En ellos...
COMPARTIR
Martín Descalzo lo expresó con claridad: “Dicen que la gran enfermedad de este mundo es la falta de fe o la crisis moral que atraviesa. No lo creo. Me temo que en nuestro mundo lo que está agonizante es la esperanza, las ganas de vivir y luchar, el redescubrimiento de las infinitas zonas luminosas que hay en las gentes y en las cosas que nos rodean”.
Y creo que las expresiones de la desesperanza no llegan con estruendo. No irrumpen como una catástrofe visible ni como una alarma encendida. Llegan en silencio. Se infiltran en los gestos, en las miradas cansadas, en la expresión apagada del rostro común.
TE PUEDE INTERESAR: ¡Un buen año!
Erick Fromm así lo apuntó: “Los signos de la desesperanza están por todas partes. Mírese la expresión aburrida del promedio de las personas, o la falta de contacto entre las mismas (...) Pero no importa qué digamos o pensemos sobre la esperanza, nuestra ineptitud para obrar o hacer proyectos para la vida revela nuestra desesperanza”.
La desesperanza se manifiesta en la ausencia de contacto verdadero entre las personas, en la imposibilidad de mirarnos sin prisa, en la incapacidad de detenernos ante el otro sin convertirlo en un medio, en una estadística o en un estorbo.
Está, sobre todo, en nuestra ineptitud para obrar, para comprometernos, para proyectar la vida más allá de la supervivencia inmediata; habita en la impotencia para obrar el bien continúa siendo un signo distintivo del ser humano “post moderno”.
APATÍA
Si algo ha perfeccionado nuestra época es la habilidad para convivir con el mal sin nombrarlo, para acostumbrarnos a lo intolerable y para seguir adelante como si nada estuviera ocurriendo.
Vivimos en una era de apatía sofisticada. Tal vez, no de ignorancia, sino de renuncia. Sabemos lo que sucede, pero hemos decidido no dejarnos afectar. La indiferencia se ha vuelto una forma socialmente aceptada de protección.
Y así, la incapacidad para obrar el bien sigue siendo uno de los signos más visibles del ser humano “posmoderno”: un ser informado, pero paralizado; conectado, pero desvinculado; consciente, pero estéril.
Los ejemplos están por todas partes: ante la pobreza que humilla, cerramos los ojos... y también los bolsillos. Permitimos que el desorden se normalice y que el caos se vista de funcionalidad.
Consentimos que la impuntualidad sustituya a la responsabilidad, que la hostilidad suplante a la hospitalidad, que el agravio se imponga a la generosidad. Hemos permitido que la ofensa se vuelva lenguaje cotidiano y que el perdón sea visto como una ingenuidad peligrosa. Alimentamos la venganza como si fuera justicia y llamamos carácter a lo que en realidad es dureza del corazón.
Y cuando algo debería indignarnos, cuando una injusticia clama por una respuesta, hemos aprendido a encogernos de hombros. “Así es esto”, decimos. “Siempre ha sido así”. “Mientras no me afecte...”. Y con ese gesto mínimo, con esa frase aparentemente inofensiva, renunciamos a una parte de nuestra humanidad.
PRECIPICIO
Es cierto: una sociedad no se deshumaniza de golpe, sino por acumulación de pequeñas traiciones morales. Cada vez que aceptamos lo inaceptable como normal, damos un paso más hacia el borde del abismo.
Nuestra civilización, podría decirse, recoge flores al borde del precipicio: disfruta del progreso material mientras ignora la grieta ética que se abre bajo sus pies.
TE PUEDE INTERESAR: Navidad absurda
NO TODO...
Conviene decirlo sin rodeos: no todo da igual. No todo vale lo mismo. Aunque nos repitan hasta el cansancio que todas las opciones son equivalentes y que toda elección es respetable, la verdad es más incómoda.
Existen muchos modos de vida, sí, pero también existen modos que no dejan vivir. Las personas somos iguales en dignidad, pero los actos no lo son. Las ideas no lo son. Las decisiones no lo son. Algunas elevan, otras degradan. Algunas construyen humanidad; otras la erosionan lentamente.
Si existen valores supremos y perennes -aquellos que orientan hacia la plenitud, la justicia y la verdad-, ¿por qué caminamos como si no los viéramos? ¿Por qué avanzamos a tientas, como si la ceguera moral fuera una condición inevitable? ¿Por qué obviamos aquello que podría devolvernos una vida verdaderamente humana?
