Elegir la luz
Hay épocas en que la oscuridad parece adquirir prestigio. Quien denuncia merece atención; quien encuentra belleza despierta sospechas. Como si la lucidez obligara a vivir desencantados y la esperanza fuera una distracción de quienes no han comprendido la gravedad del mundo.
Frente a esa tentación, la resplandeciente pintura de uno de mis pintores favoritos, el valenciano Joaquín Sorolla, nos plantea una pregunta incómoda: ¿es posible mirar de frente las heridas de nuestro tiempo y conservar, al mismo tiempo, la capacidad de reconocer su luz?
LECCIÓN
En 1898, España sufrió una derrota que desbordó el terreno militar. La guerra con Estados Unidos y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas quebraron la imagen de una grandeza imperial que ya no correspondía con la realidad.
El desastre volvió más visibles problemas anteriores: pobreza, atraso educativo, desigualdad y un sistema político sostenido por prácticas de caciquismo. España tuvo que preguntarse qué era cuando ya no podía explicarse mediante lo que había sido.
En aquella crisis encontramos una lección vigente. Los pueblos también pueden quedar cautivos de su autobiografía. Celebran antiguas hazañas mientras descuidan el futuro; invocan glorias mientras toleran injusticias.
El pasado jamás debe convertirse en prisión ni nostalgia. Cuando la memoria sustituye al trabajo de construir el presente, termina por convertirse en una elegante manera de eludir nuestras responsabilidades. Auto secuestrase por el pasado representa una inmadurez intelectual y emocional.
CONTRASTE
Los escritores que conocemos como la generación del 98 respondieron, desde sensibilidades distintas, a ese desasosiego. Autores como Unamuno, Baroja, Azorín y Machado examinaron la identidad española, sus contradicciones y sus posibilidades de renovación.
Había en aquella mirada preocupación, búsqueda y voluntad de despertar conciencias. Reducirla al pesimismo sería injusto: muchas veces se señala una herida precisamente porque se desea que sane.
La pintura luminosa de Sorolla contrastaba con la imagen de España que algunos intelectuales consideraban más cercana a la crisis que atravesaba el país. Para comprender esa diferencia conviene acercarnos a Ignacio Zuloaga, otro gran pintor de su tiempo que busca una identidad nacional.
En sus obras encontramos una intensa presencia de las tradiciones y la religiosidad. Sus colores y sus ambientes transmitían una España austera, marcada por el peso de su historia.
Unamuno reconocía en esa pintura algunas de las preocupaciones que animaban a los escritores del 98: comprender el carácter del país, examinar su atraso y despertar una conciencia de renovación.
Por eso mostró reservas ante la luz de Sorolla y mayor afinidad con Zuloaga. Mientras Sorolla encontraba en el Mediterráneo luminosidad y alegría, movimiento y vitalidad, Zuloaga mostraba una España recogida, solemne y, en ocasiones, dolorosa.
TENTACIÓN
La discusión iba más allá de decidir quién pintaba mejor. Después de la derrota de 1898, España buscaba reconocerse: ¿su verdad estaba en la dureza de sus pueblos y sus heridas históricas, o también en la alegría de sus playas, el trabajo de sus pescadores y la intimidad de sus familias?
Podemos entender aquella controversia como una disputa sobre qué debía mostrar el arte para representar honestamente a un país. Y allí aparece la pregunta que todavía nos concierne: ¿para comprender una realidad debemos mirar solamente las heridas abiertas?
Evidentemente, nosotros también caemos en esa tentación: decidir que una sola imagen explica toda la realidad. Para unos, todo está perdido; para otros, todo marcha bien.
Entre ambas simplificaciones desaparecen las personas concretas. Un país puede padecer corrupción y conservar ciudadanos honestos; sufrir violencia y albergar familias que cuidan; arrastrar desigualdades y producir esfuerzos admirables. Reconocer estos bienes exige atención. Defenderlos exige todavía más: impedir que su existencia sirva de excusa para desentendernos de lo que falta.
OBRAS
Sorolla conocía las sombras. Nacido en Valencia en 1863, perdió a sus padres cuando apenas tenía dos años. Fue criado, junto con su hermana, por sus tíos.
Esa orfandad impide imaginarlo como alguien ajeno a la pérdida. Pero tampoco autoriza a explicar toda su pintura mediante una herida infantil. La vida de una persona siempre es más amplia que el acontecimiento doloroso que estuvo a punto de definirla.
Su obra ofrece, además, una respuesta concreta a quienes quisieran confundir luminosidad con indiferencia. En la pintura ¡Aún dicen que el pescado es caro! (1894), dos pescadores atienden a un joven herido dentro de una embarcación.
