En grado de tentativa

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Opinión
/ 28 noviembre 2021

Carmelita había tenido unos días turbulentos, fugaces e insípidos antes de estar postrada en aquel sillón confesando sus intimidades a un desconocido. La vida se le oscureció de golpe después de la ruptura del romance que acompañó su vida los últimos años. Recordaba poco: la última noche en vela, la cena que se enfrió intacta sobre la mesa, la cama sin tender, las pastillas en el buró y un constante dolor de cabeza. Y ahora estaba allí, en un sofá exótico con los nervios a flor de piel, como esperando la entrada de un pelotón de fusilamiento.

Y es que después de unas fugaces reflexiones, decidió acudir al consultorio del psicoanalista Silvestre Ramírez, este se ubicaba en una vieja casona del centro de la ciudad, a un par de cuadras de la alameda. Era una construcción de finales del siglo XIX con paredes anchas y techos de madera sumamente altos. Apenas al cruzar la puerta se respiraba un aire nostálgico que transportaba al visitante a otra época. Adentrarse en él era ya viajar en el tiempo más allá del propio inconsciente.

En el centro de la vivienda se encontraba un patio adornado con azulejos, todo lo que había ahí se ordenaba en torno de una antigua fuente en desuso a la sombra de un sauce de buen tamaño; alrededor de éste, se vislumbraban unas bancas que -al igual que la casa- parecían de otro tiempo. Carmelita nunca había estado en el sur de España, mucho menos en el centro o en el norte, pero la vecina que le recomendó al doctor Silvestre le comentó que era una casa tipo andaluz que le habían heredado unos parientes que habían emigrado de aquel terruño.

Las habitaciones se encontraban alrededor del jardín, una detrás de otra. Del lado izquierdo del zaguán se dejaba ver una biblioteca y detrás de ella lo que parecía haber sido una cocina. Del lado derecho estaba el despacho y en seguida el consultorio. Lo primero que vio, nada más poner un pie dentro, fue aquel curioso sillón en el cual -sin saber- purgaría sus penas.

-Por favor, póngase cómoda.

-Aquí, sentada, estoy bien, doctor.

-Es necesario que se recueste.

De malos modos, como era habitual en ella, accedió y abrazó uno de los cojines que adornaban aquel peculiar sofá, como para sentir un poco de calor en aquel valle de lágrimas que se había convertido su vida.

-Bien, dígame ¿cuándo decidió divorciarse?

Fue la manera en que el psicoanalista decidió romper el hielo de la conversación que debía derivar en la sanación de la paciente a través de su propia palabra.

-Cuando dejó de ser la chispa de mi vida.

Respondió Carmelita con voz cavernosa, antes de soltarse confesando cada uno de los pecados maritales de su pareja. Las respuestas a regañadientes se habían terminado, en adelante todo era acompañado con sonoros alaridos a lágrima suelta.

Ave María purísima, sin pecado original concebida...

-Le repito la pregunta, ¿cuándo decidió que se quería divorciar?

-Le repito la respuesta: cuando dejó de ser la chispa de mi vida.

-¿Quiere decir que desde ese momento se encuentra ‘apagada’?

-Sí, un poco. Me creí el cuento de hadas, las palabras bonitas, los detalles.

Inclusive, la primera vez que salimos, yo acepté por cortesía. Me daba pena ver a aquel muchacho tan solo, repartiendo invitaciones como si estuviera organizando una fiesta patronal. Aunque en el fondo sabía que era un buen partido. Lo malo fue que no me di cuenta cuando caí en las garras del amor, me conquistó.

-¿La conquistó? Conquistar es apoderarse.

-Pues eso hizo

-¿Por qué habla del amor como si se tratara de una guerra?

-¿Me está insinuando algo?

-¿Usted se escucha? Acaba de decir que la conquistaron.

-Claro que me escucho y por supuesto que me conquistó, pero ¿qué quiere que le diga si así me sentí? Como si un ejército me hubiera tomado presa. Fue de buenas a primeras. Arriba las manos, así no más.

-¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

-¡Uf¡ No sabría decirle exactamente, pero de andar, lo que se dice andar, pues casi tres años.

-¿Era una relación formal?

-Pues claro, doctor. Si lo sabe dios, que lo sepa el mundo. Más faltaría, pero que conste que lo digo por mí, el muy ingrato siempre que le convenía me ocultaba. No le fuera a espantar su club de fans.

-¿Las conoce?

-No, pero me basta con imaginármelas. Faltaba más...

-Cuénteme ¿Por qué se casó?

-No, doctor. Yo nunca me casé.

-Entonces ¿por qué le dijo que sí?

-No, doctor. Se equivoca. Yo nunca acepté matrimoniarme.

-¿La obligó?

-No, ni siquiera me lo propuso el muy desgraciado. Yo de muy buenas me lo hubiera pensado, de perdido para hacerme la interesante; pero ¿apoco no somos divorciados en grado de tentativa?

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