica, al menos eran una excelente oferta de contenido cultural.
Eso cambió con la llegada de AMLO (y hasta la fecha): su programación se plagó de oficialismo, desplazando lo que tradicionalmente era televisión muy enriquecedora y alternativa.
Y ya en modo vehículo de propaganda, se han aventurado en la parodia política con resultados patéticos, si entendemos la buena comedia como una observación aguda de la realidad, mientras que la “comedia” oficialista busca la imposición de su propia verdad desde sus otros datos.
La imitación que recién hicieron de Denise Dresser en una emisión llamada “Operación Mamut” (que dudo que alguien con un mínimo de amor propio haya visto jamás) es deplorable porque, amén de usar recursos de la nación para hacer escarnio de una voz crítica, no creo que exista algún rubro en el gasto público que justifique que el Estado se meta en lo personal con ningún ciudadano, como si fuese una batalla entre iguales.
Sin mencionar que “la comedia” desde el poder (como los chistes de Trump) se descalifica por default, dado que la sátira política sólo funciona en una dirección: de abajo hacia arriba.
Pero es que –y lo comentaba en el hilo de la doctora Dresser–, no parecen entender que cuando el humor viene de un gobierno se anula en automático, se vuelve rancio porque es para defender a los privilegiados; mientras que la comedia auténtica es para cuestionarlos.
Todo ello sin mencionar que el poder está por definición impedido para ser mínimamente gracioso.