Fromm propuso una clave inquietante: el ser humano de la sociedad industrial desarrolló una ética que no se mide por el bien, sino por la utilidad; no por la verdad, sino por la eficiencia; no por la dignidad, sino por la competitividad. Bajo esta lógica, todo aquello que sirve al progreso económico es virtud, y todo lo que lo estorba es pecado.
Pasamos de una ética del esfuerzo y de la responsabilidad a una ética del progreso por el progreso. Un progreso que produce, pero no pregunta. Que avanza, pero no examina. Que multiplica los medios mientras empobrece los fines. Un progreso eficiente, veloz y, en el fondo, ciego. Un progreso que, paradójicamente, genera desesperanza.
La compasión, el amor, la gratuidad, el cuidado del débil, no “ayudan” al progreso. Lo cuestionan. Lo incomodan. Y por eso son descartados como sentimentalismo o, peor aún, como estupidez. En un mundo organizado en torno a la competencia permanente, los valores no pueden ser virtudes: se convierten en anomalías.
Esta ética permite que algunos se crean omnipotentes, como si estuvieran exentos de toda medida humana. Así, no son pocos los gobernantes, directivos, líderes de opinión - e incluso educadores - que actúan como si las consecuencias de sus decisiones nunca los alcanzaran.
Y, al mismo tiempo, “autoriza” a muchos a obrar sin remordimiento, a conducirse con dureza, indiferencia o crueldad. Aquí no hay excepciones cómodas: también nosotros participamos de esta lógica cada vez que elegimos no ver, no involucrarnos, no responder.
“No hay esperanza real de transformar una sociedad deshumanizada si no comenzamos por reanimar los valores desde dentro”, no como consignas, sino como vida encarnada, como actos. La renovación no empieza en las estructuras, sino en la conciencia.
Si de verdad deseamos una comunidad orientada al bien humano, el compromiso es claro y exigente: hablar menos y vivir más coherentemente. Ser testimonio silencioso de aquello que decimos defender. Devolverles densidad moral a los gestos cotidianos. Humanizar la existencia empezando por nosotros mismos, reviviendo la esperanza.
TE PUEDE INTERESAR: Jamás de rodillas
Esta reflexión no es un lamento nostálgico. Es una denuncia. Una advertencia. Porque seguir relativizando todo, tolerando la mentira, justificando la demagogia, celebrando el despilfarro y colocando el progreso material por encima del ser humano, nos conduce a un suicidio moral colectivo. No repentino, sino progresivo. No espectacular, sino cotidiano.
ESPERANZA
Nombrada la desesperanza, conviene decirlo con claridad: no es lo último que define al ser humano. Existe una esperanza más profunda y exigente. Una esperanza que no nace de la ingenuidad, sino de la comprensión lúcida de la naturaleza humana.
En el fondo, sabemos que el progreso vacío no basta. Sabemos que el tener no sustituye al ser. Sabemos que una vida exitosa puede ser, al mismo tiempo, una vida moralmente fracasada.
Esta esperanza se sostiene en la existencia de personas que, cada día, desde lugares invisibles, resisten la deshumanización. Personas que no esperan condiciones ideales para hacer el bien. Que han comprendido que cuando existe un por qué y un para qué, siempre se encuentran los “cómos”. Personas que actúan movidas por el amor, la valentía y la integridad, no por la recompensa inmediata.
Intuimos también que lo que hacemos deja huella. Que nuestras decisiones no se disuelven en el aire. Que somos seres finitos, sí, pero responsables de algo que nos trasciende. Y que, aun en medio del extravío, el bien sigue siendo lo que verdaderamente nos conviene.
¿QUÉ NOS QUEDA?
La Madre Teresa lo dijo con una claridad brutal: “Todos hablan de los pobres, pero nadie quiere hablar con ellos”. Ahí se revela el núcleo del problema. La esperanza no reside en los discursos correctos, sino en las excepciones encarnadas. En quienes no solo hablan del dolor, sino que se acercan a él. En quienes no solo denuncian la injusticia, sino que actúan en consecuencia.
Mi confianza descansa en esas personas. En los seres humanos que aún saben distinguir la inteligencia de la estupidez, el progreso auténtico de su caricatura, la vida plena de su simulacro.
En ellos se sostiene la posibilidad de que nuestra civilización no termine cayendo, satisfecha y distraída, por el precipicio que ella misma ha cavado.
Ante todo esto ¿qué nos queda? Podríamos empezar levantándonos todos los días con un propósito vital a cumplir; desacelerar la existencia y hacer comunidad; es decir, despertar con abundante esperanza y sostenerla como una forma exigente y radical de fidelidad a la vida.
cgutierrez_a@outlook.com