Aprendices
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Leonardo Da Vinci nació el 15 de abril de 1452 en los alrededores de Vinci, una pequeña localidad de la Toscana, cerca de Florencia.
Era hijo de Ser Piero, un notario, y de Caterina, una mujer cuya historia conocemos de manera fragmentaria. Sus padres no estaban casados entre sí: una circunstancia que, en aquella sociedad, tenía un peso que hoy resulta difícil dimensionar. Antes de convertirse en un nombre universal, Leonardo fue un niño del mundo rural, lejos de las cortes que después solicitarían su talento.
FLORENCIA
Conviene detenernos en ese origen. Al contemplar a los grandes personajes desde la altura de su fama, podemos olvidar el camino que recorrieron. Vemos al maestro y perdemos de vista al aprendiz.
Su infancia transcurrió en una región de colinas, campos y corrientes de agua. Años después, la naturaleza ocuparía un lugar central en sus investigaciones: observarla, dibujarla y tratar de comprenderla se convertiría en una tarea persistente. Su curiosidad encontraría preguntas donde otros apenas encontraban paisaje.
Siendo joven se formó en Florencia, en el taller de Andrea del Verrocchio. Más tarde trabajó en Milán, pasó por otras ciudades italianas y terminó sus días en Francia, bajo la protección de Francisco I.
Murió en 1519. Dejó pinturas, dibujos, investigaciones y proyectos que desbordaron las fronteras de un solo oficio. Sin embargo, detrás de esa diversidad había una disposición que podemos reconocer sin ser especialistas: el deseo de seguir aprendiendo.
PREGUNTA
Esa disposición nos plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con nuestra vida cuando dejamos de sentir que todavía tenemos algo que aprender?
Hay un momento, a veces silencioso, en que la experiencia comienza a endurecerse. Nos acostumbramos a resolver de cierta manera, a escuchar a las mismas personas, a interpretar los problemas desde las mismas respuestas.
Un cargo, un título o algunos éxitos pueden convencernos de que ya comprendimos lo suficiente. Entonces, aquello que debía ayudarnos a crecer termina por limitar nuestra mirada. Seguimos acumulando años, pero dejamos de ensanchar nuestra comprensión.
CURIOSIDAD
Los cuadernos de Leonardo ofrecen una imagen distinta. En sus páginas conviven estudios de geometría, mecanismos, agua, arquitectura y anatomía. Lo que para nosotros pertenece a departamentos separados, en su trabajo podía encontrarse sobre una misma hoja.
Esa cercanía entre asuntos diversos revela una mente dispuesta a establecer relaciones, a detenerse en un detalle y a seguir una pregunta más allá de lo previsto.
Su curiosidad también exigía rectificación. En sus investigaciones anatómicas llegó a representar el cerebro conforme a creencias heredadas. Más adelante, mediante disecciones y experimentos, corrigió aspectos de aquella representación.
La observación le permitió abandonar explicaciones que no coincidían con lo que encontraba. Hay una grandeza particular en ese gesto: dedicar esfuerzo a comprender algo y conservar, aun así, la libertad de reconocer que se estaba equivocado.
DISTANCIA
Tampoco sería justo convertirlo en un personaje sin contradicciones. Dejó obras inconclusas y numerosos proyectos sin realizar. Su imaginación convivió con límites que no siempre pudo superar.
Recordarlo nos ayuda a mirar su vida con mayor profundidad: la admiración se vuelve más fecunda cuando reconoce al ser humano, con su capacidad extraordinaria y sus dificultades. También nosotros conocemos la distancia entre lo que soñamos, lo que empezamos y aquello que finalmente conseguimos entregar.
RECUPERAR
En La Gioconda, esa paciencia investigadora se vuelve pintura. Leonardo superpuso capas finas para suavizar los contornos y las transiciones entre luz y sombra. Es el procedimiento conocido como “sfumato”.
El rostro adquiere una presencia que parece resistirse a una interpretación definitiva. Frente a él, nuestra prisa resulta insuficiente. Para percibir sus matices hace falta permanecer, volver a mirar, aceptar que la primera impresión no agota lo que tenemos delante.
Pienso que esa experiencia tiene mucho que decirnos hoy. Convivimos con pantallas que facilitan el acceso a información, imágenes y respuestas. Podemos consultar en segundos lo que antes exigía una búsqueda prolongada.
Pero esa facilidad nos coloca ante una responsabilidad: decidir cuánto de lo que recibimos examinamos realmente. Leer una explicación puede ser el comienzo del conocimiento; comprenderla exige relacionarla, cuestionarla y reconocer sus límites.
Las redes sociales nos colocan ante un riesgo que merece atención: acostumbrarnos a contemplar la vida ajena mientras desatendemos la propia. Podemos estar pendientes de una publicación y pasar por alto el cansancio de nuestra esposa, la inquietud de un hijo o la necesidad de quien trabaja a nuestro lado.
