El ‘latín’ de la conciencia
Ernesto Sábato, uno de los escritores argentinos de mi predilección, comentó: “La escuela y hasta la universidad deben atender a las necesidades físicas y espirituales de cada una de las regiones, pues el hombre que se pretende rescatar en esta deshumanización que en nuestro tiempo ha provocado la ciencia generalizadora es el hombre concreto, el de carne y hueso, que no vive en un universo matemático sino en un rincón del mundo con sus atributos, su cielo, sus vientos, sus canciones, sus costumbres; el rincón en que ha nacido, amado y sufrido, en que se han amasado sus ilusiones y destinos”.
ACTO HUMANO
En esa afirmación palpita una verdad que hoy resulta urgente recordar: educar no es producir piezas intercambiables para un sistema, sino acompañar historias irrepetibles. La educación que olvida el rostro concreto del alumno termina fabricando sombras instruidas, pero no personas formadas. Y ahí aparece el docente como figura decisiva.
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En la educación formal es el docente el partero de esa posibilidad extraordinaria. Son las maestras y los maestros —sin excluir, por supuesto, a los padres— quienes pueden combatir la enajenación, la angustia y el aislamiento que tantas veces se incuban en modelos educativos impersonales.
Son ellos los que pueden desactivar al viejo lobo de Hobbes que asoma cuando la competencia sustituye a la comunidad. Es el docente quien, con sabiduría y sensibilidad, ayuda a que cada alumno, bajo el manto de su propia individualidad, cante al viento sus canciones nativas y forje sus sueños, teniendo como brújula el testimonio de quien lo guía.
La educación es, ante todo, un acto humano. Por eso requiere algo más que técnica: exige carácter.
TRANSFORMAR
Fernando Savater, en El valor de educar, lo expresa con claridad: hay que tener valor para dedicarse a la educación tal como está el mundo. No sirven los obedientes burócratas ni los tecnócratas curriculares; hacen falta coraje, pasión, entusiasmo, fe y alegría. La educación tiene valor en sí misma porque permite transformar la realidad mientras nos transformamos a nosotros mismos y a nuestros semejantes.
Se atribuye al poeta y profesor Giosuè Carducci, catedrático en Bolonia, una escena significativa. Cuentan que, hallándose en Florencia para asistir a actos oficiales, se despidió del ministro de Instrucción Pública, quien le pidió que permaneciera un día más: “Excelencia, no me es posible. Mañana tengo clase y los chicos me esperan”, habría respondido. “Le dispenso yo”, replicó el ministro. A lo que Carducci contestó: “Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso”, y emprendió el regreso.
Sea o no rigurosamente histórica, la anécdota contiene una verdad moral profunda. El verdadero docente no necesita que el poder lo obligue a cumplir; su conciencia lo llama. No asiste al aula por inercia administrativa, sino por fidelidad a una promesa interior. No se dispensa a sí mismo.
De ahí que ser docente implique, al menos, tres virtudes esenciales: fidelidad a la vocación, solidaridad con el alumno y una inquebrantable mística de servicio.
PROMESA
La fidelidad no es simple puntualidad, aunque la incluye. Es algo más hondo: es recordar cada día la razón por la cual se eligió enseñar. El quehacer cotidiano del docente debe ser respuesta permanente a la promesa que hizo cuando abrazó su vocación: contribuir a formar espíritus libres, responsables, creativos, interdependientes y felices.
Esa fidelidad exige autenticidad. Supone actuar según lo que es valioso, no según los impulsos pasajeros ni las presiones del entorno. Implica no convertirse en rehén de las circunstancias ni de los vaivenes del temperamento.
Cumplir lo prometido significa preparar la clase, cubrir objetivos, evaluar con justicia, respetar a los colegas y crear ambientes genuinos de aprendizaje. Pero también significa algo más exigente: no claudicar ante la mediocridad ni refugiarse en la queja. Fidelidad es coherencia.
Esta fidelidad tiene un rasgo decisivo: es interior. El docente fiel no depende del aplauso ni del control externo. Cumple porque ha decidido hacerlo. Sabe que cada ausencia injustificada, cada improvisación irresponsable, cada gesto de indiferencia deja huella. Por eso su presencia es ética antes que física.
SOLIDARIDAD
La segunda virtud es la solidaridad. Y conviene aclararlo: solidaridad no es paternalismo. No es sustituir al alumno ni sobreprotegerlo. Es acompañarlo con humanidad y generosidad, reconociendo su dignidad y su esfuerzo. El docente solidario sabe dar y darse, pero siempre mediante el ejemplo. Comparte conocimientos y tiempo, no como quien concede un favor, sino como quien comprende que enseñar es participar en el crecimiento del otro.
