Atravesar el infierno
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Durante la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321, Dante Alighieri murió en Ravena. Tenía alrededor de cincuenta y seis años y se encontraba lejos de Florencia, la ciudad donde había nacido. También era la ciudad que lo había condenado al exilio y a la que nunca pudo regresar. El poeta que imaginó un viaje desde el infierno hasta la contemplación de la luz terminó sus días exiliado.
CAMINO
Dante no fue solamente un poeta encerrado entre libros. Participó en las disputas políticas de una Florencia dividida por ambiciones, lealtades y rivalidades. Ocupó cargos públicos y tomó partido.
Cuando sus adversarios alcanzaron el poder, fue acusado, condenado y obligado a abandonar la ciudad. Más adelante se le advirtió que, si regresaba sin aceptar las condiciones impuestas, podía ser ejecutado.
Comenzó entonces una existencia errante, dependiendo de la hospitalidad de distintas cortes y cargando con esa forma de pérdida que consiste en seguir amando un lugar que ya no nos permite volver.
El exilio pudo haberlo reducido al resentimiento. Tenía razones para sentirse traicionado y encontramos en su obra severos juicios contra enemigos políticos y personajes de su tiempo.
Dante no fue un hombre sin pasiones ni contradicciones. Precisamente por eso continúa resultando cercano. Su grandeza no nació de la ausencia de heridas, sino de la capacidad para convertirlas en una pregunta universal.
En lugar de limitarse a narrar la injusticia sufrida, transformó su desorientación en un camino por el que millones de seres humanos seguimos transitando.
NUESTRA
La Divina Comedia comienza con una de las imágenes más poderosas de la literatura: “Nel mezzo del cammin di nostra vita”, a la mitad del camino de nuestra vida, el poeta se descubre dentro de una selva oscura, porque ha perdido la senda correcta. Dante escribe “nuestra”, no “mi” vida.
Desde el primer verso comprende que su extravío no le pertenece exclusivamente. Todos podemos despertar un día sin reconocer el camino, preguntándonos en qué momento dejamos de ser quienes deseábamos ser o cómo llegamos a un lugar que nunca elegimos.
La selva oscura adopta formas diferentes. Puede ser una enfermedad, la muerte de alguien amado, una traición, el derrumbe de un proyecto o el descubrimiento de que hemos dedicado años a perseguir una meta incapaz de otorgarnos sentido.
También puede aparecer silenciosamente, cuando todo parece funcionar hacia afuera y, sin embargo, algo se ha roto dentro de nosotros. No siempre entramos en la oscuridad por culpa propia, pero llega un momento en que debemos decidir si buscamos una salida o aprendemos a justificar nuestra permanencia.
Dante no sale de la selva fingiendo que no existe. Tampoco encuentra un atajo luminoso que le permita evitar el sufrimiento. Para llegar al paraíso debe atravesar primero el infierno.
Esa es una de las verdades más incómodas del poema: las heridas no se superan rodeándolas, eludiéndolas. Es necesario descender, mirar lo que tememos, reconocer nuestras responsabilidades y escuchar las voces que preferiríamos mantener enterradas.
Es así como la esperanza aparece. Precisamente cuando reunimos el valor necesario para reconocer al dolor y los miedos que nos acechan.
EL CÍRCULO DE LA TRAICIÓN
Dante ordena el infierno en nueve círculos que descienden hacia el centro de la Tierra. La gravedad aumenta conforme se avanza: aparecen primero los dominados por sus apetitos, después los violentos y, más abajo, quienes utilizan la inteligencia para engañar.
Para Dante, el mal se vuelve más profundo cuando deja de ser impulso y se convierte en cálculo. La razón, creada para comprender y elegir el bien, es empleada entonces para manipular, someter o destruir.
Sin embargo, Dante reserva el noveno y último círculo para la traición. Allí se encuentran quienes traicionaron a sus convicciones, a la ética, a su familia, a su patria o partido, a sus huéspedes y a sus benefactores.
En el centro permanece Lucifer, mientras sus tres bocas castigan a los traidores: Judas, Bruto y Casio. No hay llamas en ese lugar. Los traidores están inmóviles dentro del lago helado donde sufren los traidores, congelados lejos del calor del amor divino, del movimiento y de todo encuentro humano.
La imagen resulta poderosa. La violencia ataca desde fuera; la traición necesita primero entrar en el territorio de la confianza. Solo puede traicionarnos quien fue recibido, acogido con hospitalidad, escuchado, ayudado o amado.
