El valor de una vida

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Opinión
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Hay pequeñas acciones capaces de transformar una vida, aunque quien las realiza nunca llegue a conocer sus consecuencias.

Una palabra de aliento pronunciada oportunamente, una enseñanza que permanece durante décadas o un gesto de generosidad insignificante pueden dejar huellas que el tiempo se encargará de revelar.

Nosotros mismos

José Luis Martín Descalzo expresaba esta posibilidad con una reflexión: “Dios se basta a sí mismo, pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus nadas, con tus casi-nadas”.

Quizá el verdadero valor de nuestra existencia no se mida por la magnitud de nuestros logros, sino por el bien que somos capaces de sembrar, aun cuando ignoremos si algún día llegaremos a cosechar sus frutos.

¿CUÁNTO?

Pocas historias ilustran mejor esta paradoja que la de Vincent van Gogh. Hoy sus pinturas se encuentran entre las más admiradas del mundo. Millones de personas contemplan sus girasoles, sus campos de trigo y sus noches estrelladas.

Sin embargo, el hombre que creó aquella belleza murió a los treinta y siete años sin conocer la dimensión que alcanzaría su legado. Su vida nos enfrenta a una pregunta, especialmente en una sociedad obsesionada con el éxito: ¿cuánto vale aquello que hacemos cuando nadie parece reconocerlo?

INCANSABLE

Vincent nació en los Países Bajos en 1853. Antes de encontrar su vocación artística trabajó en el comercio de arte, enseñó y buscó dedicarse a la predicación religiosa. Durante algún tiempo convivió con los mineros de una empobrecida región belga, compartiendo sus difíciles condiciones de existencia.

Aquella experiencia reveló una sensibilidad que terminaría acompañándolo siempre: encontrar dignidad en las personas sencillas y belleza en aquello que otros apenas miraban.

Comenzó a dedicarse seriamente a la pintura a los veintisiete años. Durante la siguiente década produjo cerca de novecientas pinturas y más de mil dibujos y otras obras sobre papel.

Su trayectoria constituye una historia de aprendizaje, disciplina y perseverancia. Pero aquel esfuerzo no encontró una recompensa proporcional.

Dependía económicamente de su hermano Theo, quien además fue su interlocutor y apoyo. Aunque artistas y críticos comenzaron a interesarse por su obra, la admiración universal llegaría después de su muerte.

COMO SI...

Aquí aparece una de las contradicciones de nuestra condición humana: necesitamos resultados para orientar nuestros esfuerzos, pero no siempre podemos controlar cuándo llegarán, cómo serán reconocidos o si alguna vez podremos disfrutarlos.

Aprendices

Somos responsables de nuestras decisiones y de nuestras acciones, pero nunca dueños absolutos de sus consecuencias. Comprender esta diferencia no significa renunciar a las metas, sino evitar que nuestra paz interior dependa exclusivamente de alcanzarlas.

Nuestra época ha profundizado esa confusión. Hemos construido una cultura en la que casi todo parece necesitar una medida de aprobación. Una idea vale por las veces que se comparte, una fotografía por las reacciones que provoca y una opinión, aunque sea insensata, por el número de seguidores que consigue.

Incluso la felicidad parece requerir espectadores para adquirir legitimidad. Nos exponemos a la comparación, como si nuestra existencia necesitara una evaluación pública para justificar su importancia.

PREGUNTAS

La tecnología, que nos ofrece posibilidades de comunicación y conocimiento, también puede alimentar una dependencia silenciosa: permitir que la mirada de los demás determine el valor que atribuimos a nosotros mismos.

Entonces dejamos de preguntarnos si aquello que hacemos es bueno, verdadero o significativo, para preguntarnos únicamente si será visible, celebrado o recompensado. El problema no es compartir nuestros logros, sino necesitar siempre una mirada externa para sentir que existen.

¿Pero cómo medir la influencia de un maestro cuya enseñanza transforma, muchos años después, la vida de un alumno? ¿Cómo contabilizar el amor de unos padres cuyos esfuerzos permanecen escondidos en las decisiones de sus hijos? ¿Qué valor atribuimos a quien actúa honestamente cuando nadie observa, o a quien dedica décadas a construir una institución cuyos mejores frutos quizá corresponderán a generaciones que todavía no han nacido?

Estas preguntas nos obligan a distinguir entre éxito, reconocimiento y sentido. El éxito suele relacionarse con la consecución de objetivos; el reconocimiento, con la valoración que otros hacen de nuestros logros.

ÚLTIMA

El sentido, en cambio, pertenece a una dimensión más profunda: la conciencia de que nuestra existencia responde a algo que consideramos digno de ser vivido.

No son realidades incompatibles, pero tampoco equivalentes. Una persona puede conquistar prestigio sin encontrar plenitud y otra, lejos de los reflectores, vivir con coherencia.