El título nos obliga a pensar en el costo humano que se oculta detrás de una mercancía. Antes del precio están el riesgo, el esfuerzo y un cuerpo vulnerable. Allí aparece una conciencia social que difícilmente cabe en el retrato de un artista preocupado únicamente por agradar.
Ese cuadro también interpela nuestra manera de consumir y dirigir empresas. Nos acostumbramos a discutir precios, rendimientos y resultados, olvidando los rostros que los hacen posibles.
Hay manos detrás de cada producto; jornadas detrás de cada entrega; preocupaciones detrás de cada uniforme. Una economía pierde humanidad cuando aprende a calcularlo todo y deja de preguntarse por quienes sostienen sus cifras. Mirar bien comienza por devolverle presencia a la persona que nuestra prisa ha vuelto invisible.
Después podemos acercarnos a la obra Paseo a orillas del mar (1909). Clotilde, su esposa, y María, su hija mayor, caminan por la playa de Valencia. Los vestidos blancos reciben matices, el aire mueve las telas y el mar acompaña la escena.
Hay algo conmovedor en esa atención dedicada a un momento familiar. El tiempo, que tantas veces sentimos insuficiente, parece recuperar significado, profundidad y amplitud cuando alguien se detiene a contemplar lo que ama.
Propongo leer esa escena como una invitación a revisar nuestras prioridades. Podemos pasar años procurando bienestar para la familia y perder, durante el esfuerzo, la capacidad de estar con ella. Podemos acumular fotografías de viajes y apenas recordar una conversación.
Podemos conocer grandes museos y regresar sin haber aprendido a mirar el rostro de quien comparte nuestra mesa. La belleza necesita disponibilidad interior; de otro modo, pasa frente a nosotros como un paisaje visto desde un vehículo apresurado.
La comparación admite matices: el grupo del 98 no sostuvo una postura uniforme y Unamuno reconoció las distintas Españas de ambos pintores. Sus obras nos permiten explorar realidades que ninguna mirada agota por completo.
HACE FALTA...
Optar por la luz tiene, entonces, una exigencia. Supone reconocer el dolor sin concederle autoridad sobre todo lo demás. La esperanza adquiere profundidad cuando se traduce en acciones concretas: cuidar a alguien, trabajar con honestidad, reparar un daño.
Celebrar lo bueno puede renovar las fuerzas para defenderlo. Pero el optimismo que silencia a quien sufre pierde credibilidad. La luz que buscamos debe permitirnos ver también a quienes permanecen fuera de nuestra comodidad.
Hoy, las pantallas convierten la indignación en una presencia continua. Recibimos desgracias a cualquier hora y podemos confundir estar informados con estar comprometidos.
Hay una distancia enorme entre compartir una denuncia y acompañar a una persona; entre condenar la corrupción y rechazar una ventaja indebida; entre lamentar la violencia y educar sin humillar. Necesitamos acortar la distancia entre lo que pensamos, decimos y hacemos.
La discusión entre aquella España austera y la España luminosa conserva, por eso, una fecundidad que rebasa los museos. Nos recuerda que la crítica y el cuidado se necesitan. Quien señala los males puede abrir una posibilidad de cambio; quien reconoce los bienes puede mostrar qué merece ser preservado.
Ambas tareas fracasan cuando se vuelven absolutas. La denuncia estéril consume energías; la complacencia permite que las injusticias continúen. Hace falta una mirada capaz de examinar y de comprometerse.
ELEGIR
Sorolla nos deja una pregunta que cada lector puede llevar a su propia vida: ¿qué estamos mirando y qué estamos dejando fuera? Quizá hemos atendido tanto a nuestras decepciones que ya no reconocemos una amistad leal, un trabajo digno, una mesa compartida, un nuevo amanecer.
Quizá necesitamos recuperar esa atención sin cerrar los ojos ante las dificultades. La gratitud también puede convertirse en responsabilidad cuando nos mueve a cuidar aquello que hemos recibido.
Podemos interpretar su luz como una afirmación de que la realidad contiene algo digno de amor, de esfuerzo y júbilo. Esa lectura no exige convertir al pintor en filósofo ni atribuirle nuestras conclusiones. Basta permitir que su obra nos interrogue.
México necesita personas que sepan reconocer sus heridas y que todavía encuentren razones para cuidar la vida. Elegir la luz, como Sorolla, compromete nuestra conducta: mirar con atención, actuar con justicia y dejar, a nuestro paso, motivos luminosos para el amor, la alegría y la esperanza.
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