La situación se tornó insoslayable y apremiante, era preciso renunciar a su vocación, pero ¿a cuál? ¿a la que le daba estatus de sibarita o a la que le hervía la sangre y le hacía sentirse viva? Una vez más debía encarar la impartición de injusticia, pero esta ocasión iba a sufrirla en carne propia, sería ella quien apoquinaría los daños a terceros; así que, en un golpe de valentía, bajo del árbol la manzana de la discordia.