Nosotros mismos
Hay vidas que parecen haber sido escritas para recordarnos que la grandeza no nace de la comodidad. La de Miguel Ángel Buonarroti es una de ellas. Pintor, escultor, arquitecto y poeta, fue uno de los grandes genios del Renacimiento, pero detrás de sus obras hubo disciplina, conflicto, dolor, exigencia y una voluntad casi feroz.
El gran escritor Irving Stone tituló su célebre novela sobre Miguel Ángel La agonía y el éxtasis, una expresión que describe no sólo la vida del artista, sino también esa tensión profunda que acompaña a la condición humana.
Vivir consiste muchas veces en transitar entre esas dos fuerzas: la agonía de lo que duele, de lo que tarda y de lo que no comprendemos, y el éxtasis de descubrir que, a pesar de todo, algo nuevo puede comenzar a tomar forma dentro de nosotros.
LLAMADO
Miguel Ángel nació en 1475, cerca de Florencia. Desde joven mostró una clara inclinación hacia el arte, aunque aquello no coincidía con las aspiraciones de su familia. Miguel Ángel, sin embargo, insistió.
Tuvo acceso al círculo de Lorenzo de Médici. Allí convivió con escultores, filósofos y humanistas. Aprendió a trabajar con las manos sin dejar de pensar con profundidad.
Quizá su primera enseñanza sea ésta: hay llamados interiores que sólo se vuelven claros cuando uno tiene el valor de obedecerlos.
Con frecuencia buscamos señales, aprobación y certeza. Miguel Ángel, en cambio, permitió que el trabajo revelara su camino.
A los veintitantos años realizó la Piedad que hoy se encuentra en la Basílica de San Pedro: María sostiene el cuerpo de Cristo después de la crucifixión y el mármol parece dejar de ser piedra. La tela cae, el cuerpo pesa y el dolor se contiene.
DAVID
Poco después llegaría el episodio que, quizá, mejor resume su vida. En Florencia existía un enorme bloque de mármol que había permanecido abandonado durante décadas. Otros escultores habían intentado trabajarlo y lo habían dejado. Era una pieza difícil y dañada. Miguel Ángel aceptó el desafío.
En 1501 comenzó a trabajar aquel bloque y varios años después había surgido el David, de 5 metros de altura, el cual se encuentra en la Galleria dell’Accademia de Florencia.
Siempre me ha parecido que allí existe una extraordinaria metáfora de la vida. Nadie recibe un bloque perfecto. Todos comenzamos con un mármol marcado por la genética, la familia, las oportunidades, los errores, las pérdidas, las limitaciones y las heridas. También podemos comenzar a trabajar con ella.
Quizá una parte esencial de la madurez consiste precisamente en eso: dejar de imaginar la vida que debimos haber recibido y comenzar a darle forma, con humildad y responsabilidad, a la vida que realmente tenemos; es decir, la que siempre ha estado dentro de nuestra propia piedra de mármol.
El David contiene además otra enseñanza. Miguel Ángel no representa al joven después de derrotar a Goliat. Lo muestra antes. Todavía no existe victoria. David observa, el cuerpo está tenso, la honda permanece preparada y frente a él continúa estando el gigante.
Ése es quizá uno de los momentos más verdaderos de la existencia. Y quizá el valor no consista en no tener miedo, sino en permanecer de pie cuando aún no sabemos qué ocurrirá.
TENSIÓN
Después llegaría otro gran desafío. En 1508, el papa Julio II le encargó pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. Él se consideraba fundamentalmente escultor y el encargo implicaba enormes dificultades. Durante cuatro años trabajó en aquella superficie monumental, de la que surgirían profetas, escenas del Génesis y la Creación de Adán.
Resulta significativo que una de sus mayores obras surgiera de una tarea que inicialmente no deseaba realizar. También la vida nos coloca frente a experiencias que jamás hubiéramos escogido.
Una enfermedad, la pérdida de alguien querido, el envejecimiento, una decepción o un fracaso pueden modificar el camino que imaginábamos. Podemos vivirlas como una injusticia o preguntarnos qué parte de nosotros está siendo obligada a crecer.
No se trata de romantizar el dolor. El dolor lastima. Hay pérdidas que nunca dejan de doler, pero sufrir no significa permitir que el sufrimiento tenga la última palabra. A veces, aquello que rompe nuestros planes también rompe alguna dureza interior que necesitaba desaparecer.
Irving Stone encontró en la vida de Miguel Ángel esa permanente tensión entre agonía y éxtasis. La agonía está en el esfuerzo, el cansancio, la frustración y la distancia entre lo imaginado y lo realizado. Pero también está el éxtasis: cuando del mármol surge un rostro, una bóveda vacía se convierte en un universo o alguien expresa lo que antes sólo existía en su interior.
