Especialistas en disciplina
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La disciplina no consiste en castigar, sino en formar personas capaces de regular su conducta y asumir las consecuencias de sus decisiones
En mis casi 50 años como docente, desde secundaria hasta posgrado en Estados Unidos y México, he entendido que educar también significa establecer límites, formar hábitos y orientar la convivencia, pero hoy parece que esperamos que el maestro sea, además, psicólogo, terapeuta, mediador, investigador y responsable de resolver dificultades que comienzan mucho antes de que el estudiante entre al salón. Cuando todas estas tareas recaen en una sola persona, conviene preguntarnos cuánto tiempo y energía le quedan para enseñar.
Un reportaje de The Straits Times, publicado el 1 de noviembre de 2026, titulado “At least 20 S’pore schools hire external manpower to help with student discipline and management”, revela que al menos veinte escuelas de Singapur buscaron contratar personal externo para apoyar la disciplina escolar. Entre sus funciones se encuentran investigar incidentes, atender conflictos, elaborar informes y comunicarse con las familias, como parte de un esfuerzo para responder al acoso escolar y reducir la carga de trabajo del profesorado.
Esta noticia llamó mi atención porque se refiere a un país reconocido por su alto desempeño en la prueba PISA. Esto no significa que contratar apoyo implique que sus maestros hayan perdido la capacidad de dirigir una clase. Más bien, plantea una dificultad que muchas escuelas comparten: los problemas de convivencia requieren seguimiento y coordinación, mientras que el profesor debe continuar enseñando a un grupo que también necesita su atención.
Sin embargo, antes de celebrar esta medida, debemos aclarar qué entendemos por disciplina, porque contratar personas para vigilar y castigar sería insuficiente si los estudiantes no aprenden a regular su comportamiento. Una intervención educativa debe ayudarlos a reconocer lo ocurrido, asumir su responsabilidad, reparar el daño cuando corresponda y encontrar maneras adecuadas de responder ante una situación semejante.
Comprender las dificultades de un niño no significa permitir cualquier conducta, del mismo modo que cuidar de sus emociones no implica evitarle toda frustración. Cuando un alumno interrumpe continuamente, agrede o incumple sus obligaciones, necesita adultos que escuchen sus razones, pero también que establezcan límites y consecuencias proporcionales, porque su bienestar debe convivir con el derecho de sus compañeros a aprender de forma segura.
Aquí surge una confusión que merece nuestra atención: a veces interpretamos el malestar como señal de que estamos educando de forma equivocada, cuando aceptar una corrección, esperar el turno o reconocer un error puede resultar tan incómodo como necesario. La educación emocional adquiere sentido cuando ayuda al estudiante a responder mejor ante esas experiencias, no cuando convierte cada dificultad en algo que los adultos deben eliminar.
La familia participa en este aprendizaje mediante experiencias cotidianas, desde cumplir un acuerdo hasta hacerse cargo de una tarea sin que nadie intervenga para resolverla. Cuando justificamos todos los incumplimientos o evitamos cualquier consecuencia, podemos reducir las oportunidades de practicar la responsabilidad, aunque sería injusto atribuir exclusivamente a los padres problemas en los que también influyen factores personales, escolares y sociales. Por eso, el apoyo especializado puede ser valioso si fortalece el trabajo del maestro y mantiene la coordinación con las familias, pero requiere una preparación educativa.
Algunas instituciones educativas consideran candidatos con experiencia policial o militar, aunque esa trayectoria, por sí sola, no garantiza conocimientos sobre el desarrollo infantil, la resolución de conflictos o la protección de menores, indispensables para intervenir de manera respetuosa. La pregunta central para nuestras escuelas no es únicamente quién atenderá los conflictos, sino qué condiciones estamos construyendo para que los alumnos aprendan a prevenirlos y enfrentarlos con responsabilidad.
Podemos incorporar tecnología, renovar programas y contratar especialistas, pero necesitamos enseñar a escuchar, esperar, perseverar y respetar a los demás, con adultos dispuestos a acompañar y exigir. Esta es la propuesta que planteo en mi libro “Entrenamiento Neuroconductual”, dirigido a maestros y alumnos para fortalecer hábitos que favorezcan el comportamiento y el aprendizaje.
El verdadero éxito de la disciplina se reconoce cuando el estudiante ya no depende de nuestra presencia para actuar correctamente, porque ha aprendido que hacerse responsable de sus decisiones también forma parte de crecer.