La pantalla ocupa entonces el lugar del encuentro. Desde la actitud observadora de Leonardo, podríamos preguntarnos cuánto estamos dejando de percibir por mirar continuamente el teléfono.
Recuperar la vida real comienza con gestos concretos: compartir la mesa sin distracciones, caminar atentos al entorno y ofrecer a alguien nuestra presencia completa, sin consultar ninguna notificación pendiente.
La inteligencia artificial vuelve especialmente visible este desafío. En marzo de este año, un encuentro organizado por instituciones de la UNESCO abordó precisamente cómo utilizarla para fortalecer el pensamiento crítico y evitar que se convierta en un atajo que eluda el aprendizaje.
La cuestión alcanza a estudiantes, maestros, profesionistas y directivos: qué hacemos nosotros con la capacidad que estas herramientas ponen a nuestro alcance.
ORIENTACIONES
Imposible saber qué pensaría Leonardo de nuestro tiempo. Podemos, en cambio, inferir algunas orientaciones de su manera de trabajar, sin atribuirle palabras que nunca pronunció.
La primera sería conceder más atención a la realidad. Antes de aceptar una explicación, observar. Antes de compartir una noticia, revisar su procedencia. Antes de juzgar a una persona, escucharla.
En una conversación familiar o en una reunión de trabajo, esta actitud comienza con un esfuerzo sencillo y exigente: permitir que el otro termine de hablar, incluso cuando creemos conocer lo que va a decir.
Otra orientación sería conservar la dignidad de la pregunta. Nos cuesta decir que no sabemos, especialmente cuando tenemos responsabilidades. Tememos que una duda debilite nuestra autoridad.
Sin embargo, un director o gobernante que pregunta por qué se repite una falla abre una posibilidad de mejora. Un maestro que admite una pregunta pendiente enseña honestidad intelectual. Un padre que intenta comprender el mundo de sus hijos mantiene abierto un vínculo que la imposición puede cerrar.
También podríamos aprender de Leonardo a poner en relación nuestros conocimientos. En el ámbito de nuestro trabajo, una decisión puede ser impecable en sus cálculos y deficiente en su comprensión de las personas.
La productividad necesita dialogar con la dignidad; la innovación, con sus consecuencias; el crecimiento, con la responsabilidad. Quien dirige requiere conocer su actividad y ampliar la mirada hacia aquello que sus decisiones provocan en los demás.
INVITACIÓN
Esta disposición resulta igualmente necesaria en la vida pública. En México, como en cualquier sociedad que aspire a convivir democráticamente, necesitamos examinar las decisiones por sus razones y sus resultados.
Cuando una lealtad política nos impide reconocer un error, renunciamos a una parte de nuestro juicio. La honestidad comienza cerca: en la disposición a exigir a quienes apoyamos la misma congruencia que reclamamos a quienes cuestionamos.
Aprender requiere, además, un tiempo que debemos proteger. Un libro pide continuidad; una conversación profunda necesita atención; una habilidad se forma mediante intentos y correcciones.
Podemos comenzar por reservar un espacio diario para leer sin interrupciones o por anotar una pregunta que merezca investigarse. La curiosidad adquiere consistencia cuando encuentra hábitos que la sostienen.
Hay aquí una invitación para quienes hemos recorrido ya una parte considerable de la vida. La experiencia puede ofrecernos perspectiva, pero también la tentación de refugiarnos en lo conocido.
Escuchar a alguien más joven, acercarnos a una disciplina ajena o aprender a utilizar una herramienta nueva nos devuelve una saludable conciencia de nuestras posibilidades. Todavía podemos sorprendernos. Todavía podemos modificar una opinión que llevamos años repitiendo.
APRENDICES
Quizá por eso Leonardo continúa interpelándonos. Su obra permite recordar que el mundo contiene más de lo que alcanzamos a comprender y que siempre habrá un detalle capaz de abrir una pregunta. Podemos llevar esa disposición a nuestro trabajo, a nuestras relaciones y a la manera de participar en la sociedad.
Esta semana podríamos empezar por algo concreto: deliberadamente convertimos en aprendices: revisar una certeza, escuchar con mayor cuidado y dedicar tiempo a una pregunta que hemos pospuesto.
Ser aprendiz exige humildad, pero también esperanza: la confianza en que todavía podemos comprender mejor y actuar con mayor conciencia.
Que lo vivido nos ayude a comprender el mundo sin hacernos creer que ya lo conocemos del todo. Que los años nos den la sabiduría para orientar nuestros pasos, la humildad para revisar nuestras certezas y la curiosidad para seguir descubriendo la vida, precisamente sabiendo que nos vamos a morir sin haber aprendido a vivir.
cgutierrez_a@outlook.com