Locura y resistencia

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Opinión
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El 19 de septiembre de 1580, después de cinco años de cautiverio en Argel, Miguel de Cervantes recuperó la libertad. Cervantes había intentado escapar cuatro veces. Fracasó en todas. Sin embargo, cada fracaso confirmó algo que ninguna cadena había conseguido someter: podían retener su cuerpo, pero no adueñarse de su voluntad.

Recordarlo ahora resulta oportuno, pues hoy, 29 de septiembre, se conmemora el 479 aniversario de su nacimiento (1547) y el próximo 22 de abril se recordará el 410 aniversario de su muerte (1616).

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La vida de Cervantes estuvo marcada por heridas, deudas, prisiones, incomprensiones y derrotas. No obstante, de aquella biografía accidentada surgiría la obra que enseñó al mundo que incluso en las épocas más ásperas la imaginación puede conservar un territorio invencible de libertad.

Cervantes fue soldado y quedó herido en Lepanto. Perdió el movimiento de la mano izquierda, pero no la capacidad de escribir. Fue cautivo, pero no aceptó interiormente la esclavitud.

Conoció la cárcel y la pobreza; padeció el escaso reconocimiento de sus contemporáneos y vio pasar los años sin alcanzar la tranquilidad que merecía.

26 AÑOS...

Cuatro siglos después, Ernesto Sábato llamó resistencia a esa forma de preservar lo humano cuando las circunstancias parecen conspirar para destruirlo.

En el año 2000, cercano ya a los noventa años, publicó La resistencia, a cualquier persona dispuesta a detenerse y escuchar. Escribió desde el conocimiento profundo de la realidad.

El libro comienza con una esperanza casi desmesurada: la posibilidad de alcanzar una vida más humana todavía se encuentra en nuestras manos. Esa afirmación contiene toda la tensión del pensamiento de Sábato.

Mira de frente la catástrofe, pero se niega a concederle la victoria. Conoce la soledad, la violencia y la injusticia; aun así, continúa creyendo que una persona puede salvar algo del mundo cuando decide cuidar a otra.

La resistencia de Sábato no es una nostalgia que pretenda regresar a un pasado idealizado. Es un acto moral. Consiste en negarse a vivir de acuerdo con aquello que nos deshumaniza.

Resistir es defender el encuentro frente al aislamiento, la conversación frente al ruido, la solidaridad frente al egoísmo y la dignidad frente a cualquier sistema que reduzca a las personas a cifras, consumidores, votos o instrumentos.

Sábato observó que la modernidad había multiplicado los medios de comunicación mientras debilitaba la verdadera comunicación entre los seres humanos. Las pantallas entraban en los hogares y ocupaban el lugar de las conversaciones. La velocidad prometía ahorrar tiempo, pero terminaba arrebatándonos la posibilidad de habitarlo.

Veintiséis años después, sus advertencias resultan aún más inquietantes: nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca nos hemos sentido tan solos y fragmentados.

PEQUEÑO

La prisa nos hace confundir lo urgente con lo importante. Las redes premian la indignación instantánea y convierten al adversario en enemigo. El mercado conoce nuestros hábitos, pero nosotros comenzamos a desconocer nuestros propios deseos.

En medio de esa abundancia tecnológica, el ser humano corre el riesgo de perder aquello que ninguna máquina puede devolverle: la presencia auténtica del otro.

Por ello, Sábato concede un valor a lo pequeño. Una mesa compartida, una conversación sin interrupciones, un gesto de solidaridad o la atención ofrecida a quien sufre pueden parecer acciones insignificantes frente a los grandes problemas del mundo. Sin embargo, allí comienza la resistencia.

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Las civilizaciones no se sostienen únicamente mediante instituciones, leyes o avances científicos. También dependen de millones de actos anónimos que cotidianamente confirman que la vida de los demás nos importa.

COINCIDENCIA

La locura de Don Quijote puede entenderse como una forma de resistencia. No nace de haber leído libros de caballerías, sino de su negativa a aceptar que la injusticia, el abuso, la estupidez y la indiferencia sean normales.

Allí donde otros ven una realidad inmodificable, él reconoce una tarea pendiente. Lo llaman loco porque defiende el honor, la compasión y la justicia en un mundo que ha aprendido a burlarse de quienes todavía creen en ellos.

En ese sentido, la locura cervantina coincide con la resistencia de Sábato. Ambos se rebelan contra una cordura que confunde adaptación con renuncia. Sin embargo, Cervantes no idealiza el delirio: Don Quijote necesita a Sancho para no perder la tierra, y Sancho necesita al caballero para no quedar encerrado en el conformismo.