Por eso produce una herida distinta: no destruye únicamente un acuerdo, sino nuestra seguridad para volver a confiar. En una familia, una amistad, una empresa o una nación, la traición congela y destruye los vínculos.
Donde desaparece la lealtad, cada palabra parece sospechosa y toda cercanía comienza a sentirse peligrosa.
El infierno dantesco muestra almas que repiten sus justificaciones y permanecen encerradas en aquello que hicieron. El purgatorio también contiene dolor y conciencia de las faltas, pero allí todavía se camina.
La diferencia esencial no es la ausencia de sufrimiento, sino la presencia de futuro. El traicionado necesita justicia y memoria, pero también evitar que la herida determine para siempre su identidad. De otra manera, quien causó el daño continúa gobernando desde la distancia la vida de quien lo padeció.
ORIENTACIÓN
Para iniciar su travesía, Dante necesita un guía. Virgilio, el poeta romano a quien admira, representa la razón, la sabiduría humana y la palabra capaz de orientarnos en medio del caos. No elimina los peligros ni carga a Dante para evitarle el esfuerzo.
Camina a su lado, explica lo que encuentran, lo reprende cuando es necesario y le recuerda que debe continuar. Acompañar no significa sustituir la responsabilidad del otro; significa impedir que se sienta abandonado mientras aprende a ejercerla.
Ahí aparece una lección profunda sobre el liderazgo. El buen líder no promete que nunca habrá selvas oscuras ni infiernos que atravesar. Tampoco utiliza el miedo para conservar dependientes a quienes lo siguen.
Ofrece orientación, mantiene viva la finalidad del viaje y ayuda a interpretar aquello que la confusión vuelve incomprensible. Sabe cuándo hablar, cuándo guardar silencio y cuándo exigir un paso adicional. Su tarea no consiste en evitar toda dificultad, sino en lograr que la dificultad no destruya el sentido.
Sin embargo, Virgilio no puede conducir a Dante hasta el final. La razón es indispensable, pero tiene límites. En determinado momento aparece Beatriz, presencia vinculada con el amor, la fe y una forma superior de conocimiento. Dante parece decirnos que comprender el problema no basta siempre para transformar la vida.
Podemos analizar perfectamente nuestras heridas y continuar prisioneros de ellas. Para salir necesitamos también una razón para amar, confiar y dirigirnos hacia algo que nos trascienda.
SELVA
Dante escribió buena parte de su obra mayor mientras era un desterrado. No pudo recuperar la casa perdida, pero construyó con palabras un hogar capaz de atravesar los siglos. La lengua en la que escribió, cercana al habla cotidiana de su pueblo, ayudó a dar forma al italiano moderno.
Quien había sido expulsado de su ciudad terminó ofreciendo una patria lingüística a generaciones enteras. La herida no desapareció; fue transformada en una obra que permitió a otros comprender sus propias oscuridades.
Ese es quizá uno de los actos más altos de libertad: decidir qué haremos con aquello que no podemos cambiar. No elegimos todas nuestras pérdidas, enfermedades, despedidas o fracasos. Tampoco controlamos la injusticia ni la ingratitud de los demás.
Pero entre la herida recibida y la respuesta que ofrecemos permanece un espacio interior. Allí se decide si el dolor será utilizado para destruir, endurecernos o ampliar nuestra comprensión de quienes también sufren.
Setecientos cinco años después de su muerte, Dante continúa acompañándonos porque la selva oscura nunca ha desaparecido de la experiencia humana. Cambian los escenarios, las tecnologías y los nombres de nuestros temores, pero seguimos perdiendo la senda y necesitando voces que nos recuerden que existe una salida.
ESPERANZA
Nadie puede recorrer el camino por nosotros. Sin embargo, tampoco estamos obligados a transitarlo completamente solos.
No siempre podemos evitar el ingreso a la oscuridad. A veces la vida nos conduce hacia territorios que jamás habríamos escogido. Dante descendió al infierno, pero no se quedó a vivir entre sus sombras. La esperanza encendió la luz para seguir caminando.
Tal vez esa sea su enseñanza más necesaria: la esperanza no niega la existencia del infierno ni desconoce las dificultades del camino. Tampoco evita el dolor ni promete una travesía sin heridas. Nos ofrece, en cambio, la confianza, la fuerza y el aliento necesarios para atravesar la oscuridad, aprender de ella y continuar avanzando hasta negarle al infierno la última palabra.
cgutierrez_a@outlook.com