Entre aluxes y chaneques: Claudia en Barcelona

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Opinión
/ 23 abril 2026

Una nube de incienso se eleva para formar una cortina de humo que esconde el verdadero significado de las palabras de Sheinbaum

Aparece la presidenta Claudia Sheinbaum en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, en Barcelona. Le acompañan el anfitrión Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, y los mandatarios Luiz Inácio Lula de Brasil, Gustavo Petro de Colombia y Yamandú Orsi de Uruguay. Escuchan el discurso de Claudia con atención: “Vengo de la Pirámide del Sol, vengo de Tláloc, de Huitzilopochtli y de Coatlicue”, dice ella. Los presidentes la miran asombrados.

De manera suave, suenan instrumentos prehispánicos de percusión (el huehuetl y el teponaztli) y de viento (la flauta cuádruple, la ocarina con forma humana y los caracoles marinos).

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Con rostro iluminado por sus ancestros judíos de Lituania y Bulgaria, así como sus antepasados de los pueblos originarios, Claudia continúa: “Vengo de un pueblo con valores espirituales profundos, que sabe que su historia es sagrada, porque en ella encuentra la fuerza para levantarse, para resistir y para seguir tejiendo con dignidad su destino”.

La música prehispánica es avivada por el copal oaxaqueño depositado en incensarios distribuidos en el salón. Una nube de incienso se eleva para formar una cortina de humo que esconde el verdadero significado de las palabras de Sheinbaum.

En ese momento, aparecen tres aluxes y tres chaneques (criaturas diminutas, traviesas y guardianes de la naturaleza), de origen maya, para dibujar entre el incienso el verdadero significado, sin demagogia, de sus palabras. Sheinbaum no puede ver tal travesura porque ocurre a sus espaldas.

Cuando ella dice “democracia”, los aluxes y chaneques escriben “autoritarismo populista”; cuando menciona “por el bien de todos, primero los pobres”, surgen las imágenes de la nueva casta o élite económica en el poder –ligada, en muchos casos, al crimen organizado–, con los rostros de Adán Augusto López, Andy López Beltrán y Rutilio Escandón, entre otros; cuando ella afirma “vengo de un pueblo que en 2024 decidió romper su historia de machismo y eligió a su primera mujer Presidenta para que llegáramos todas”, emerge, entre las volutas del incienso, estas imágenes: primero, aparece AMLO llamando a Claudia su “corcholata” y sobándole la cabeza; luego está ella, al final de su toma de protesta, besándole la mano a Manuel Velasco, del Partido Verde, y después surgen centenas de miles de mujeres indígenas, madres buscadoras de familiares desaparecidos, feministas, mujeres excluidas de servicios de salud, madres de mujeres víctimas de feminicidios, etcétera, que portan un cartel con esta inscripción: “¿Cuáles todas, Claudia? ¿Acaso nosotras no contamos?”.

Los tres presidentes no dan crédito a la disonancia entre el discurso y la diablura de los duendes mayas. Sonríen, machistamente, para sus adentros, para evitar cualquier señalamiento público de “incorrectitud política” y eludir así una ruptura entre un bloque de países ya minúsculo de populistas autoritarios en América Latina.

“Cuando hablamos (continúa Claudia iluminada) de democracia, nos referimos a la democratización de la cultura; del acceso a la educación, del acceso a la salud; del fin último de los gobiernos, que es la procuración de la felicidad de sus pueblos”; los méndigos duendes flotan entre las nubes de incienso para generar estas imágenes en frases: “La democratización de la cultura es un sueño guajiro plasmado como proyecto político, pero no aterrizado a una realidad social inequitativa; la cobertura educativa ha mejorado, pero continúa siendo profundamente desigual en calidad, permanencia y resultados, y 50 millones de mexicanos –casi el 40 por ciento de la población– no tienen acceso a servicios de salud. ¿De cuál felicidad democrática hablas, Claudia?”.

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En ese momento, ella, en el cúlmen de su iluminación, propone, para finalizar su discurso, “destinar el 10 por ciento del gasto mundial en armamento para impulsar un programa global que permita a millones de personas reforestar millones de hectáreas cada año”.

Los duendes dibujan estas preguntas con olor a copal y sonido prehispánicos: “¿Muy ambientalista y globalizada, Presidenta? ¿Por qué no se opuso, en su momento, al ecocidio provocado por el Tren Maya en nuestro país? El cual provocó deforestación masiva, fragmentación de ecosistemas, daños irreversibles a cenotes, cavernas y acuíferos, desplazamiento de comunidades y violaciones a leyes ambientales bajo un entorno de opacidad”.

Los presidentes aplauden a la Presidenta. Los aluxes y los chaneques también.

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