La resistencia nace de esa alianza: mirar la realidad sin ocultar su dureza, pero negarse a concederle la última palabra. Los pies permanecen sobre el camino; la imaginación conserva la mirada levantada hacia lo que puede ser, hacia la fuerza de un ideal.

COHERENCIA

La relación entre Cervantes y Sábato no es solamente espiritual. En 1984, el escritor argentino recibió el Premio Miguel de Cervantes, el reconocimiento más importante de las letras españolas. Meses antes había presidido la comisión encargada de investigar las desapariciones cometidas durante la terrible dictadura de su país.

El autor que había explorado literariamente las tinieblas aceptaba así la responsabilidad de nombrarlas. Su resistencia no quedó encerrada en los libros; se convirtió en compromiso con la memoria, la verdad y las víctimas.

Esa coherencia resulta especialmente necesaria hoy. Es sencillo defender principios mientras no exigen sacrificios. La verdadera resistencia comienza cuando sostener la verdad puede costarnos prestigio, comodidad o pertenencia.

Aparece cuando un ciudadano se niega a repetir una mentira, cuando un empresario no convierte la utilidad en su única medida, cuando un dirigente escucha aquello que contradice sus certezas y cuando una comunidad protege a quien el poder preferiría mantener invisible.

Resistir tampoco significa permanecer inmóviles. Hay obstinaciones que no nacen del valor, sino del miedo a cambiar. La resistencia que proponen Cervantes y Sábato es creadora: conserva lo esencial mientras busca caminos nuevos. No defiende las costumbres porque sean antiguas, sino los valores vitales que permiten vivir humanamente. Sabe que algunas estructuras deben transformarse para que la dignidad permanezca. La fidelidad más profunda no consiste en repetir el pasado, sino en impedir que el futuro sea construido a costa del ser humano.

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RESPONSABILIDAD

En las organizaciones, esta enseñanza adquiere una fuerza particular. Quien dirige enfrenta presiones, cifras, urgencias y decisiones difíciles. Resistir significa recordar que ninguna meta justifica humillar, excluir o abandonar.

El liderazgo se vuelve humano cuando protege la confianza, reconoce el esfuerzo, escucha el desacuerdo y comprende que la eficacia sin conciencia puede producir triunfos aparentemente brillantes, pero moralmente vacíos.

Sábato no confiaba en las soluciones multitudinarias que dispensan al individuo de su responsabilidad. Sabía que ninguna transformación colectiva será duradera si no comienza dentro de personas concretas.

Esperar que las generaciones futuras reparen por sí solos el deterioro del mundo, y concretamente de este sufrido y mal gobernado país es otra forma de renunciar.

Siempre existe una parcela de realidad y responsabilidad que depende de nosotros: un gobierno corrupto o una injusticia que podemos denunciar, una soledad que podemos acompañar, una conversación que podemos recuperar.

LIBERTAD

Cervantes murió sin conocer la dimensión que alcanzaría su obra. Sábato llegó al final de su vida preocupado por una humanidad que parecía caminar hacia su propia desintegración.

Quizá por eso sus voces conservan tanta autoridad. No resistieron porque supieran que vencerían, sino porque comprendieron que rendirse significaba entregar aquello que daba sentido a la lucha.

La resistencia no elimina las derrotas, pero impide que se conviertan en destino. Cervantes salió de Argel después de cuatro intentos fallidos y transformó sus cautiverios en una literatura capaz de liberar a otros.

Sábato atravesó el desencanto del siglo veinte sin renunciar a la esperanza de una vida más fraterna. Ambos nos recuerdan que la libertad más profunda no consiste en vivir sin límites ni adversidades, sino en conservar la capacidad de elegir quiénes seremos frente a ellas.

Tal vez esa sea la tarea de nuestro tiempo: resistir cuanto pretende volvernos indiferentes, apresurados, solitarios o dóciles ante la injusticia y el abuso del poder. Recuperar la conversación, mirar nuevamente el rostro del otro y defender esos pequeños actos en los que todavía se refugia la humanidad.

Mientras alguien se atreva a levantar un ideal después de una caída, don Quijote seguirá cabalgando. Y mientras seamos capaces de resistir, de cuidar, acompañar y esperar, la derrota nunca tendrá la última palabra.

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Locura y resistencia son dos conceptos aparentemente inconexos, pero están profundamente unidos, como Cervantes y Sábato lo demostraron. Loco es quien se niega a aceptar que la injusticia sea normal; resistente, quien conserva sus ideales después de haber conocido la derrota. Mientras esa locura permanezca viva, la derrota nunca podrá vencernos.

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