Esta distinción encuentra una expresión en el pensamiento de Viktor Frankl, quien conoció circunstancias extremas de sufrimiento. Sostenía que podemos encontrar sentido mediante la creación, el amor y la actitud que adoptamos frente al dolor inevitable.

No proponía buscar la adversidad ni resignarnos ante ella, sino reconocer que nuestra respuesta también expresa quiénes somos. A esa posibilidad se refería cuando hablaba de la última de las libertades humanas.

Elegir la luz

TAL VEZ

La reflexión resulta indispensable al contemplar la historia de Van Gogh. Sus problemas de salud mental fueron reales y dolorosos. Sería injusto convertirlos en una leyenda romántica o suponer que el sufrimiento constituye una condición necesaria para la genialidad.

Su obra merece admiración por su extraordinaria calidad artística, no porque su autor haya padecido. Lo espectacular es que la pintura le permitió establecer una relación sensible con el mundo. Un campo de trigo, unos zapatos gastados, una habitación sencilla o un jarrón con girasoles adquirían bajo su mirada una intensidad inesperada.

Aquello que para muchos resultaba ordinario se convertía en una experiencia extraordinaria. Tal vez una de sus mayores contribuciones haya sido precisamente enseñarnos a mirar.

NOCHE

Vivimos rodeados de estímulos que reclaman nuestra atención. Saltamos de una imagen a otra, acumulamos experiencias y confundimos con frecuencia la velocidad con la intensidad y profundidad de vivir.

Van Gogh nos recuerda que la profundidad no depende necesariamente de la cantidad de cosas que contemplamos, sino de nuestra capacidad para descubrir lo extraordinario en aquello que tenemos delante.

Su célebre La noche estrellada, realizada en 1889, parece expresar esta sensibilidad: el cielo adquiere un movimiento vertiginoso, las estrellas palpitan y la naturaleza desborda sus límites. No vemos solamente un paisaje nocturno, sino una manera de experimentar la realidad.

DIMENSIÓN

Johanna van Gogh-Bonger, esposa de Theo, desempeñó un papel decisivo en el reconocimiento póstumo de Vincent al conservar y difundir sus pinturas y correspondencia.

Su perseverancia ayudó a que el mundo descubriera aquel legado. Su participación revela otra dimensión de la trascendencia humana: no siempre consiste en realizar una gran obra; en ocasiones, consiste en reconocer, sostener y ayudar a florecer la obra de los demás.

Detrás de numerosas realizaciones encontramos personas cuya generosidad hizo posible aquello que hoy admiramos.

PREGUNTARNOS

Conviene evitar una conclusión equivocada. El reconocimiento, el bienestar material y la satisfacción de alcanzar nuestras metas son aspiraciones legítimas. El error comienza cuando los convertimos en la medida de nuestro valor, olvidando que una existencia puede ser valiosa sin recibir admiración pública.

Nos hemos acostumbrado a preguntarnos qué hemos conseguido, cuánto poseemos o hasta dónde hemos llegado. Tal vez deberíamos preguntarnos también en qué personas nos estamos convirtiendo mientras perseguimos nuestras metas. Nuestros logros hablan de aquello que hacemos; nuestras decisiones, nuestra integridad y nuestra manera de tratar a los demás revelan quiénes somos.

ENSEÑANZA

Van Gogh murió en 1890 sin conocer la admiración universal que despertarían sus pinturas. Hoy su obra continúa iluminando la sensibilidad de generaciones enteras, recordándonos que las consecuencias de una existencia pueden extenderse mucho más allá del tiempo que nos corresponde vivir. Su reconocimiento posterior no borra el dolor que experimentó, pero permite reconocer la fecundidad de una obra que trascendió a su creador.

Locura y resistencia

Quizá por eso la vida exige una forma de esperanza: trabajar con responsabilidad sin exigir garantías de reconocimiento, perseverar sin convertir cada dificultad en una derrota y comprender que algunas de nuestras mejores contribuciones quizá florezcan cuando ya no estemos presentes para contemplarlas.

Martín Descalzo nos recuerda, en una reflexión sobre la grandeza, que el desaliento no tiene por qué escribir la última palabra de nuestra historia.

Y acaso la enseñanza más profunda de Van Gogh sea que no necesitamos conocer el destino de todo cuanto sembramos para encontrar sentido en el acto de sembrar. Porque al final de la existencia quizá descubramos que lo importante no fue cuántas personas admiraron nuestra obra, sino cuántas vidas recibieron algo de nuestra luz.

Que una vida concluya antes de contemplar su cosecha no disminuye el milagro de su siembra. Hay existencias que, aun en silencio, dejan una huella profunda, valiosa y luminosa en el alma de los demás.

cgutierrez_a@outlook.com

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