Estudian, trabajan... y no les alcanza

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Opinión
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Prepararte significa ampliar tus posibilidades, pero no quiere decir que múltiples opciones se conviertan en éxitos

El futuro profesional de mis estudiantes siempre ha sido una de mis preocupaciones como docente universitario. Durante años, repetimos a nuestros hijos y alumnos algo tan importante, casi sagrado: estudien, trabajen y administren sus finanzas para construir una vida mejor. Esta idea ha guiado compromisos en los que hemos sacrificado a la familia por la inversión en el futuro. Pero ¿qué pasa cuando un joven cumple con su parte y se da cuenta de que su sueldo apenas alcanza para cubrir el presente, dejando a la vivienda, los hijos y la estabilidad a merced de lo que pueda llegar?

En un artículo de The New York Times del 25 de octubre de 2026, titulado “Can’t Afford a Home. Can’t Afford a Baby. Can’t Afford Life. This Is 30” (No alcanza para una casa. No alcanza para tener un bebé. No alcanza para vivir. Así son los treinta), Troy Closson retrata las experiencias de adultos alrededor de los 30 años que viven esa contradicción. Trabajan y procuran tomar decisiones responsables, pero no logran construir la vida que imaginaron.

Papá también es importante

Sus relatos no dan voz a todos los jóvenes, sino que ponen de manifiesto una cuestión importante: ¿confundimos ser jóvenes y tener problemas para afrontar esa condición con sufrir dificultades económicas y exhibir falta de madurez? Para algunos, tener una formación les permite aprender a organizarse, a gestionar la frustración y a hacerse responsables de sus decisiones; por otra parte, existen personas adultas con un gran sentido del compromiso cuyos ingresos apenas son suficientes para cubrir sus necesidades más básicas. En definitiva, ambas situaciones no son excluyentes, pero sí exigen respuestas diferentes: definir un presupuesto nos ayudará a gestionar recursos limitados, pero no nos garantiza que estos alcancen para adquirir una casa en propiedad.

Esta reflexión exige hablar con claridad también de la opción profesional. No todas las carreras tienen las mismas posibilidades de empleo, salario y proyección. Nuestro país cuenta con herramientas como Compara Carreras, ofrecida por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), con el propósito de permitir ese tipo de valoración; la orientación vocacional debe integrar esa información para que los estudiantes sean capaces de anticipar las posibles consecuencias económicas de sus elecciones.

Un estudiante que contemple cursar una carrera como ingeniería, economía o una licenciatura en humanidades debe revisar el plan de estudios, la preparación que requiere y las posibilidades de ejercicio que ofrece. Las matemáticas, la estadística y la formación técnica requieren esfuerzo sostenido y disposición para afrontar las dificultades. Las humanidades también demandan lectura profunda, investigación, capacidad de argumentación y disciplina. Conviene recordar que la economía forma parte de las ciencias sociales, y que la remuneración de una profesión no es la única medida, ni de lejos la más adecuada, para valorar su dificultad intelectual o su importancia para la sociedad.

Lo que resulta cuestionable es que se elija por el hecho de que parezca fácil; evitemos materias difíciles que prometen que obtendremos el título universitario con un menor esfuerzo. Si un estudiante persigue un determinado bienestar económico, debe interesarse por qué caminos puede seguir para alcanzarlo y qué preparación debe tener. También debe comprender que los ingresos medios de una profesión no garantizan su salario futuro: influyen la especialización, la experiencia, las competencias y el lugar en el que podrá ejercer.

Decirle “estudia lo que te gusta” resulta pobre si no estimulamos la conversación sobre los costos de la formación, las oportunidades de trabajo y las posibilidades de desarrollo. La vocación merece información y planificación. Quien elige una profesión con perspectivas económicas limitadas tiene que saberlo para tener un proyecto realista, buscar especializaciones y hacer crecer sus capacidades complementarias. Informarle al respecto es una forma de respetar su libertad. La expresión “en mi época, a tu edad, yo ya tenía casa y dos hijos” carece de valor frente a esa afirmación. Comparar generaciones supone contemplar las oportunidades, los precios de la vida y los apoyos percibidos.

Hay que respetar la experiencia de los padres, pero las circunstancias de los hijos también son protagonistas y merecen ser escuchadas. Al mismo tiempo, toca examinar cómo entendemos nosotros la adultez; casarse, tener casa o tener hijos son proyectos legítimos, pero no son pruebas de madurez. Toda persona, con pareja o sin pareja, puede compartir un hogar y mostrar responsabilidad, compromiso y capacidad de cuidar de sí misma. La madurez se expresa en cómo vivimos la vida, no en lo que hemos acumulado. Formar para esa vida es decidir efectivamente: administrar el dinero, comprender una deuda, evaluar una oferta laboral, cumplir tareas domésticas y modificar un proyecto cuando cambian las condiciones. Un título puede abrir más caminos, pero es necesario acompañarlo de un bagaje de conocimientos, de trayectorias y de voluntad para seguir aprendiendo. Por eso la exigencia académica debe tener un objetivo instruccional incorporado: preparar al alumno para resolver problemas y asumir compromisos profesionales.

No es suficiente graduarse

En la familia, ayudar a un hijo que ha llegado a la vida adulta puede ser razonable. Lo esencial son los objetivos y los pactos: las aportaciones según sus posibilidades, las tareas compartidas y los objetivos de ahorro. La ayuda debiera ir acompañada de una promoción de la autonomía y del reconocimiento del esfuerzo personal, y no de una asunción continuada de las responsabilidades que puede asumir.

También pueden surgir obstáculos que requieren respuestas colectivas. La autodisciplina no cambia los ciclos de inserción laboral; no sustituye los ciclos de acceso a la vivienda ni aquellos que tienen lugar en el acceso a los servicios. Podemos exigir responsabilidad y, también, reconocer aquello que una persona no puede resolver por sí sola.

Nuestra promesa educativa necesita mayor sinceridad: prepararte significa ampliar tus posibilidades, pero no quiere decir que múltiples opciones se conviertan en éxitos. Escoge con conocimiento, ponle esfuerzo a tu formación y aprende a revisar tus decisiones. Necesitar ayuda a los treinta no quiere decir que has fracasado. A padres y pedagogos nos toca acompañar con respeto y exigir con sentido, preparar y formar a las criaturas para construir su futuro a partir de las condiciones reales que les toca vivir.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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