VULNERABILIDAD
Toda vida profunda contiene ambas experiencias. Queremos con frecuencia el éxtasis sin aceptar la agonía. Queremos serenidad sin preguntas, sabiduría sin errores, fortaleza sin fragilidad y madurez sin renuncias. Sin embargo, el cincel funciona de otra manera. Golpea, quita, corrige, quita y vuelve a golpear. Poco a poco desaparece lo que sobra.
Tal vez la vida haga algo semejante al quitarnos lo que sobra: arrogancia, falsas seguridades, obligándonos a reconocer nuestra vulnerabilidad, esa peregrina condición humana que todos llevamos dentro.
Con los años descubrimos que crecer no siempre significa añadir cosas. Muchas veces significa desprendernos de prejuicios, resentimientos, vanidades, certezas demasiado rígidas y de la pretensión de querer controlar aquello que nunca estuvo bajo nuestro control.
Cuando Miguel Ángel regresó, 29 años después, a la Capilla Sixtina para pintar el Juicio Final, ya no era el joven escultor de la Piedad. Había vivido conflictos, pérdidas y desencantos. Su obra también era diferente: más intensa, más grave, más humana.
Es cierto: de jóvenes queremos demostrar. Después queremos construir. Y, con suerte, algún día queremos comprender.
Miguel Ángel vivió casi ochenta y nueve años y nunca pareció considerarse terminado. Continuó dibujando, escribiendo, construyendo y trabajando el mármol hasta una edad avanzada.
Sus últimas Piedades son distintas de aquella perfecta escultura juvenil de San Pedro. Son más ásperas, más inacabadas, casi heridas. Como si, después de dominar la materia, buscara algo más difícil de representar.
Quizá con la edad ocurre algo parecido. La juventud se preocupa mucho por la apariencia de la obra. La madurez comienza a preguntarse por su verdad. Llegamos al mundo queriendo conquistar y terminamos, si tenemos suerte, queriendo comprender.
Descubrimos que muchas cosas urgentes no eran importantes y que otras, pequeñas, eran esenciales: una conversación, una amistad, el tiempo con quienes amamos, la capacidad de asombro, la gratitud y la posibilidad de contemplar la belleza.
ENSEÑANZAS
Miguel Ángel murió en Roma en 1564. Había creado obras destinadas a sobrevivirlo. Sin embargo, quizá su enseñanza más importante no está solamente en aquello que dejó terminado, sino en su manera de permanecer siempre inacabado.
Vivimos en un mundo que nos invita a mostrarnos como productos terminados, con vidas completas, felices y sin grietas visibles. Pero ningún ser humano verdadero es así. Todos somos, de alguna manera, una obra en proceso.
Allí radica una de las enseñanzas más hermosas de Miguel Ángel. No debemos avergonzarnos de estar todavía aprendiendo. No hay edad en la que debamos considerarnos terminados: ¡somos seres inacabables!
Mientras podamos revisar una idea, cambiar una actitud, aprender algo nuevo, reconciliarnos con alguien o mirar el mundo con otros ojos, todavía existe mármol por trabajar.
Quizá por eso conviene detenerse frente al inmenso David y formular otra pregunta. No solamente cómo pudo un hombre crear algo semejante, sino qué parte de nosotros permanece todavía encerrada, inexplorada, dentro del mármol.
Qué necesitamos desprender, qué resentimientos siguen ocupando espacio, qué viejas certezas deberían desaparecer y qué rasgos de nuestro carácter requieren todavía el cincel paciente del tiempo y de la conciencia.
ADENTRO
La vida rara vez nos entrega el bloque que hubiéramos elegido; a veces llega golpeado o con grietas que nunca desaparecerán. Pero mientras permanezca algo por esculpir, también permanece una posibilidad.
Tal vez ésa sea la verdadera lección de Miguel Ángel: nadie recibe una vida terminada. Recibimos un bloque de mármol. Algunos pasan los años contemplándolo. Otros culpan a las grietas. Y unos cuantos aceptan la tarea de trabajar sobre sí mismos.
Entre la agonía del golpe y el éxtasis de la forma que lentamente comienza a aparecer, quizá terminemos comprendiendo algo esencial: que la obra más importante de nuestra vida nunca estuvo en lo que hicimos, en lo que acumulamos o en lo que otros pensaron de nosotros. La obra somos nosotros mismos, y la vida se nos regala para revelar, cincel a cincel, golpe a golpe, aquello que aún estamos llamados a ser.
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