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Solidaridad significa crear vínculos de convivencia y hospitalidad intelectual. Es escuchar sin humillar, corregir sin herir, exigir sin aplastar. Es estar dispuesto a explicar una vez más, a orientar con paciencia, a comprender contextos sin justificar negligencias.
SERVICIO
La tercera virtud es la mística del servicio. En tiempos donde el servicio suele verse como debilidad o sometimiento, conviene reivindicarlo como grandeza. El docente sirve. Sirve al conocimiento, a la institución y, sobre todo, a la persona que aprende. Sirve dejando algo de sí mismo en cada clase, en cada mirada.
El servicio auténtico nace de la generosidad y del amor. Y el amor en la educación se traduce en coherencia, paciencia, serenidad y alegría. No es sentimentalismo; es decisión firme de buscar el bien del otro. Servir con optimismo es reconocer que todo alumno es perfectible, que siempre hay posibilidad de crecimiento, que la esperanza no es ingenuidad sino postura ética.
Savater lo resume de modo contundente: quien no quiera mojarse en el optimismo debería abandonar la enseñanza. Educar es creer en la capacidad humana de aprender y mejorar; es confiar en que hay saberes que merecen ser transmitidos y que, mediante el conocimiento, podemos ayudarnos unos a otros a ser mejores personas.
ESPEJOS
Todo esto adquiere especial relevancia en México. Nuestro país reclama, con urgencia silenciosa, que quienes tenemos la responsabilidad de formar —padres y maestros— regresemos a lo esencial.
No bastan reformas curriculares ni discursos pedagógicos si falta testimonio. Formar niños y jóvenes con actitudes firmes implica renunciar a la autocomplacencia, evitar el ruido vano y combatir el burocratismo que vacía de sentido la tarea educativa.
Si deseamos ciudadanos responsables, hijos íntegros y alumnos comprometidos, los adultos debemos ser reflejo de aquello que exigimos. Los jóvenes aprenden menos de lo que se les dice que de lo que ven. Son espejo de sus constructores. En nuestras manos está alimentar la dignidad o fortalecer el materialismo; cultivar sensibilidad o propagar indiferencia. La decisión es personal y cotidiana.
Ni hablar: ante la corrupción, educación; ante la violencia, educación; ante la impunidad, educación; ante la pobreza, la discriminación y la desigualdad, educación. Ante la mentira y la posverdad, educación.
Pero no cualquier educación: una educación encarnada en personas que no se dispensan a sí mismas; en docentes que comprenden que cada clase es un acto de inmensa responsabilidad y que, por ello, buscan trascender la burocracia, la vulgaridad de ciertos dirigentes y de esos materiales “educativos” sustentados en la mentira, la manipulación, la distorsión de la verdad y la perversidad.
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ACTITUD
Educar a Juan o a María —esos alumnos concretos, con nombre y rostro— exige conocerlos, comprender sus contextos y cuidarlos.
Porque para enseñarles “latín” no basta dominar la gramática; es necesario respetar su historia, reconocer su dignidad y creer en su futuro. Solo así el “latín” deja de ser una lengua muerta y se convierte en símbolo de algo vivo: la transmisión de cultura, carácter y esperanza.
Tal vez la anécdota atribuida a Carducci no pueda probarse en archivos, pero la actitud que representa sí puede verificarse cada día en el aula. Allí donde un docente prepara con esmero, escucha con atención y corrige con justicia, la tradición humanista sigue respirando.
En última instancia, enseñar latín —o matemáticas, ciencias o historia— es enseñar humanidad. Y mientras existan docentes que no se dispensen a sí mismos del deber de formar, seguirá siendo posible afirmar que la educación no es un trámite administrativo, sino un acto de amor responsable.
En México, hoy más que nunca, urge educar ejemplarmente a Juan y a María. Para ello es necesario conocerlos y convertirnos para ellos en testimonio vivo; precisamente como si, con paciencia y convicción, les enseñáramos un poco del ya casi olvidado “latín”.
Porque, al final, educar no consiste solo en transmitir contenidos, sino en despertar conciencia y juicio crítico; ambos exigen coherencia, valentía y amor, y constituyen el auténtico idioma que todo docente está llamado a enseñar: el único que nunca debería olvidarse, el “latín” de la conciencia y del juicio crítico.
cgutierrez_a@outlook.com